EDITORIAL
Dios Ladrillo
¿Qué tendrá el ladrillo, que tantas pasiones convoca
y tanto poder emana? Bajo su advocación, los viejos milagros
han caducado: si antes uno hacía una maravilla apañadita
con los panes y los peces, hoy hasta hay quien levanta una señora
ciudad en un secarral sin agua. ¿Fetichismo de la Mercancía?
Nada si lo comparamos con la divinidad del ladrillo, perdón,
del Ladrillo. No hay consistorio municipal que no lo adore ni mercado
que lo regule, en contra de lo que quiso hacernos creer la chusma neoliberal.
Tal es, en fin, su poder que en sus altares se han sacrificado la justicia,
la cordura y, de paso, nuestras vidas.
Ni siquiera exageramos: si la religión es una creación
humana que llegó a someter a sus creadores, un proceso de similar
naturaleza nos ha hecho esclavos del Ladrillo. Ahora bien, en ambos
retablos, manos humanas, demasiado humanas mueven los hilos, más
bien las cuerdas para atarnos con el doble nudo de la explotación
y del control. Sometidos a los intereses de una usura desbocada (pero
legal) y temerosos de no poder seguir pagándolos y ser embargados,
perdiéndolo así todo, parecemos abocados al dilema de
la sumisión insufrible o al aniquilamiento en caso de intentar
romperla.
En un plano más concreto, que no más terrenal, hay consideraciones
que empeoran la situación. Proporcionalmente a la inaccesibilidad
de la vivienda, los beneficios que genera la especulación (y
la corrupción, valga la redundancia, que la rodea) son desmesurados.
Y, especialmente, en ciertos casos, como el del Estado español,
el único en el que la urbanización del suelo recalificado
(y ya sabemos que aquí se recalifica compulsivamente) queda en
manos de las constructoras. Es un mal antiguo: según Manuel Villoria,
catedrático de Ciencia Política y experto en corrupción,
el modelo español arranca de las concesiones del Estado a los
terratenientes, que veían garantizados sus beneficios gracias
a las decisiones administrativas. Así, el circo de Marbella no
sería más que el factor exponencial del modelo imperante,
el único que, al parecer, se conoce por aquí.
En fin, está visto que no basta con cagarse en los dioses. Va
siendo urgente ya demolerlos.
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