GRAVE ACCIDENTE EN ASCÓ

Rosendo

En noviembre del año pasado se produjo un accidente relevante en la central nuclear de Ascó 1 durante las tareas de limpieza efectuadas tras completar la carga de material fisionable en el reactor. El mismo aconteció cuando varios litros de fango y de agua contaminada, que habían sido recuperados manualmente mediante bombeo y aspiración, fueron vertidos ‘por error’ cerca de una rejilla de ventilación en la piscina del combustible gastado. La puesta en marcha del sistema de aspersión provocó que material radiactivo entrase en la rejilla de captación de aire y quedara retenido en los filtros de seguridad. Una incorrecta maniobra de descontaminación, que no tuvo en cuenta la limpieza de los filtros y tuberías exteriores, favoreció la evacuación de partículas ionizantes al sistema de ventilación general y su posterior expulsión fuera del recinto nuclear.
Sea como fuere, la contaminación no se detectó hasta el 14 de marzo del presente año 2008, si bien el suceso no se dio a conocer a la opinión pública hasta principios del mes de abril. Y todo sucedió de una forma rocambolesca pues, a pesar de los intentos de ocultación del accidente por parte de la Asociación Nuclear Ascó-Vandellós, una filtración interna al grupo ecologista Greenpeace puso en alerta al Consejo de Seguridad Nuclear, hasta ahora ignorante de lo acontecido, a pesar de ser el organismo encargado por velar de la seguridad en las instalaciones atómicas. A nivel oficial, se intentó calmar a los ciudadanos afirmando que se trató de una diminuta fuga de partículas en las inmediaciones del recinto del reactor. Pero, en sucesivos días, la intensidad del escape y su radio de acción fue ampliándose, paulatinamente, conforme se encontraban nuevas partículas cerca de las terrazas del edificio de combustible, en el doble vallado que rodea la instalación, en el límite de los terrenos que son propiedad de la central y en el exterior del recinto industrial, hasta que finalmente se ha aceptado que se han hallado trazas de contaminación junto a la línea de ferrocarril y en las inmediaciones del río Ebro.
Las organizaciones ecologistas afirman que el grado de contaminación emitida al exterior supera considerablemente al admitido por la central, lo que constituye un fenómeno sin precedentes en la historia nuclear catalana desde el incendio de la, hoy en día clausurada, central Vandellós 1. La desinformación que caracteriza a los comunicados de la ANAV, incompletos, parciales, y tan técnicos que sólo los ingenieros nucleares pueden entenderlos, hace que se haya exigido mayor transparencia informativa, de cara a los medios de comunicación, para evitar suscitar la alarma ciudadana. Urge la elaboración de un mapa completo de la composición y difusión de las partículas contaminantes y una explicación de las medidas adoptadas para solventar el problema, tanto de los operarios de propia central como de lo técnicos del CSN y del CIEMAT. Lo que está claro es que alguien está mintiendo y se precisaría depurar responsabilidades. Porque lo que inicialmente fue clasificado como ‘anomalía de nivel 1’ en la Escala Internacional de Sucesos Nucleares, más tarde se reconoció como ‘incidente de nivel 2’. La pequeña fuga de partículas en realidad fue un escape de radiactividad en toda regla, con una intensidad 750 veces superior a la notificada inicialmente por los responsables del complejo atómico.
Los ciudadanos tenemos la obligación de cuestionarnos cómo es posible que se haya llegado a este nivel de dejadez, de ineptitud y de manipulación. Y una de las preguntas más evidentes es cómo pudo producirse semejante fuga de elementos ionizantes sin que se activara ninguno de los sensores de radiactividad existentes en la planta nuclear y, sobre todo, cómo es que no se puso en marcha la Red de Alerta Radiológica (RAR) en Tarragona. La respuesta es tan espantosa como sencilla, pues en ambos casos hubo mala fe y comportamiento criminal al haberse ordenado, por parte de los responsables de Ascó 1, la manipulación de los sensores para evitar la activación de las alarmas. Y fue tal la intencionalidad a la hora de encubrir el suceso que incluso, para no levantar sospechas, se permitió la entrada al recinto de la central a visitas escolares tan sólo dias después de que se descubriera la fuga, según ha denunciado la organización Ecologistas en Acción. Al día de hoy, ya sabemos que el Plan de Emergencia Nuclear no se activó por razones meramente económicas, ya que el paro de los reactores para la descontaminación podrían haber supuesto importantes pérdidas para Endesa, la compañía energética propietaria de la central, a lo que debería sumarse una multa del orden de los 30 millones de euros. Esto explica que se tardara 21 días en informar al CSN de la situación, una vez que se encontraron los primeros trazos de contaminación -al día de hoy más de 300 ‘puntos calientes’-.
En un primer momento, se ha descartado que la contaminación detectada suponga un riesgo radiológico, hecho avalado por la Conselleria de Politica Territorial de la Generalitat cuyo titular, Joaquim Nadal, ha afirmado que los niveles de radiación son insignificantes. La campaña desinformativa que se ha puesto en marcha intenta minimizar el impacto medioambiental y sanitario que se haya podido producir, insistiéndose en la idea de que la dosis total que pudiera haber recibido un trabajador o un ciudadano está muy por debajo de los límites oficiales reglamentarios. Una mentira impía ya que, al día de hoy, la comunidad médica sabe que no existe dosis radiológica mínima que no suponga un riesgo para la salud y que los diferentes tipos de radiacciones artificiales son peligrosos en dosis y exposiciones diversas, no necesariamente elevadas. El problema principal consiste en que se carece de datos sobre la cantidad total de sustancias tóxicas que ha podido ser dispersada por el viento, en todo caso muy superior a la oficialmente reconocida. De esta manera, tampoco es posible saber la cantidad de personas que han sido expuestas a la contaminación. A pesar de las diferencias ideológicas que nos separan, podríamos consensuar que la salud ciudadana debería prevalecer por encima de intereses políticos y económicos. De esta forma, habría que exigir un control radiológico independiente para las personas potencialmente afectadas –trabajadores, vecinos y visitantes de las instalaciones- y la elaboración de un análisis epidemiológico en la población. El doctor Eduard Rodríguez Farré, médico especializado en toxicología y farmacología, coautor de la obra Casi todo lo que usted desea saber sobre los efectos de la energía nuclear, afirma que el vertido plantea muchas incógnitas y que nunca se sabrá la cantidad de radiactividad vertida al exterior por el retraso en su notificación.
Debemos exigir un régimen sancionador más severo, cuya cuantía supere al de las ganancias anuales de las centrales nucleares si queremos un control efectivo de tan peligrosa actividad industrial. La cultura de seguridad está muy mermada debido a que la privatización del sector eléctrico ha facilitado la implantación de una política de reducción de gastos consistente en la subcontratación de trabajadores temporales, carentes de la formación técnica necesaria, mal pagados y sometidos a duras condiciones laborales por la falta de personal de refuerzo. Es evidente que anteponer el beneficio económico a las medidas de seguridad puede acabar pasándonos factura, tal y como aconteció en Chernobil, pero mientras que Endesa tenga ganancias del orden de los 662 millones de euros de beneficio neto, según informes de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), las cosas no cambiarán. Ante la desidia de nuestros políticos, el Sistema Judicial debería operar con celeridad y transparencia, dada la gravedad de los hechos. Tanto el titular de Ascó como la presidenta del CSN deberían, no sólo presentarse en comparecencia ante el Parlament de Catalunya para dar explicaciones de lo sucedido, sino ser juzgados por incompetencia y por delitos contra la salud pública al haberse vulnerado reiteradamente las directivas sobre protección radiológica de la población. Debería abrirse, a nivel nacional, un debate serio sobre la energía nuclear, en el que también se tuviera en cuenta la validez de las renovables, y se planificara un calendario de cierre de las ocho centrales atómicas que todavía siguen en funcionamiento en nuestro país -recordemos que es promesa electoral del presidente Zapatero- por deficitarias, ineficaces, peligrosas y altamente contaminantes. Además, se requiere, de una vez por todas, la creación de protocolos de actuación en caso de incidentes radiológicos, la realización periódica de simulacros de alerta radiactiva, que el Plan de Emergencia Nuclear pase a ser competencia de la Generalitat y que el CSN se convierta en un organismo limpio e independiente de las influencias del lobi nuclear.

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