Apuntes
sobre el anarquismo
Z Net, Chomsky Archive
Traducido por Javier Fdez. Retenaga y revisado por Alfred Sola
Publicado en For Reasons of State (1973)
Un
escritor francés, simpatizante anarquista, escribió en
la década de 1890 que "el anarquismo se mueve dentro de
un espectro muy amplio: al igual que el papel, lo aguanta todo",
incluso indicó cosas que "un enemigo mortal
del anarquismo no habría podido hacer mejor".1
Ha habido muchas líneas de pensamiento y actuación que
han sido calificadas de "anarquistas". Sería vano tratar
de encuadrar todas esas divergentes tendencias en el marco de una ideología
o teoría general. E incluso si procediéramos a extraer
a partir de la historia del pensamiento libertario una tradición
viva, en evolución, tal como hace Daniel Guérin en Anarchisme,
sigue siendo difícil formular sus doctrinas en la forma de una
concreta y específica teoría de la sociedad y de los cambios
sociales. El historiador anarquista Rudolf Rocker, que nos presenta
una concepción sistemática del desarrollo del pensamiento
anarquista hacia el anarcosindicalismo, siguiendo una orientación
semejante a la de la obra de Guérin, pone las cosas en su sitio
cuando dice que el anarquismo no es "un sistema social fijo, cerrado,
sino una tendencia clara del desarrollo histórico de la humanidad,
que, a diferencia de la tutela intelectual de toda institución
clerical y gubernamental, aspira a que todas las fuerzas individuales
y sociales se desenvuelvan libremente en la vida. Ni siquiera la libertad
es un concepto absoluto, sino sólo relativo, ya que constantemente
trata de ensancharse y de afectar a círculos más amplios,
de las más variadas formas. Para los anarquistas, la libertad
no es un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta
de que todo ser humano pueda desarrollar plenamente en la vida las facultades,
capacidades y talentos de que la naturaleza le ha dotado, y ponerlas
al servicio de la sociedad. Cuanto menos se vea influido este desarrollo
natural del hombre por la tutela eclesiástica o política,
más eficiente y armoniosa se volverá la personalidad humana,
dando así buena muestra de la cultura intelectual de la sociedad
en que ha crecido. 2Uno podría preguntarse
qué interés puede tener estudiar "una tendencia clara
en el desarrollo histórico de la humanidad" que no da lugar
a una específica y pormenorizada teoría social. En efecto,
muchos comentaristas desdeñan el anarquismo por utópico,
informe, primitivo o, en todo caso, incompatible con las realidades
de una sociedad compleja. Sin embargo, podría argumentarse de
manera muy diferente: aduciendo que en cada estadio de la historia hemos
de preocuparnos por erradicar aquellas formas de autoridad y opresión
que han sobrevivido a su época y que, si bien entonces pudieron
haber tenido una justificación por motivos de seguridad, supervivencia
o desarrollo económico, ahora acrecientan más que alivian
la penuria material y cultural. De ser así, no existirá
ninguna doctrina del cambio social fija, válida para el presente
y el futuro; ni siquiera, como no podría ser de otro modo, una
idea concreta e inalterable de las metas hacia las que los cambios sociales
deberían tender. Sin duda, nuestra comprensión de la naturaleza
del hombre o de la gama de formas viables de sociedad es tan rudimentaria
que cualquier doctrina con pretensiones de dar razón de todo
ha de observarse con gran escepticismo, el mismo que debemos aplicar
cuando oímos que "la naturaleza humana" o "imperativos
de eficacia" o "la complejidad de la vida moderna" exigen
esta o aquella forma de opresión y un mando autocrático.
No obstante, en cada época concreta hay sobradas razones para
desarrollar, en la medida en que nuestro entendimiento lo permita, una
específica realización, acorde a los retos del momento,
de esa tendencia clara del desarrollo histórico de la humanidad.
Para Rocker, "el reto que se le presenta a nuestra época
es la liberación del hombre de la condena de la explotación
económica y la esclavización política y social";
y el método no es ni la conquista del Estado y el ejercicio de
su poder, ni el entontecedor parlamentarismo, sino que, por el contrario,
consiste en "reconstruir la vida económica de los pueblos
desde la base, edificándola en el espíritu del socialismo."
Mas sólo los productores mismos pueden llevar a cabo esta tarea,
ya que son el único factor de la sociedad creador de valor a
partir del cual puede surgir un futuro distinto.
Suya ha de ser la tarea de liberar al trabajo de las cadenas con que
la explotación económica lo aprisiona, la tarea de liberar
a la sociedad de todas las instituciones y mecanismos del poder político
y de abrir el camino para una alianza de grupos de hombres y mujeres
libres, basados en el trabajo cooperativo y en una administración
planificada de las cosas en interés de la comunidad. Preparar
a las masas trabajadoras del campo y la ciudad para este gran objetivo
y hacer de ellas una fuerza militante y unida es el objetivo único
del anarcosindicalismo moderno; en él se agotan todos sus propósitos.
En cuanto socialista, Rocker daría por hecho "que la auténtica,
final y completa liberación de los trabajadores sólo es
posible bajo una condición: la apropiación del capital,
esto es, de las materias primas y de las herramientas de trabajo, incluida
la tierra, por el conjunto de los trabajadores".3
En cuanto anarcosindicalista, insiste además en que, en el periodo
prerrevolucionario, las organizaciones de los trabajadores crean "no
sólo las ideas, sino también los hechos del futuro",
encarnando ellos mismos la estructura de la sociedad futura, y aguarda
esperanzado la revolución social que acabará con el aparato
del Estado y expropiará a los expropiadores. "Lo que ponemos
en lugar del gobierno es la organización industrial."
Los anarcosindicalistas tienen la convicción de que un orden
económico socialista no puede crearse a través de los
decretos y leyes de un gobierno, sino sólo mediante la colaboración
solidaria de los trabajadores que con sus manos y su inteligencia operan
en cada particular ramo de la producción; esto es, mediante la
asunción de la dirección de todas las plantas por los
trabajadores mismos, de tal forma que los diferentes grupos, plantas
y ramos de la industria sean miembros independientes del organismo económico
general y se encarguen sistemáticamente de la producción
y distribución de los bienes en interés de la comunidad,
basándose en libres acuerdos mutuos.
Rocker escribía eso en el emocionante momento en el que tales
ideas habían sido llevadas a la práctica en la Revolución
Española. Justo antes del estallido de la revolución,
el economista anarcosindicalista Diego Abad de Santillán había
escrito:
...al
afrontar el problema de la transformación social la revolución
no puede considerar al Estado como un medio, sino que ha de apoyarse
en la organización de los productores.
Nosotros
hemos seguido esta norma y no vemos necesidad alguna de que, con el
fin de establecer un nuevo orden de cosas, hayamos de suponer la existencia
de un poder superior al trabajo organizado. Agradeceríamos que
se nos indicara qué función, si acaso hubiera alguna,
podría desempeñar el Estado en una organización
económica en la que la propiedad privada ha sido abolida y en
la que no hay lugar para el parasitismo y los privilegios especiales.
La supresión del Estado no puede producirse esperando a su languidecimiento;
debe ser tarea de la revolución acabar con el Estado. O bien
la revolución pone la riqueza social en manos de los productores,
en cuyo caso los productores se organizan por sí mismos con vistas
a la distribución colectiva, o bien la revolución no pone
la riqueza social en manos de los productores, en cuyo caso la revolución
ha sido un engaño y el Estado continuará existiendo.
Nuestro consejo federal de economía no es un poder político,
sino un poder regulador económico y administrativo. Su orientación
viene determinada desde abajo y opera de acuerdo con las resoluciones
de las asambleas regionales y nacionales. Es un órgano de enlace
y nada más.4
Engels, en una carta escrita en 1883, expresaba su desacuerdo con esta
idea del modo siguiente:
Los anarquistas plantean las cosas al revés. Afirman que la
revolución proletaria debe comenzar echando abajo la organización
política del Estado (...) Pero destruirla en ese momento significaría
la destrucción del único órgano mediante el cual
el proletariado victorioso puede afianzar su recién conquistado
poder, mantener a raya a sus adversarios capitalistas y llevar a cabo
la revolución económica de la sociedad, sin la cual esa
victoria acabará inevitablemente en una nueva derrota y en una
masacre de los trabajadores, tal y como sucedió en la comuna
de París.5
Por contra, los anarquistas y con particular elocuencia, Bakunin
adviertieron del peligro de la "burocracia roja", que se mostraría
como "la mentira más vil y terrible que ha sido urdida en
nuestro siglo."6 El anarcosindicalista Fernand
Pelloutier se preguntaba: "¿Acaso el Estado transitorio
al que hemos de someternos ha de ser necesaria y fatalmente una cárcel
colectivista? ¿No puede consistir en una organización
libre, limitada exclusivamente por las necesidades de la producción
y el consumo, desaparecidas ya todas las instituciones políticas?".7
No pretendo yo conocer la respuesta a esta pregunta. Pero parece claro
que, a menos que de alguna manera la respuesta sea afirmativa, las oportunidades
para una revolución verdaderamente democrática no son
muchas. Martin Buber expuso el problema de forma sucinta cuando escribió:
"Nadie puede razonablemente esperar que un arbolillo, una vez transformado
en un palo de golf, continúe echando hojas."8
La cuestión de la conquista o destrucción del poder del
Estado era para Bakunin el asunto primordial que le separaba de Marx.9
De una u otra forma, desde entonces el problema ha surgido repetidas
veces a lo largo del siglo, dividiendo a los socialistas en "libertarios"
y "autoritarios".
Pese a las advertencias de Bakunin en relación a la burocracia
roja, y su cumplimiento bajo la dictadura de Stalin, obviamente cometeríamos
un burdo error si interpretáramos los debates de hace un siglo
como si tuvieran su origen en las reivindicaciones de los actuales movimientos
sociales. Concretamente, es una perversidad observar el bolchevismo
como "marxismo en la práctica". Por el contrario, mucho
más atinada es la crítica izquierdista al bolchevismo
que toma en consideración las cicunstancias históricas
que rodearon la Revolución Rusa.10
El movimiento obrero izquierdista antibolchevique se opuso a los leninistas
porque no aprovecharon suficientemente los levantamientos que tuvieron
lugar en Rusia, a fin de perseguir objetivos estrictamente proletarios.
Quedaron prisioneros de su entorno y utilizaron al movimiento radical
internacional para satisfacer necesidades específicamente rusas,
que pronto vinieron a identificarse con el Partido-Estado bolchevique.
Los aspectos "burgueses" de la Revolución Rusa quedaban
ahora al descubierto en el bolchevismo mismo: el leninismo era considerado
parte de la social-democracia internacional, distinguiéndose
de esta última únicamente por cuestiones tácticas.11
Si tratáramos de buscar una sola idea rectora dentro de la tradición
anarquista, la hallaríamos, a mi juicio, en lo expresado por
Bakunin cuando, refiriéndose a la Comuna de París, se
identificó a sí mismo como sigue:
Soy un amante fanático de la libertad, considero que es la
única condición bajo la cual la inteligencia, la dignidad
y la felicidad humana pueden desarrollarse y crecer; no la libertad
puramente formal concedida, delimitada y regulada por el Estado, un
eterno engaño que en realidad no representa otra cosa que el
privilegio de algunos fundado en la esclavitud del resto; no la libertad
individualista, egoísta, mezquina y ficticia ensalzada por la
Escuela de J.J. Rousseau y otras escuelas del liberalismo burgués,
que entiende que el Estado, limitando los derechos de cada uno, representa
la condición de posibilidad de los derechos de todos, una idea
que por necesidad conduce a la reducción de los derechos de cada
uno a cero. No, yo me refiero a la única clase de libertad que
merece tal nombre, la libertad que consiste en el completo desarrollo
de todas las capacidades materiales, intelectuales y morales que permanecen
latentes en cada persona; libertad que no conoce más restricciones
que aquellas que vienen determinadas por las leyes de nuestra propia
naturaleza individual, y que no pueden ser consideradas propiamente
restricciones, puesto que no se trata de leyes impuestas por un legislador
externo, ya se halle a la par o por encima de nosotros, sino que son
inmanentes e inherentes a nosotros mismos, constituyendo la propia base
de nuestro ser material, intelectual y moral: no nos limitan sino que
son las condiciones reales e inmediatas de nuestra libertad.12
Estas ideas tienen su origen en la Ilustración; sus raíces
se encuentran en el Discurso acerca de la desigualdad de Rousseau, en
las Ideas para un intento de determinar los límites de la acción
del Estado de Humboldt, en la insistencia de Kant, al defender la Revolución
Francesa, en que la libertad es condición previa para adquirir
madurez en relación a la libertad, y no un regalo que se obtiene
una vez se ha alcanzado dicha madurez. Con el desarrollo del capitalismo
industrial, ese nuevo e imprevisto sistema de injusticia, es el socialismo
libertario el que ha preservado y difundido el mensaje humanista radical
de la Ilustración y las ideas liberales clásicas, luego
pervertidas para servir de sustento a una ideología destinada
a mantener el orden social emergente. En realidad, partiendo de los
mismos supuestos que llevaron al liberalismo clásico a oponerse
a la intervención del Estado en la vida social, las relaciones
sociales capitalistas son igualmente intolerables.
Esto se ve con toda claridad, por ejemplo, en la clásica obra
de Humboldt Ideas para un intento de determinar los límites de
la acción del Estado, precursora de Mill, al que quizá
sirvió de inspiración. Esta obra clásica del pensamiento
liberal, concluida en 1792, es en su esencia, aunque de forma prematura,
profundamente anticapitalista. Sus ideas hubieron de ser suavizadas,
hasta volverse prácticamente irreconocibles, a fin de transmutarlas
en una ideología del capitalismo industrial.
La visión de Humboldt de una sociedad en la que las ataduras
sociales son sustituidas por vínculos sociales y el trabajo es
asumido libremente, nos recuerda al joven Marx y sus reflexiones acerca
de la "alienación del trabajo cuando éste es externo
al trabajador (...) no es parte de su naturaleza (...) [de tal modo
que] no se realiza en su trabajo, sino que se niega a sí mismo
(...) se agota físicamente y se degrada mentalmente", trabajo
alienado que "a unos trabajadores los hace regresar a un tipo de
trabajo bárbaro y a otros los convierte en máquinas",
despojando al hombre de algo "característico de su especie"
como es "la actividad consciente y libre" y la "vida
productiva". Igualmente, Marx concibe "una nueva clase de
ser humano que necesita de sus congéneres". [La asociación
de los trabajadores viene a ser] "el esfuerzo real y constructivo
de crear el tejido social de las futuras relaciones humanas."13
No puede negarse que el pensamiento liberal clásico, como consecuencia
de premisas de hondo calado acerca de la necesidad humana de libertad,
diversidad y libre asociación, se opone a la intervención
del Estado en la vida social. Bajo esas mismas premisas, las relaciones
de producción capitalistas, el trabajo asalariado, la competitividad,
la ideología del "individualismo posesivo", etc., han
de observarse como fundamentalmente inhumanas. El socialismo libertario
ha de ser considerado con toda propiedad el heredero de las ideas liberales
de la Ilustración.
Rudolf Rocker describe el anarquismo moderno como "la confluencia
de las dos grandes corrientes que durante y desde la Revolución
Francesa han encontrado expresión muy característica en
la vida intelectual de Europa: socialismo y liberalismo". Los ideales
liberales clásicos, afirma Rocker, se fueron a pique bajo el
peso de la realidad de las formas de la economía capitalista.
El anarquismo es necesariamente anticapitalista ya que "rechaza
la explotación del hombre por el hombre". Pero el anarquismo
también rechaza "la dominación del hombre sobre el
hombre". Insiste en que "el socialismo será libre o
no será de ninguna manera. En reconocer esto estriba la genuina
y profunda justificación para la existencia del anarquismo."14
Desde este punto de vista, puede decirse que el anarquismo es la rama
libertaria del socialismo. Ésta es la perspectiva de Daniel Guérin
al abordar el estudio del anarquismo en Anarchisme y en otras obras.15
Guérin cita a Adolf Fischer, que decía que "todo
anarquista es socialista, pero no todo socialista es necesariamente
anarquista." Del mismo modo, Bakunin, en su "manifiesto anarquista"
de 1865, el programa de su proyectada fraternidad revolucionaria internacional,
sentó el principio de que todo miembro debe ser, en primer lugar,
socialista.
Un marxista consecuente ha de oponerse a la propiedad privada de los
medios de producción y a la esclavitud salarial, propias de este
sistema, como incompatibles con el principio de que el trabajo debe
asumirse libremente y permanecer bajo el control del productor. Como
Marx explica, los socialistas persiguen una sociedad en la que el trabajo
sea "no sólo un medio de vida, sino también la mayor
necesidad vital"16, algo imposible cuando el trabajador está
dirigido por una autoridad externa o precisa algo más que su
propio impulso:
"ninguna forma de trabajo asalariado, aun cuando haya alguna menos
odiosa que otra, puede acabar con la miseria del trabajo asalariado
mismo."17
Un anarquista consecuente se opondrá no sólo al trabajo
alienado sino también a la embrutecedora especialización
del trabajo que tiene lugar cuando los medios para desarrollar la producción:
...mutilan al trabajador convirtiéndolo en un fragmento de ser
humano, lo degradan haciendo de él un apéndice de la máquina,
aniquilan con la penosidad del trabajo el sentido de éste, arrebatan
al trabajador las potencialidades intelectuales del proceso de trabajo
en la medida en que a éste se le incorpora la ciencia como potencialidad
independiente...18
Marx no pensó que esto fuera algo inevitablemente unido a la
industrialización, sino una característica de las relaciones
capitalistas de producción. La sociedad del futuro debe ocuparse
de "reemplazar el trabajador especializado de hoy (...) reducido
a un mero fragmento de ser humano, por el individuo completamente desarrollado,
apto para una diversidad de trabajos (...), para el cual las diferentes
funciones sociales (...) no son sino diversas maneras de dar rienda
suelta a sus propias capacidades naturales."19 Para ello, es requisito
previo la abolición de las categorías sociales de capital
y trabajo asalariado (por no hablar de los ejércitos industriales
de los "Estados obreros" o de las diversas formas de totalitarismo
desde la aparición del capitalismo). La reducción del
hombre a un apéndice de la máquina, una herramienta especializada
de la producción, podría en principio superarse, en vez
de agravarse, mediante un adecuado desarrollo y uso de la tecnología,
pero no bajo las condiciones de un control autocrático de la
producción por parte de aquellos que hacen del hombre un instrumento
al servicio de sus fines particulares, prescindiendo por utilizar
la expresión de Humboldt de los objetivos individuales
de éste.
Los anarcosindicalistas aspiraban a crear, incluso dentro del capitalismo
"asociaciones libres de productores libres" que se implicaran
en la lucha militante y se prepararan para asumir la organización
de la producción sobre bases democráticas. Estas asociaciones
servirían de "escuela práctica de anarquismo".20
Si la propiedad privada de los medios de producción no es más
que, utilizando la frase de Proudhon tantas veces citada, una forma
de "robo" "la explotación del débil
por el fuerte"21-, el control de la producción
por una burocracia estatal, por buenas que sean sus intenciones, tampoco
crea las condiciones para que el trabajo anual e intelectual
pueda convertirse en la mayor necesidad vital. Por consiguiente, ambas
deben ser superadas.
En su ataque contra el derecho al control privado o burocrático
de los medios de producción, el anarquista se coloca junto a
aquellos que luchan por alcanzar "la tercera y última fase
emancipatoria de la historia":
la primera hizo de los esclavos siervos, la segunda hizo de los siervos
gente que gana un salario, la tercera abole el proletariado en un acto
último de liberación que pone el control de la economía
en manos de asociaciones libres y voluntarias de productores (Fourier,
1848).22
El peligro inminente para la "civilización" fue advertido,
también en 1848, por Tocqueville:
Mientras el derecho de propiedad fue el origen y fundamento de muchos
otros derechos, era fácil defenderlo, o, para ser más
precisos, no sufría ningún ataque; entonces era la ciudadela
de la sociedad, mientras que los otros derechos eran su fortificación:
no se llevaba la peor parte en los ataques y, en realidad, no se producían
intentos serios de asalto. Pero hoy en día, cuando se ve en el
derecho de propiedad el último resto aún no destruido
del mundo aristocrático, cuando sólo él queda en
pie, cuando es el único privilegio en una sociedad cuyos miembros
son ya en todo lo demás iguales, la cosa cambia. Piénsese
lo que sentirán las clases trabajadoras, aunque admito que siguen
tan calmadas como antes. Es cierto que se encuentran menos inflamadas
que antes por pasiones políticas propiamente dichas; pero ¿no
veis que sus pasiones, lejos de ser políticas, se han convertido
en sociales? ¿No veis que poco a poco se van extendiendo entre
ellos opiniones e ideas que apuntan no a la derogación de tales
o cuales otras leyes, de tal ministerio o tal gobierno, sino a la disolución
de los fundamentos mismos de la propia sociedad?23
Los trabajadores de París, en 1871, rompieron el silencio y procedieron
a abolir la propiedad, base de toda civilización. Sí,
caballeros, la Comuna pretendía abolir esa propiedad de clase
que convierte el trabajo de muchos en la riqueza de unos pocos. La Comuna
aspiraba a la expropiación de los expropiadores. Quería
convertir la propiedad individual en una realidad, transformando los
medios de producción la tierra y el capitalque hoy son
fundamentalmente medios de esclavización y de explotación
del trabajo, en simples instrumentos de trabajo libre y asociado.24
La Comuna, por supuesto, fue ahogada en un baño de sangre. La
verdadera naturaleza de la "civilización" que los trabajadores
de París trataron de superar con su ataque contra "los fundamentos
mismos de la propia sociedad" se mostró, una vez más,
cuando las tropas del gobierno de Versalles reconquistaron París
arrebatándoselo al pueblo.
Como Marx escribió, con tanta amargura como acierto:
La civilización y la justicia del orden burgués aparecen
en todo su siniestro esplendor dondequiera que los esclavos y los parias
de este orden osan rebelarse contra sus señores. En tales momentos,
esa civilización y esa justicia se muestran como lo que son:
salvajismo descarado y venganza sin ley (...) las hazañas infernales
de la soldadesca reflejan el espíritu innato de esa civilización,
de la que es el brazo vengador y mercenario (...) La burguesía
del mundo entero, que mira complacida la matanza en masa después
de la lucha, ¡se estremece de horror ante la profanación
del ladrillo y la argamasa! [Ibid., pp. 95, 96 y 99]
Pese a la violenta destrucción de la Comuna, Bakunin escribió
que París abría una nueva época, "la de la
definitiva y completa emancipación de las masas populares y su
futura auténtica solidaridad por encima y a pesar de las ataduras
del Estado." "La próxima revolución, internacionalmente
solidaria, será la resurrección de París",
una revolución que el mundo todavía espera.
Así pues, el anarquista consecuente debe ser socialista, pero
socialista de una clase particular. No sólo se opondrá
al trabajo alienado y especializado y aspirará a la apropiación
del capital por parte del conjunto de los trabajadores, sino que insistirá,
además, en que dicha apropiación sea directa y no ejercida
por una élite que actúe en nombre del proletariado. Se
opondrá, en suma, a la organización del trabajo por los
gobernantes. Eso significa socialismo de Estado, el gobierno de los
funcionarios del Estado sobre la producción y el gobierno de
los científicos, directivos y funcionarios sobre el comercio
(...) El objetivo de la clase trabajadora es su liberación de
la explotación. Este objetivo no se alcanza ni puede ser alcanzado
por una nueva clase dirigente que se coloque a sí misma en el
lugar que antes ocupaba la burguesía. Únicamente lo harán
realidad los trabajadores, haciéndose cargo ellos mismos de la
producción.
Estas observaciones están tomadas de "Cinco tesis acerca
de la lucha de clases", del marxista Anton Pannekoek, uno de los
teóricos más destacados del movimiento por un comunismo
organizado mediante consejos obreros (council communist movement). Y
es que, de hecho, el marxismo radical se funde con las corrientes anarquistas.
A modo de ilustración adicional, consideremos la siguiente caracterización
del "socialismo revolucionario":
El socialista revolucionario rechaza que la propiedad del Estado
pueda terminar en algo distinto del despotismo burocrático. Hemos
visto por qué el Estado no puede controlar democráticamente
la industria. La industria sólo puede ser democráticamente
poseída y controlada por los trabajadores cuando éstos
eligen directamente los comités administrativos industriales
entre sus propias filas. El socialismo será, fundamentalmente,
un sistema industrial; su estructuración tendrá un carácter
industrial. Así, aquellos que se hagan cargo de las actividades
sociales e industriales de la sociedad tendrán representación
directa en los consejos locales y centrales de la administración.
De este modo, el poder de dichos delegados emanará de quienes
llevan a cabo el trabajo y permanecerá atento a las necesidades
de la comunidad. Cuando el comité administrativo industrial central
se reúna, representará a cada sector de la actividad social.
Por tanto, el Estado político o geográfico
capitalista será sustituido por el comité administrativo
industrial del socialismo. La transición de uno a otro sistema
social será la revolución social. A lo largo de la historia
el Estado político ha significado el gobierno de los hombres
por las clases dirigentes; la República del Socialismo será
el gobierno de la industria administrada por toda la comunidad. El primero
representaba el sometimiento económico y político de la
mayoría; esta última significará la libertad económica
de todos y será, por tanto, una verdadera democracia.
Esta declaración programática aparece en la obra de William
Paul El Estado. Sus orígenes y funciones, escrita a comienzos
de 1917 poco antes que El Estado y la revolución, de Lenin
y que es quizá su obra más libertaria (V. nota 9). Paul
fue miembro del Partido Laborista Socialista Marxista-De Leonista, y
más adelante, uno de los fundadores del Partido Comunista Británico.25
Su crítica al socialismo de Estado se asemeja a la doctrina libertaria
de los anarquistas en su principio de que, puesto que la propiedad y
dirección del Estado conduciría a un despotismo burocrático,
la revolución social debe reemplazarlo por la organización
industrial de la sociedad bajo el control directo de los trabajadores.
Podríamos citar multitud de afirmaciones similares.
Pero lo más importante es que estas ideas han sido ya llevadas
a la práctica en la acción revolucionaria espontánea;
por ejemplo, en Alemania e Italia tras la Primera Guerra Mundial, y
en España no sólo en el campo, sino también
en la Barcelona industrial en 1936. Bien podría decirse
que alguna suerte de comunismo organizado mediante consejos obreros
(council communism) es la forma natural del socialismo revolucionario
en una sociedad industrial. Ahí se plasma la certeza intuitiva
de que la democracia se encuentra muy limitada cuando el sistema industrial
está controlado por alguna forma de élite autocrática,
ya se trate de los propietarios, los directivos y tecnócratas,
un partido de "vanguardia" o una burocracia estatal.
Bajo esas condiciones de dominación autoritaria, los ideales
libertarios clásicos, desarrollados luego por Marx, Bakunin y
otros auténticos revolucionarios, no pueden hacerse realidad:
el hombre no será libre para desarrollar al máximo todas
sus potencialidades, y el productor seguirá siendo "un fragmento
de ser humano", un ser degradado, una herramienta de un proceso
productivo dirigido desde arriba.
La expresión "acción revolucionaria espontánea"
puede llevar a confusión. Al menos los anarcosindicalistas toman
buena nota de la observación de Bakunin de que las organizaciones
de los trabajadores deben crear en el período prerrevolucionario"
no sólo las ideas, sino también los hechos del futuro".
Los logros de la revolución popular, en España en particular,
se basaron en un paciente trabajo de años de organización
y educación, elementos de una larga tradición de compromiso
y militancia. Las resoluciones de los Congresos de Madrid, en junio
de 1931, y Zaragoza, en mayo de 1936, prefiguraron de diversas maneras
los actos de la revolución, tal y como sucedió también
con las ideas, algo diferentes, esbozadas por Abad de Santillán
(V. nota 4) en su puntual descripción de la organización
social y económica que habría de instaurar la revolución.
Guérin escribe que "La Revolución Española
había alcanzado cierta madurez tanto en las mentes de los pensadores
libertarios como en la conciencia popular." Y cuando, con el golpe
de Franco, la agitación de comienzos de 1936 llevó al
estallido de la revolución social, las organizaciones de los
trabajadores contaban ya con la estructura, la experiencia y la conciencia
para emprender la tarea de la reconstrucción social. En su introducción
a una recopilación de documentos acerca de la colectivización
en España, el anarquista Augustin Souchy escribe:
Durante muchos años los anarquistas y sindicalistas españoles
consideraron que su tarea suprema era la transformación social
de la sociedad. En sus asambleas de sindicatos y grupos, en sus diarios,
en sus panfletos y libros, el problema de la revolución social
se discutía sin cesar y de forma sistemática.26
Todo esto se halla tras los logros espontáneos y la obra constructiva
de la Revolución Española.
Las ideas del socialismo libertario, en el sentido descrito, han quedado
arrinconadas en las sociedades industriales del pasado medio siglo.
Las ideologías dominantes han sido el socialismo de Estado o
el capitalismo de Estado (éste de carácter cada vez más
militarizado en los Estados Unidos, por razones fáciles de ver).27
Pero el interés por el anarquismo se ha reavivado en estos últimos
años. Las tesis de Anton Pannekoek que he citado están
tomadas de un panfleto reciente de un grupo de trabajadores radicales
franceses (Informations Correspondance Ouvrière). Las observaciones
de William Paul en torno al socialismo revolucionario fueron citadas
por Walter Kendall en un discurso pronunciado en el Congreso Nacional
sobre Control Obrero, en Sheffield, Inglaterra, en marzo de 1969. En
Inglaterra, el movimiento que lucha por el control obrero ha ido adquiriendo
una fuerza significativa en los últimos años. Ha organizado
varios congresos, ha producido una considerable cantidad de panfletos
y cuenta con el apoyo activo de algunos de los sindicatos más
importantes. La Amalgamated Engineering and Foundryworkers' Union, por
ejemplo, h adoptado como política oficial el programa de nacionalización
de las industrias básicas "bajo el control de los trabajadores
en todos los niveles".28 En el continente
ha habido progresos similares. Mayo del 68, por descontado, aceleró
en Alemania y en Francia el creciente interés por el comunismo
organizado mediante consejos obreros y por ideas que siguen esa misma
línea, tal y como sucedió en Inglaterra.
Dado el carácter extremadamente conservador de nuestra muy ideologizada
sociedad, no sorprende demasiado que los Estados Unidos hayan quedado
relativamente al margen de esa evolución. Pero también
eso puede cambiar. La erosión de la mitología que rodeaba
a la guerra fría permite al menos suscitar la discusión
sobre estas cuestiones en círculos bastante amplios. Si conseguiéramos
refrenar la actual ola de represión, si la izquierda fuera capaz
de superar sus tendencias suicidas y construir sobre lo que se ha conseguido
en la década pasada, entonces el problema de cómo organizar
la sociedad sobre bases verdaderamente democráticas, con un control
democrático en el lugar de trabajo y en la comunidad, se convertiría
en el principal tema de reflexión para todos aquellos que son
sensibles a los problemas de la sociedad contemporánea, y, en
la medida en que se fuera desarrollando un movimiento de masas en favor
del socialismo libertario, la reflexión habría de ceder
el paso a la acción.
En su manifiesto de 1865, Bakunin predijo que un elemento de la revolución
social sería "esa inteligente y verdaderamente noble parte
de la juventud que, pese a pertenecer por nacimiento a las clases privilegiadas,
es llevada por sus generosas convicciones y ardientes anhelos a hacer
suya la causa del pueblo". Quizás en el surgimiento del
movimiento estudiantil de los 60 pueda observarse algún paso
hacia el cumplimiento de esta profecía.
Daniel Guérin ha emprendido lo que él ha descrito como
un "proceso de rehabilitación del anarquismo". Argumenta
convincentemente, a mi juicio que "las enriquecedoras
ideas del anarquismo mantienen su vitalidad y que, examinadas y tamizadas,
podrían ser de gran utilidad para que el pensamiento socialista
contemporáneo tomara un nuevo rumbo... [y] para contribuir a
enriquecer el marxismo."29 De ese "amplio
espectro" del anarquismo él ha seleccionado para examinarlas
más atentamente aquellas ideas y acciones que pueden calificarse
de socialistas libertarias. Es lo natural y apropiado.
Dentro de ese marco se encuadran los más importantes portavoces
del anarquismo así como los movimientos populares que han estado
inspirados por sentimientos e ideales anarquistas. Guérin se
ocupa no sólo del pensamiento anarquista, sino también
de las acciones espontáneas de la lucha revolucionaria popular.
Se ocupa tanto de la creatividad social como de la intelectual. Además,
a partir de las realizaciones constructivas del pasado trata de extraer
lecciones que enriquezcan la teoría de la liberación social.
Para aquellos que desean no sólo comprender el mundo sino también
cambiarlo, ésta es la forma apropiada de abordar el estudio de
la historia del anarquismo.
Guérin describe el anarquismo del siglo XIX como eminentemente
doctrinal, mientras que el siglo XX, para los anarquistas, ha sido una
época de "práctica revolucionaria".30
En Anarchisme refleja esta opinión. Arthur Rosenberg apuntó
en una ocasión que las revoluciones populares se caracterizan
por tratar de sustituir "una autoridad feudal o centralizada que
gobierna por la fuerza" por alguna suerte de sistema comunal que
"implique la destrucción y desaparición de la vieja
forma de Estado". Dicho sistema será o bien socialista,
o bien "una forma extrema de democracia... [la cual es] condición
previa para el socialismo, por cuanto el socialismo sólo puede
hacerse realidad en un mundo en el que el individuo goce de la máxima
libertad posible". Este ideal, observa, era común a Marx
y a los anarquistas.31 Esta lucha natural por
la liberación va en sentido opuesto a la predominante tendencia
de la vida política y económica hacia la centralización.
Hace un siglo Marx escribió que los trabajadores de París
"comprendieron que no había más alternativa que la
Comuna o el imperio, fuera cual fuera el nombre bajo el que éste
reapareciese".
El Imperio los había arruinado económicamente con su dilapidación
de la riqueza pública, con las grandes estafas financieras que
fomentó y con el apoyo prestado a la concentración artificialmente
acelerada del capital, que suponía la expropiación de
muchos de sus componentes. Los había oprimido políticamente,
y los había irritado moralmente con sus orgías; había
herido su volterianismo al confiar la educación de sus hijos
a los frères ignorantins, y había sublevado su sentimiento
nacional de franceses al lanzarlos precipitadamente a una guerra que
sólo ofreció una compensación para todos los desastres
que había causado: la caída del Imperio.32
El miserable Segundo Imperio "era la única forma de gobierno
posible en una época en que la burguesía ya había
sido derrotada y la clase trabajadora aún no había adquirido
capacidad para gobernar la nación".
No resultaría muy difícil parafrasear estas observaciones
para adecuarlas a los sistemas imperiales de 1970. El problema de la
"liberación del hombre de la condena de la explotación
económica y la esclavización política y social"
es también hoy el problema de nuestro tiempo. Y mientras así
sea, las doctrinas y la práctica revolucionaria del socialismo
libertario nos servirán de inspiración y guía.
Notas
Este ensayo es una versión revisada de la introducción
a Anarquismo. De la teoría a la práctica, de Daniel Guérin.
Una versión algo diferente fue publicada en la New York Review
of Books, 21 de mayo, 1970.
1. Octave Mirbeau, citado en James Joll, The Anarchists, pp. 145-6.
2. Rudolf Rocker, Anarchosyndicalism, p. 31.
3. Citado por Rocker, ibid., p. 77. Esta cita y la de la frase siguiente
son de M. Bakunin, "El programa de la Alianza", en Sam Dolgoff,
ed. y trad., Bakunin on Anarchy, p. 255.
4. Diego Abad de Santillan, After the Revolution, p. 86. [El texto que
presentamos aquí es una traducción de la previa traducción
inglesa ahí reseñada, pues no hemos sido capaces de encontrar
ninguna edición original. (N. del T.)] En el último capítulo,
escrito varios meses después del comienzo de la revolución,
expresa su disgusto por lo poco que se había conseguido hasta
el momento. Acerca de los logros de la revolución social en España
véase mi American Power and the New Mandarins, cap. 1, y las
referencias ahí citadas; el importante estudio de Broué
y Témime ha sido entretanto traducido al inglés. Desde
entonces han sido publicados algunos otros estudios importantes, en
particular: Frank Mintz, L'Autogestion dans l'Espagne révolutionaire(Paris:
Editions Bélibaste, 1971); César M. Lorenzo, Les Anarchistes
espagnols et le pouvoir, 1868-1969 (Paris: Editions du Seuil, 1969);
Gaston Leval, Espagne libertaire, 1936-1939: L'Oeuvre constructive de
la Révolution espagnole (Paris: Editions du Cercle, 1971). Véase
también Vernon Richards, Lessons of the Spanish Revolution,edición
ampliada de 1972.
5. Citado por Robert C. Tucker, The Marxian Revolutionary Idea, al ocuparse
del tema marxismo y anarquismo.
6. Bakunin, en una carta a Herzen y Ogareff, 1866. Citado por Daniel
Guérin, Jeunesse du socialisme libertaire, p. 119.
7. Fernand Pelloutier, citado en Joll, Anarchistes. La fuente es "L'Anarchisme
et les syndicats ouvriers," Les Temps nouveaux, 1895. El texto
íntegro aparece en Daniel Guérin, ed., Ni Dieu, ni Maître,una
excelente antología histórica del anarquismo.
8. Martin Buber, Paths in Utopia, p. 127.
9. "Ningún Estado, ya sea democrático," escribió
Bakunin, "ni siquiera la república más roja podrá
nunca proporcionar al pueblo lo que éste realmente quiere, es
decir, la libre autoorganización y administración de sus
propios asuntos, de abajo hacia arriba, sin interferencias o violencias
provenientes de arriba. Pues todo Estado, incluso el Estado pseudopopular
inventado por el Sr. Marx, no es en esencia más que una maquinaria
para que las masas sean gobernadas desde arriba por una minoría
privilegiada de intelectuales presuntuosos que creen saber mejor que
el propio pueblo lo que el pueblo necesita y desea..." "Pero
el pueblo no se sentirá mejor por que la vara con que se le golpea
lleve el rótulo de 'vara del pueblo'." (Statism and Anarchy
[1873], en Dolgoff, Bakunin on Anarchy, p. 338). La "vara del pueblo"
es ahí la república democrática. Marx, por supuesto,
veía las cosas de manera diferente.
Para un examen más profundo del impacto de la Comuna de París
en esta disputa, véanse los comentarios de Daniel Guérin
en Ni Dieu, ni Maître; estos aparecen también, de manera
algo más extensa, en su Pour un marxisme libertaire. Véase
tambien la nota 24.
10. Acerca de la "desviación intelectual" de Lenin
hacia la izquierda durante 1917, véase Robert Vincent Daniels,
"The State and Revolution: a Case Study in the Genesis and Transformation
of Communist Ideology," American Slavic and East European Review,
vol. 12, no. 1 (1953).
11. Paul Mattick, Marx and Keynes, p. 295.
12. Michael Bakunin, "La Commune de Paris et la notion de l'état,"
reeditado en Guérin, Ni Dieu, ni Maître. La observación
final de Bakunin acerca de las leyes de la naturaleza individual como
condición de la libertad son comparables al pensamiento creativo
desarrollado por las tradiciones racionalista y romántica. Véase
mi Cartesian Linguistics and Language and Mind.
13. Shlomo Avineri, The Social and Political Thought of Karl Marx, p.
142, refiriéndose a algunos comentarios que aparecen en La Sagrada
Familia. Avineri sostiene que dentro del movimiento socialista sólo
el kibbutzim israelí "se ha dado cuenta de que las formas
y maneras de la organización social actual determinarán
la estructura de la sociedad futura." De todos modos, tal y como
se ha apuntado más arriba, ésta es una tesis típica
del anarcosindicalismo.
14. Rocker, Anarchosyndicalism, p. 28.
15. Véanse las obras de Guérin citadas más arriba.
16. Karl Marx, Kritik des Gothaer Programms.
17. Karl Marx, Grundrisse der Kritik der Politischen Ökonomie,
citado por Mattick, Marx and Keynes, p. 306. A este respecto, véase
también el ensyo de Mattick, "Workers' Control," en
Priscilla Long, ed., The New Left; y Avineri, Social and Political Thought
of Marx.
18. Karl Marx, El Capital; citado por Robert Tucker, que acertadamente
resalta que Marx ve al revolucionario más como un "productor
frustrado" que como un "consumidor insatisfecho" (The
Marxian Revolutionary Idea). Esta más radical crítica
de las relaciones capitalistas de producción es una consecuencia
directa del pensamiento libertario de la Ilustración.
[Esta cita la hemos traducido aquí directamente de la edición
alemana de las obras completas de Marx y Engels, publicada por la Dietz
Verlag, Berlín/RDA 1968. Dicho texto aparece, concretamente,
en el capítulo 23, Das allgemeine Gesetz der kapitalistischen
Akkumulation, del primer tomo de "El Capital". (N. del T.)]
19. Marx, El Capital, citado por Avineri, Social and Political Thought
of Marx, p. 83.
20. Pelloutier, "L'Anarchisme."
21. "Qu'est-ce que la propriété?" La frase "la
propiedad es el robo" disgustó a Marx, que vio un problema
lógico, al creer que el robo presupondría la existencia
legítima de la propiedad. V. Avineri, Social and Political Thought
of Marx.
22. Citado en la obra de Buber, Paths in Utopia, p. 19.
23. Citado en J. Hampden Jackson, Marx, Proudhon and European Socialism,p.
60.
24. Karl Marx, La Guerra Civil en Francia, p. 77. Avineri observa que
este y otros comentarios de Marx acerca de la Comuna hablan explícitamente
de intenciones y planes. Como Marx dejó claro en otro lugar,
su opinión, más meditada, era más crítica
que la expresada en esta alocución. [El texto lo hemos tomado
de la edición de David Romagnolo para la internet, accesible
en http://gate.cruzio.com/~marx2mao/M2M(SP)/M&E(SP)/CWF71s.html
(N. del T.)]
25. Para un examen más detallado, véase Walter Kendall,
The Revolutionary Movement in Britain.
26. Collectivisations: L'Oeuvre constructive de la Révolution
espagnole, p. 8.
27. Para una discusión de esta cuestión, véase
Mattick, Marx and Keynes, y Michael Kidron, Western Capitalism Since
the War. Véanse también la discusión y referencias
citadas en mi At War With Asia, cap. 1, pp. 23-6.
28. Véase Hugh Scanlon, The Way Forward for Workers' Control.
Scanlon es el presidente del AEF, uno de los sindicatos británicos
más importantes. El instituto se estableció a resultas
de la sexta Conferencia sobre Control Obrero, en marzo de 1968, y sirve
de centro para la difusión de información y para estimular
la investigación. 29. Guérin, Ni Dieu, ni Maître,
introducción.
30. Ibid.
31. Arthur Rosenberg, A History of Bolshevism, p. 88.
32. Marx, La Guerra Civil en Francia, pp. 79-80. [Frères ignorantins
es el sobrenombre con que se llamaba a la orden religiosa que apareció
en Reims en 1680. Sus miembros se dedicaban a la educación de
niños pobres. En las escuelas fundadas por la Orden los alumnos
recibían principalmente educación religiosa y muy poco
en otros campos del saber. Marx utilizó esta expresión
para aludir al bajo nivel y al carácter clerical de la educación
elemental en la Francia burguesa. (Nota del editor de la traducción
arriba reseñada)]
Bibliografía
Avineri, Shlomo. The Social and Political Thought of Karl Marx.London:
Cambridge
University Press, 1968.
Bakunin, Michael. Bakunin on Anarchy. Edited and translated by Sam Dolgoff.
New York:
Alfred A. Knopf, 1972.
Buber, Martin. Paths in Utopia. Boston: Beacon Press, 1958.
Chomsky, Noam. Cartesian Linguistics. New York: Harper & Row, 1966.
. American Power and the New Mandarins. New York: Pantheon Books,
1969.
. At War with Asia. New York: Pantheon Books, 1970.
Collectivisations: L'Oeuvre constructive de la Révolution espagnole.
2nd ed. Toulouse:
Editions C.N.T., 1965. First edition, Barcelona, 1937.
Daniels, Robert Vincent. "The State and Revolution: a Case Study
in the Genesis and
Transformation of Communist Ideology." American Slavic and East
European Review, vol.
12, no. 1 (1953).
Guérin, Daniel. Jeunesse du socialisme libertaire. Paris: Librairie
Marcel Rivière, 1959.
. Anarchism: From Theory to Practice, translated by Mary Klopper.
New York:
Monthly Review Press, 1970.
. Pour un marxisme libertaire. Paris: Robert Laffont, 1969.
, ed. Ni Dieu, ni Maître. Lausanne: La Cité Editeur,
n.d.
Jackson, J. Hampden. Marx, Proudhon and European Socialism. New York:
Collier Books,
1962.
Joll, James. The Anarchists. Boston: Little, Brown & Co., 1964.
Kendall, Walter. The Revolutionary Movement in Britain 1900--1921. London:
Weidenfeld
& Nicolson, 1969.
Kidron, Michael Western Capitalism Since the War. London: Weidenfeld
& Nicolson,
1968.
Mattick, Paul. Marx and Keynes: The Limits of Mixed Economy.Extending
Horizons
Series. Boston: Porter Sargent, 1969.
. "Workers' Control." In The New Left: A Collection
of Essays,edited by Priscilla
Long. Boston: Porter Sargent, 1969.
Marx, Karl. The Civil War in France, 1871. New York: International Publishers,
1941.
Pelloutier, Fernand. "L'Anarchisme et les syndicats ouvriers."
Les Temps nouveaux, 1895.
Reprinted in Ni Dieu, ni Maître,edited by Daniel Guérin.
Lausanne: La Cité Editeur, n.d.
Richards, Vernon. Lessons of the Spanish Revolution (1936--1939). Enlarged
ed. London:
Freedom Press, 1972.
Rocker, Rudolf. Anarchosyndicalism. London: Secker & Warburg, 1938.
Rosenberg, Arthur. A History of Bolshevism from Marx to the First Five
Years' Plan.
Translated by Ian F. Morrow. New York: Russell & Russell, 1965.
Santillan, Diego Abad de. After the Revolution. New York: Greenberg
Publishers, 1937.
Scanlon, Hugh. The Way Forward for Workers' Control. Institute for Workers'
Control
Pamphlet Series, no. 1, Nottingham, England, 1968.
Tucker, Robert C. The Marxian Revolutionary Idea. New York: W. W. Norton
& Co.,
volver