AHORA
SÍ TOCA HABLAR DE CLAUDICACIONES
La docilidad verbal, la moderación pusilánime de los gestos,
con las que el 89% de los representantes políticos catalanes
han aceptado el incumplimiento por parte del PSOE de la promesa electoral
de Zapatero de aprobar íntegramente el texto que surgiera del
parlament català nos pone de manifiesto, como mínimo,
dos aspectos complementarios.
El filibusterismo, por un lado, de las euforias expresadas en la cámara
catalana el pasado 30 de septiembre, con foto fija incluida i equilibrios
disputados con objeto de hacerse con cuotas más grandes de poder,
y por otra, la estupidez de haber empleado casi dos años encajando
constitucionalmente un texto que, a pesar de su espíritu desvalido,
aún será sometido a extrañas mutilaciones. En este
sentido, las tijeras del esconde-balanzas Solbes, los recortes nada
amables del delegado en competencias preservadas, el hipócrita
Rubalcaba, las arengas contra el término nación, precisan
entre otras cosas de la ayuda inestimable de los comisionados en barbaries
ideológicas del PP a fin de crear un clima imaginario de catastrofismos
que haga asumir el ataque contra el proyecto estatuario como un mal
menor, un recorte necesario, una nimiedad residual. De vejaciones, burlas,
humillaciones a las llamadas instituciones autonómicas catalanes
no hemos oído hablar a sus representantes profesionales apenas
ni una palabra. Por el contrario, como decimos, las furias de la cope,
y de otros medios monarcómanos y boicoteros del reino, expandiendo
catalonofobias...; el recurso a las tropas de la chusma fascista de
los ejércitos, amenazando con tanques....; los bailes deslenguados
de supremas señorías del folklore empobreciendo el debate
sobre elementos identitarios...; el secuestro en la caverna de la audiencia
de los papeles de Salamanca..., todo eso está contribuyendo a
calentar el ambiente y a hacer pasar, al mismo tiempo, negociaciones
de migajas estatuarias como desmembramientos de una abstracción
que algunos insisten en mantener como la invariable España, perdón,
la católica i no nacida históricamente en un momento determinado,
la inmodificable y unitaria España. Que en estas tareas tampoco
podemos menospreciar las declaraciones de Bono cuando, sirviéndose
del artículo 8 de la actual constitución (artículo
claramente inconstitucional ya que legitima prácticamente la
inmediatez de un estado de excepción por el solo hecho de cuestionar
pacíficamente el actual modelo de estado), se apoya en el ejército
como garantía constitucional de la ya citada unidad, es un tema
que ha llamado la atención incluso del Financial Times. Sobre
todo cuando tales verbalismos proceden también de la excitación
unitarista de algunos de sus descerebrados miembros, posiblemente alentados
entre otros por ministros como el de defensa, quien, como un nuevo cruzado
de la tontería centralista, en su versión cadavérica,
llegó a confundir balcanizaciones mortuorias con el hecho diferencial
del derecho de los pueblos a decidir su propio camino para la libertad.
Si, como decía Proudhon, la libertad no es hija sino madre del
orden, estos pronunciamientos del ministro y de algunos militares aparecidos
últimamente como fuentes del desorden y del alzamiento militar,
los hacen merecedores de ser excluidos de cualquier relación
filial con la libertad. Si la libertad, en la construcción de
un verdadero socialismo como afirmaba Bakunin, no puede ir sin la igualdad
es evidente que también en relación con esta última
los militares, juntamente con la patronal y la policía, suelen
nombrar a la madre patria cuando las quieren fusilar y enmudecer.
En relación a silencios más recientes, ahora que ya han
pasado 30 años desde que comenzó la transición,
creemos que nadie debería de poner en duda el hecho que la colaboración
del reformismo pactista con la supervivencia de la voluntad del dictador
consistió en una doble claudicación. Por un lado, claudicación
miedosa ante soluciones revolucionarias de la cuestión social
(miedo a las expropiaciones, a la destrucción del sistema de
asalariado, a la libertad de las asociaciones comunes, a la eliminación
de los derechos de propiedad, a la gratuidad, a las bases sociales de
la autonomía individual...).
Por el otro, claudicación temerosa ante reivindicaciones de autogobierno
de los nacionalismos históricos (temor a los separatismos, a
los independentismos, a las opciones diversas de autogobierno, entendidos
todos como fenómenos de pérdida y desintegración
del españolísimo imperio).
Y así las excelencias de la transición, como
alcahueta servil y reproductora de los poderes fácticos, consiguieron
neutralizar las demandas de justicia social y de mejora de las condiciones
de vida de los trabajadores al desplazarlas a los desequilibrios entre
territorios. De esta manera se pervertía el concepto de igualdad
aplicándolo a un modelo autonómico que despreciaba y anulaba
el hecho diferencial de los tres nacionalismos históricos al
trasladar exactamente el mismo modelo a lugares y territorios completamente
alejados o parcialmente desafectos de los deseos de autogobierno. La
reconversión consensuada del mapa franquista de las
regiones y provincias en el actual esquema autonómico consistió
en producir 14 nuevas comunidades, algunas de las cuales son francamente
pintorescas.
El engaño de este modelo que mantiene en los territorios
las graves diferencias sociales y clasistas existentes en cada uno de
ellos, al tiempo que devalúa las aspiraciones diferenciales de
las naciones históricas en una igualitaria coraza represora
ya fue señalado con precisión en el 1932 por los que entonces
se definían como partidarios de lestat català. Y
así refiriéndose a cómo es defendido este modelo
en Catalunya por los grupos de poder económico dominantes en
esta nación decían lo siguiente:
La burguesía catalana, en espíritu de su propia
conservación, se obliga a ser la más ferviente conservadora
del dominio funcional del Estado español a Catalunya, buscando
la posición dualista, en beneficio propio, de obtener un régimen
político autónomo que le permita una mejor organización,
pero conservando siempre la fuerza coercitiva del Estado español
aquí.
Que representantes del nacionalismo catalán acepten, como claudicaciones
vergonzosas de las nostalgias republicanas y de los corajes casi confederalistas
que exhibieron impúdicamente en el parlament català el
pasado 30 de septiembre, el beneficio partidista de un rancio 50% de
financiación para aplicar con mayor margen los correspondientes
porcentajes de corrupción y de concesión de negocios y
privadas subvenciones es una vieja costumbre que con los de los gobiernos
centrales y municipales, todos los políticos han compartido y
comparten. Afortunadamente ahora contaremos con la limpieza de una oficina
antifraude instalada hábilmente en las mismas oficinas del gobierno.
La autoridad controlando a la autoridad. Delicada maravilla.
Que acabarán igualmente reduciendo el término nación
a un catalanismo de juegos florales muy adecuado para el concepto liliputiense
que el sentimental Maragall tiene de Catalunya en relación con
la otra, según él, más gran nación que es
España, es una opción que, la coloquen en el preámbulo
o dónde quieran que salga, los Saura de turno e incluso los del
PP, no dejarán de mirarla con muy buenos ojos, aunque estos últimos
disimulen con griteríos esperpénticos.
Frente a las exageraciones de éstos y a las reducciones de los
otros que están circulando en abundancia, otra cosa muy diferente
sería el que en un ejercicio de sacar letra muerta del texto
estatuario y de acabar con el ilusionismo democrático que llevan
dos años vendiendo, se decidiera reducir todos los artículos
a uno solo: aquél que afirmara que El pueblo de Catalunya
se gobernará como quiera por sí mismo sin delegaciones
ni claudicaciones.
Mientras esto no suceda, como recomendaba naturalmente la Boétie,
contra el Uno, o contra las variadas formas en que este Uno se mediatice
y represente, siempre es posible no claudicar y aplicar en cambio la
deserción y la resistencia pasiva. Que necesitamos insurrecciones,
ya sean individuales o colectivas, lo declaramos llanamente. Sobretodo
a la vista de las inminentes miserias que como pueblo nos esperan.
Petra
Llamp
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