Intervención
de Javier Ortiz en la presentación en Madrid de
Crónicas
del 6
y
otros trapos sucios de la cloaca policial
Hace
unos cuantos días, Luis Herrero –ex periodista derechista
muy militante, y ahora eurodiputado no menos militante del PP–
fue expulsado de Venezuela acusado de estar incumpliendo sus obligaciones
como observador internacional en el referéndum convocado por
Hugo Chávez. Aún a sabiendas de que un observador internacional
tiene como primer y máximo deber ser exactamente eso, observador,
y no meter baza dando y quitando razones sobre el acontecimiento que
supervisa, no es mi intención meterme hoy en disquisiciones sobre
el grado de astucia o de tosquedad política de la decisión
del gobierno chavista de expulsarlo del país. A los efectos de
este acto de hoy, llamo la atención sólo sobre un punto:
Luis Herrero se permitió acusar a Chávez de “dictador”.
Y eso me hizo gracia, porque Luis Herrero (o, para ser más exacto,
Luis Herrero-Tejedor) es hijo de Fernando Herrero-Tejedor, un personaje
que, amén de fiscal en épocas tenebrosas, fue también
secretario general del Movimiento, esto es, máximo jefe del partido
único que sustentó el régimen de Franco y que le
sirvió de brazo político y represor. De modo que, cuando
perora sobre dictadores este Luis Herrero de ahora, un individuo que
jamás ha renegado del pasado de su padre, ¿qué
lo hace: como crítica o como lisonja?
David Fernández, en este Crónica del 6 y otros trapos
sucios de la cloaca policial, hace referencia a la ascendencia de Julia
García Valdecasas y a la trayectoria fascista de su padre, oprobio
que fue de la Universidad de Barcelona. Doña Julia, recientemente
fallecida, fue digna sucesora de su progenitor: heredó su alma
represora.
El pasado domingo, en una tertulia radiofónica, señalé
esa circunstancia y hubo quien me lo reprochó: “Hombre,
uno no es responsable de sus antecesores”, me dijo. No lo es,
desde luego, salvo que los asuma y les dé continuidad.
Soy muy consciente de ello, porque mi abuelo paterno, policía
de pro, fue (aparte de gobernador civil en varias capitales y jefe del
servicio de seguridad de Alfonso XIII) uno de los fundadores de la Escuela
Superior de Policía, puesto desde el que aleccionó a gente
tan caracterizada como Melitón Manzanas.
La diferencia está ahí: tanto Julia García Valdecasas
como Luis Herrero se han declarado orgullosos de sus ancestros fascistas.
En mi caso, jamás he ocultado que tengo clarísimo que
mi abuelo fue una mala persona, un mal bicho, maestro de torturadores.
Aspecto éste que quizá explique mi fijación por
la lucha contra la tortura, de la que yo mismo he sido víctima.
Todo lo cual seguramente explica que hoy esté aquí, ayudando
a presentar este libro.
El libro de David Fernández es una joya.
En primer lugar, por la información que proporciona. Admito que,
pese a mi interés por la información política en
general y por los excesos policiales, en particular, desconocía
muchas de las historias de las que David da cumplida razón, empezando
por la existencia de ese grupo 6 de la policía en Cataluña,
especializado en provocaciones y malos tratos. Para quienes no os dediquéis
profesionalmente a estos asuntos y no los tengáis todo el día
bajo vuestro punto de mira, la lectura de este libro puede ser un auténtico
aldabonazo. Porque muchos hemos aportado el testimonio de historias
estremecedoras de lo sucedido durante el franquismo, pero lo que se
cuenta aquí forma parte de las cloacas de la llamada democracia:
con Suárez, con Calvo-Sotelo (tuvo poco tiempo, pero no lo malgastó),
con González, con Aznar y también, desde luego, no os
quepa la menor duda, con Rodríguez Zapatero. Porque a los presidentes
les pasa como a los hombres: que son todos iguales.
El segundo gran mérito de este libro es su técnica narrativa:
va soltando sus misiles en forma de perdigonadas, breves, lanzadas en
muy diversas direcciones, pero igual de demoledoras. Al final, es como
el disparo de una escopeta de cañones recortados. Lo alcanza
todo. O, por decirlo de modo menos truculento: es como un cuadro puntillista,
que logra un retrato fiel de la realidad a base de una enorme cantidad
de trazos aparentemente aislados.
Tercer mérito, y no el menor: su valentía. No sólo
llama a cada cosa por su nombre, sino también a cada quien por
su nombre. No tira ninguna piedra para esconder luego la mano. Si lanza
una acusación contra alguien, lo señala con el dedo. Y
dice por qué.
Cuarto mérito: nos demuestra de manera pormenorizada que el terrorismo
de Estado no es sólo, como a veces se piensa, una aberración
que montan altos servicios secretos para cometer crímenes muy
especiales contra personas tenidas (con razón o sin ella) por
peligrosos enemigos del orden constituido, sino que es también
una actividad sistemática y rutinaria, destinada a amedrentar
a toda la población potencialmente rebelde y a servir de válvula
de escape a las ansias de prepotencia de unas fuerzas represoras entrenadas
para serlo.
Ante este libro soy incapaz de mostrarme neutral, porque me pilla muy
de dentro. Me coge por las entrañas. No sólo por la ingente
cantidad de brutalidades y arbitrariedades policiales que relata, sino
por el telón de fondo de pasotismo que revela. Es demasiada la
gente que quiere que la Policía (la que sea: todas las policías)
se las arregle para que la vida no le importune todavía más,
sea como sea y a costa de lo que sea.
David pone algunos ejemplos muy ilustrativos. Yo he recordado, leyéndolo,
una secuencia de La Batalla de Argel, la estremecedora y en tantos sentidos
inquietante película de Gillo Pontecorvo, en la que el coronel
Mathieu, cabeza de la represión contra el Frente de Liberación
Nacional argelino, pregunta, cuando se le pide que hable de los métodos
represivos que utilizan las fuerzas armadas francesas, qué es
lo que quiere la mayoría, si que le resuelvan los problemas o
si discutir sobre cómo se los resuelven. En la España
actual, e incluso en la Cataluña actual, y también en
la Euskadi actual, hay demasiada gente que no quiere discutir sobre
métodos. Lo que quiere es que les quiten los conflictos (y a
los conflictivos) de encima. Y si es por las buenas, bueno, y si es
por las malas, pues se mira para otro lado, y ya está. No podría
haber una cúspide estatal tan perversa si no hubiera una base
social tan degradada.
Todos los terrorismos de Estado son, en realidad, el mismo terrorismo.
David Fernàndez cita casos de los más diversos géneros.
También podría hacerlo mucha otra gente. Hace escasos
días, alguien descerrajó con habilidad la puerta del piso
de un periodista amigo mío que está haciendo un trabajo
de investigación que afecta a altos cargos de la Comunidad de
Madrid. Quienes entraron en su casa registraron sus papeles e inspeccionaron
su ordenador. No lo mataron, ni le conectaron electrodos en los testículos:
es otra variante del multifacético terrorismo de Estado. Terrorismo
de Estado de baja intensidad, podría llamarse.
Yo tengo una casa en Alicante muy cerca de donde un cazador dominguero
encontró en 1985 los cadáveres de Lasa y Zabala, presuntos
miembros de ETA que fueron enterrados en cal viva. El Mundo sacó
la noticia. Eran otros tiempos y por entonces yo era subdirector de
ese periódico. Poco después del macabro hallazgo, me encontré
con que alguien había entrado en mi casa de la campiña
alicantina y se había dedicado a hurgar todos mis papeles. Quienes
fueran hicieron un trabajo limpio: incluso barrieron cuidadosamente
los restos del ventanal que rompieron para entrar. Toda la papelería
estaba revuelta, pero no robaron nada, y menos de valor (ni siquiera
policial, porque yo no tenía nada que ver con la investigación
periodística del caso).
Son casos de terrorismo de Estado de baja intensidad. Pero estos dos
que he citado por lo menos tienen algo que ver con lo que podrían
considerarse “cuestiones de Estado”. Hay muchísimas
más que se refieren a asuntos en los que ni el Estado, ni el
Gobierno, ni la respectiva Comunidad Autónoma se juega nada de
mayor trascendencia, salvo la fijación del sacrosanto “principio
de autoridad”: aquí mando yo, la Ley soy yo, se hace lo
que yo diga y al que lo ponga en duda le parto la cara. Y no hace falta
que lo ordene ningún general: basta con que sea un sargento o
un cabo.
En la época en la que Julia García-Valdecasas estuvo al
frente de las fuerzas represivas en Cataluña, se produjeron del
orden de 700 detenciones relacionadas con actos de motivación
política y social. Según cálculos presentados en
Barcelona en un seminario que se realizó en 2005, en la década
anterior la cifra de detenidos fue de 2.000 personas, en números
redondos.
Excuso decir que muy pocas de esas detenciones se han traducido en sentencias
judiciales condenatorias. En caso contrario, Cataluña tendría
más presos políticos que Euskadi.
Pero, a fin de cuentas, ¿qué es un preso político,
o un preso social? Lo que está en cuestión no es lo que
ha hecho o dejado de hacer el uno o el otro, sino la lógica aplastante
que se les aplica a todos. Leo en el libro de David un par de apuntes.
El primero se llama “Economía de mercado” y dice:
«Condena de 600 euros a un policía español por matar
a un joven que huía con un coche robado. Condena de 240 euros
a una inmobiliaria por dos meses de mobbing (sin agua ni luz) en la
calle Verdi de Gracia. 25 euros de multa a un concejal de la Plataforma
per Catalunya por Intentar quemar una mezquIta. ¿El que la hace
la paga? 20.000 euros por quemar un cajero automático. Y 18 años
de cárcel. La mitad para el asesino del joven militante antirracista
Guillem Agulló.
En el mundo del capitalismo maduro son más importantes las cosas
que las personas. Y si la cosa es un cajero automático, prepárate.
La economía antirrepresiva. Tirando bajo, a nosotros nos sale
que entre procuradores, fianzas, abogado y procesos dilatados, la broma
no ha bajado de 600.000 euros. 100 millones de pesetas.»
Y David escribe a continuación, bajo el título “Regla
de tres”:
«Somos un país pequeño. Y por eso proyectamos la
represión al Estado. Y hacemos números, prospecciones.
Si los niveles de conflicto social y represión hubieran sido
los mismos en todo el Estado español en este ciclo de luchas,
¿qué radiografía obtendríamos? Es ucrónico
y utópico, pero estas serían las cuentas: 16.000 detenciones
entre 1995 y 2005. 420 agentes dedicados únicamente a los movimientos
sociales. 160 encarcelamientos. 40 presos. 8 suicidios. 56 infiltrados
descubiertos. Es otra manera de visualizar y proyectar una etapa. Y
las conclusiones son bastante fértiles. Por elocuentes. ¿No
tiene toda la pinta de una moderna guerra de baja intensidad contra
la disidencia política y social?»
Hasta aquí la cita. Y la subrayo con mi respuesta: por supuesto
que es una guerra contra la disidencia, pero su intensidad es más
baja o más alta, en unos u otros periodos de la Historia, según
sea la intensidad de la propia disidencia. Ellos están siempre
dispuestos a todo. Todo depende de lo peligrosos que se muestren los
que tienen enfrente.
Voy terminando. Pero no quisiera hacerlo sin referirme a uno de los
asuntos que cita David cuando se refiere a la recurrente tendencia de
los poderes constituidos a la utilización de agentes provocadores
y de infiltrados. Él habla de un individuo al que llama Ángel
Grandes Herreros, un policía que se hizo pasar primero por okupa
y antimilitarista, que luego se las dio de solidario con Chiapas y viajó
un par de veces a México, que pasó más tarde por
Euskadi y se mezcló con la kale borroka y se vino finalmente
a Madrid, donde se le perdió el rastro de manera bastante enigmática
después de que su novia muriera de un tiro de bala. Mi mujer
suele decir que el mundo es un pañuelo de mocos verdes, y eso
me hizo recordar que una compañera suya de colegio, Maika Pérez,
murió de un tiro que salió de la pistola de su novio,
policía, que había estado en Barcelona, que viajó
un par de veces a México, que luego pasó por Euskadi y
que acabó en Madrid. El individuo, de nombre de pila Ángel,
aunque con apellidos distintos, fue llamado a declarar ante el juez,
pero se cuenta que lo que declaró es que sabía demasiadas
cosas sobre la lucha antiterrorista y que, si empezaba a largar, podía
resultar bastante comprometido para muchos peces gordos.
Lo único indiscutible es que la causa por la muerte de Maika
Pérez duerme el sueño de los injustos.
Felipe González dijo en cierta ocasión, con el telón
de fondo de los GAL, que al Estado también se le defiende desde
las cloacas. Mi criterio, reforzado por el libro de David Fernàndez,
es que al Estado se le defiende sobre todo desde las cloacas.
Leído
el 18/02/2009 en la librería libertaria La Malatesta
Javier
Ortiz es periodista y columnista del diario Público
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