Un antropólogo entre las llamas sagradas
(Entrevista con Manuel Delgado)

Desde un cuerpo recio y una cabeza rotunda, el antropólogo Manuel Delgado lanza un discurso igualmente riguroso -pero no menos irreverente y provocador. Su frecuente presencia en los medios, preciso es reconocerlo, constituye una estimulante –y ¡popular!- reivindicación de la inteligencia como herramienta para las relaciones humanas. Sus investigaciones han iluminado sugerentes facetas del anarquismo y del urbanismo.
En la resaca mediática del Fórum, y tras haber sido presentado, muy a su pesar, como un profeta de los enemigos del evento, Delgado nos demuestra en esta entrevista que sigue siendo, eso sí, una de las voces que nos ayudan a pensar mejor.

“Yo no he sido un referente para los movimientos que han luchado contra el Fórum: ellos me han sido útiles para pensar lo que ocurría. Ellos han sido un referente para mí”

“(…) [en los motines iconoclastas] en lugar de jugar a insultar, se insulta; en lugar de jugar a colgar de un árbol y abrir en canal, se ahorca y destripa; en lugar de jugar a arrancar los ojos, se ciega. Así, las temidas “masas” superan el rito para entrar en la historia.”

Pregunta. Tus tesis sobre el anarquismo ibérico y su iconoclastia como expresión tardía de la Reforma religiosa que nunca llegó a España han sido muy polémicas. ¿Has seguido trabajando sobre el tema?
Respuesta. De hecho, es en realidad mi tema de investigación y nadie me pregunta nunca al respecto. Escribí La ira sagrada después de trabajar mucho sobre anarquismo e iconoclastia y ha quedado como un libro perdido. En fin.
Para empezar, hay que matizar que yo no he pretendido ofrecer una lectura total o general del anarquismo como fenómeno histórico. Otra cosa es plantear –y no he sido yo el primero- que el Movimiento Libertario cultiva, en su discurso, ciertos elementos salvíficos que ya estaban en las revoluciones protestantes europeas desde el siglo XVI. Esto cobra sentido en un contexto histórico de macroprocesos en los que algunas fuerzas revolucionarias, sin pertenecer al fenómeno religioso, necesitan atravesarlo de una forma u otra.
Tampoco se debe ignorar que, cuando el anarquismo intenta redimir el presente de la ignominia mediante una revolución en términos escatológicos asume, sí, una tarea sagrada y, en su caso, la viste con una escenografía milenarista: su revolución llega entre negras tormentas y nubes oscuras. A la vez, este anarquismo evoca otras impugnaciones del presente (viejas de siglos y, a veces, vinculadas a las religiones del Libro) que tuvieron una fuerte raíz religiosa porque, en realidad, no disponían aún de otro lenguaje con el que expresar su lucha. Más allá de esto, resulta sugerente pensar que toda lucha por la justicia y la libertad es religiosa porque es sagrada. Siempre, claro está, en un ámbito humano, demasiado humano.
Menos simbólicamente, si digo que los motines anticlericales iconoclastas son un fenómeno religioso, es porque, de alguna manera, interpelan, aunque sea con una impugnación total y virulenta, un objeto o un espacio que sí es religioso. No se trata, en ningún caso, de que su acción busque propiciar la salvación en el más allá; de lo que se trata es de depurar un lugar depositario o transmisor de energías diabólicas. Recalco esto porque se trata de un matiz fundamental.
Por otro lado, el anarquismo es –insisto, entre otras cosas- una forma de ascetismo intramundano que busca la salvación aquí y ahora. Y no olvidemos que éste es un rasgo que se vuelve a encontrar hoy en algunos de los movimientos de la antiglobalización.
P. Es el célebre puritanismo anarquista que rechazaba el alcohol, el juego, la prostitución...
R. Porque son manchas del sistema. Y porque aquel anarquismo desconfiaba de las fiestas, como el carnaval, durante las que el proletario se narcotiza.
En todo caso, es un error pensar en los viajeros del May Flowers cada vez que se habla de puritanismo, convirtiéndolo en un concepto despectivo. En términos de equivalencias, ahí están las guerras campesinas en Alemania de las que habla Marx, durante las cuales católicos y protestantes se alían contra los “revolucionarios” anabaptistas, o el caso posterior de los rangers que acompañaron a Cronwell; dos ejemplos de los muchos en que aparece un cierto protestantismo que exige una inmediata liberación del presente para propiciar un futuro justo y venturoso, como luego harán los anarquistas.
Hay que contar también con el anticlericalismo ilustrado y toda la corriente de librepensamiento que desemboca en el liberalismo político, del que, por cierto, el anarquismo toma su ideología aunque radicalizándola.
Así se va gestando un anticlericalismo que los ácratas compartirán con socialistas o poumistas en una gran revuelta milenarista y quiliasta que en la Península no se había vuelto a ver desde los irmandiños medievales.
Y éste es el hilo rojo que une una revolución con otra a lo largo de toda la historia, el mismo que, en cierto momento, pasa por las barricadas anarquistas. Si yo señalo su fase protestante, Gerard Horta, por ejemplo, es más radical y retrotrae esa línea roja hasta los gnósticos de los siglos I y II que ya dicen que sólo hay un infierno: la ignorancia.
P. En este sentido, la obra de Gerard Horta parece estar fuertemente influida por tu pensamiento.
R. Es que Gerard y yo trabajamos en el mismo equipo de investigación. Y cuando se trabaja en equipo, las mejores ideas de uno mismo las tiene otro. Ahora bien, su venganza ha sido terrible.
La verdad es que mi distanciamiento de ciertas posturas políticas que para mí eran incontrovertibles es cosa suya. Verás, creo que él diría que esta ciudad vuelve libertario a quien la habita; es una cuestión de medio ambiente, de clima. ¿Soy anarquista ahora? No lo sé, ni sé quién expende el certificado de anarquista. Pero ya no creo, como en los años 70, cuando militaba en la izquierda maoísta, que los anarquistas –o anarcotrotskistas, como los llamábamos- son agentes infiltrados de la burguesía o, en el mejor de los casos, defensores de una expresión de infantilismo reaccionario.
Ojo, todo esto que digo no es un simple juicio de valor, sino un testimonio personal, tan cuestionable –o no- como cualquier otro.
P. Cuando se habla de la violencia anticlerical, se la presenta como un fenómeno espontáneo y visceral, como una explosión ciega; éste es el análisis habitual, incluso entre gentes libertarias como Federica Montseny o García Oliver. ¿De qué hilo empezaste a tirar para establecer que esa violencia contiene, en realidad, toda una liturgia invertida o negativa que se repite en la mayoría de estos ataques?
R. Es una constante: cada sociedad ama su propia forma de violencia. Los iconoclastas de la Península recurren a los protocolos de acción que tienen más a mano, en este caso a formas de violencia codificadas en las fiestas populares (monigotes, árboles de mayo, fogatas de Sant Joan, tan evocadoras de las barricadas....).
Y es que, en el folclore español, abundan tradiciones festivas en las que la agresión contra lo religioso está permitida, cuando no incluso concitada. En el fondo, no es más que un elemento regulador surgido de la conciencia de que la violencia no es algo intrusivo sino que forma parte del propio orden social; estos ritos vienen a ser, pues, una válvula de escape para mantener estable el sistema. Pero cuidado: esa misma violencia puede estallar y es entonces cuando sirve para refundar el mundo.
Pienso, por ejemplo, en el episodio anticlerical de Centelles en 1936. Si se analizan los hechos, se descubre que las acciones de los anticlericales siguen con una fidelidad pasmosa los códigos de la Festa del Pi. Los ejemplos son múltiples. Otro paradigmático y muy interesante es el de la agresión, por las mismas fechas, al Santo Cristo de Piera: en los distintos actos del ataque aparecen, invertidos, los términos de la leyenda del siglo XIII que narra la aparición de esa cruz.
Y, si quieres un ejemplo de violencia ritualizada, contenida, lo tienes cada año en la Passió d’Esparraguera, donde la multitud es un conjunto ondulante que responde a estímulos contradictorios: ora insulta o alaba, ora destruye o loa. La Passió, además, es un ejemplo perfecto de la mentalidad que subyace con frecuencia en estos ritos, y que considera a “las masas” incapaces de pensar bien, por lo que deben ser dirigidas; verás cómo se emparenta a la multitud con los niños, la mujer o el salvaje, grupos a los que esa mentalidad contempla igualmente como expresiones de la alteridad carentes de raciocinio.
Y, en realidad, las masas saben pensar, ya lo creo; lo único que ocurre es que lo que quieren, lo quieren ya. Cuando esa voluntad se desencadena, en lugar de jugar a insultar, se insulta; en lugar de jugar a colgar de un árbol y abrir en canal, se ahorca y destripa; en lugar de jugar a arrancar los ojos, se ciega. Así, las temidas “masas” superan el rito para entrar en la historia.
P. Otro de tus ámbitos de trabajo es el de la ciudad, concretamente en todo lo referente a procesos fluidos o manifestaciones espontáneas y efímeras. ¿No sería esto, más bien, terreno para la poesía antes que materia de estudio antropológico?
R. De la misma manera que las estrategias de descripción o de análisis se pueden buscar más allá de la propia disciplina, desde las ciencias duras a la danza o el cine, el objeto de estudio es igualmente variado siempre y cuando se le apliquen las herramientas adecuadas.
Por lo que respecta a mi interés por la ciudad, tiene que ver también con la iconoclastia en tanto que ejemplifica perfectamente esa dimensión que podríamos llamar diabólica de lo urbano. Hablo de momentos en los que la multitud entra en la historia rompiendo los códigos y de una forma, por qué no, poética.
De hecho, la poesía moderna está íntimamente vinculada a lo urbano por el juego de desacatar el lenguaje como se desacatan las formas más estructuradas. Este parentesco lo vieron y reflejaron muy claramente los surrealistas y, antes que ellos, Baudelaire. En este contexto, la forma más radical de poesía, cuando la palabra resulta insuficiente, es la acción; y aquí intervienen esas muchedumbres trágicas y atroces, pues la poesía no tiene por qué ser amable.
P. Por último, y ya que se ha hablado mucho del tema últimamente, ¿puede la antropología proporcionar perspectivas o herramientas para la convivencia entre quienes han nacido aquí y aquellos que vienen como exiliados laborales?
R. En realidad, la convivencia ya es un hecho que se demuestra en nuestras calles. Otra cosa es que sea conflictiva, aunque ese conflicto sea inherente a la vida urbana. Ten en cuenta, eso sí, que cuando se habla tendenciosamente de los conflictos de la inmigración se pasa por alto que, si es un problema, lo es fundamentalmente para quienes vienen de fuera a buscar trabajo aquí y se encuentran en situaciones de absoluta indefensión.
Construir la convivencia es algo que compromete a tod@s l@s que convivimos. Y un ejemplo magnífico es el de los movimientos que se han volcado para desenmascarar lo que suponía el Fórum.
Por cierto, me gustaría que publicarais esto: los medios me han convertido en una especie de gurú de los anti-Fórum y ya estoy cansado de repetir, sin que me hagan caso, que es todo lo contrario: yo no he sido un referente para los movimientos que han luchado contra el Fórum: ellos me han sido útiles para pensar lo que ocurría. Ellos han sido un referente para mí.

Mateo Rello

 

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