EDITORIAL
Los muertos de siempre
Soy
un esclavo
al que esclavos
han desarmado
Franco Fortini
Con
una mezcla de asco, rabia y desaliento, hemos visto otra vez las imágenes
de nuestros muertos. Porque en Kabul como en Madrid, en Bagdag como
ahora en Londres, somos los muertos de siempre.
Somos los muertos de siempre a manos de los mismos perros de la Guerra,
de la vieja y terrible Guerra, la que una vez más acude a las
grandes palabras para encubrir lo que no es otra cosa que asesinato
y pillaje. Poco nos importa que Alá sea grande o que Dios salve
a América, que nos ataque el Demonio de Occidente o una falaz
ideología del Mal: sea como sea, los muertos los
ponemos nosotros.
Nosotros somos los muertos de siempre. Y el saldo de nuestra muerte
es generoso: lo mismo da petróleo que sirve para justificar,
como ahora, una represión más honda, por si acaso los
que van a morir se rebelan contra el César en lugar de ofrendarle
sumisamente su muerte.
En fin, muertos sí, pero no tontos. No odiemos al hermano, como
pretenden nuestros asesinos. Sea para ellos nuestro odio, seamos con
ellos implacables.
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