REFORMA DE LA SEGURIDAD SOCIAL: UN CUENTO SIN FINAL FELIZ


Los persistentes augurios acerca de una quiebra inminente de la Seguridad Social en España comienzan a recordarnos aquel relato infantil del pastor que aterrorizaba a sus compañeros con el anuncio del falso ataque de un lobo. En efecto, desde hace ya décadas, los profetas del neoliberalismo vienen alertando sobre la inaplazable necesidad de una reforma profunda de la Seguridad Social: la dramática fecha se sitúa ahora en el año 2015, pero, en la década de los noventa, se pronosticaba que el fin tendría lugar a comienzos del 2000. Y a esta escuela de aprendices de brujo se han apuntado también los dirigentes de C.C.O.O. y U.G.T. Llamado por esta vocación de adivino al más puro estilo Rappel o Aramís Fuster, José María Fidalgo se despachaba a gusto afirmando que "la Seguridad Social nos dará un susto en seis años si no se reforma".Así las cosas, el pasado 13 de julio, agentes sociales, Gobierno y patronal presentaron su acuerdo para la próxima modificación de la Seguridad Social. De entrada, y a la espera de su redacción definitiva, podemos adelantar que los cambios introducidos van encaminados, como cabía esperar, a reducir las prestaciones y a endurecer las condiciones para acceder a las mismas. Sirva como ejemplo la ampliación del período mínimo de cotización -de 4700 días a 5.475- necesario para poder percibir la pensión de jubilación o las restricciones impuestas a la de viudedad, que deja de ser un derecho en virtud de la cotización del causante para convertirse en una renta que se cobrará o no en función de la dependencia de los familiares respecto de los ingresos del fallecido.

Lo que la reforma esconde
Pero, más allá del contenido de dichos recortes, creemos necesario preguntarnos cuál es la (sin)razón que ha llevado a esta nueva reforma de la Seguridad Social. En realidad, es probable que la mayor parte de los ciudadanos consideren que es una decisión impostergable si queremos prevenir la anunciada quiebra. No en vano, desde mediados de los años noventa, se han promovido numerosos estudios que, convenientemente publicitados, han conseguido convencernos de la inviabilidad de su actual configuración. Concretamente, entre los años 1995 y 1998, se realizaron una serie de trabajos -pagados por entidades financieras- que anunciaban para el año 2005 un insostenible déficit (las cifras oscilaban entre el 0,40% y el 1,80% del PIB). La realidad, sin embargo, se ha encargado de convertir en humo tan negras profecías: la Seguridad Social lleva ocho años con superávit y, además, batiendo récords históricos. Y es que, como apunta Juan Torres, profesor de Economía en la Universidad de Málaga, "[...] la reforma del sistema de pensiones públicas se lleva a cabo solamente porque conviene a los grupos financieros que van a hacerse con la mayor parte de la ingente masa de recursos que antes se dirigía a las arcas públicas. Para ello se recurre a publicitar con medios inmensos justificaciones tan torticeras como poco rigurosas, a financiar estudios carentes del más elemental recato teórico y, generalmente, a comprar a profesores e investigadores dispuestos a ponerse al servicio vergonzoso de los bancos y cajas de ahorro a cambio de recibir migajas, aunque para ellos sustanciales, del festín del que sólo disfruta de verdad una minúscula parte de la sociedad."
Con todo, se trata de un paso fundamental, en la medida en la que pretende justificar la necesidad de sustituir el actual sistema público por un sistema semiprivado o, en sus versiones más desvergonzadas, por una gestión absolutamente privada. Una vez convencida la población, se procede a introducir una serie de reformas que, por una lado, tenderán a reducir el nivel de cobertura (fundamentalmente, disminuyendo el número de beneficiarios) y, por otro, minorarán las cuantías (esto es, el dinero percibido será cada vez menor al modificarse los sistemas de cálculo, por ejemplo). Llegados a este punto, la población comenzará a asegurar sus pensiones por vías alternativas, quedando definitivamente instaurado el sistema complementario de prestaciones sociales.
Salvado, pues, el obstáculo que podría suponer la oposición de un importante sector de la población al ver desaparecer unos derechos especialmente apreciados, el gran capital encuentra ya el camino expedito para su acceso al codiciado botín. En efecto, las sucesivas reformas emprendidas hasta la fecha tienen como objetivo adaptarse a las recomendaciones del Banco Mundial, cuyo objetivo final no es otro que el establecimiento de una triple vía de gestión:
- Un sistema público que comprendería, únicamente, las coberturas mínimas, esto es, aquellas pensiones destinadas a paliar situaciones de pobreza extrema
- Un sistema de gestión privado establecido con carácter obligatorio y profesional
- Un sistema voluntario también gestionado, por supuesto, por manos privadas
Lo que, en definitiva, supone la sustitución del actual sistema público de reparto -basado en los principios de solidaridad y redistribución- por otro de capitalización, en el que la pensión percibida dependerá de la aportación realizada y del rendimiento obtenido. En otras palabras, en nombre de la salvaguarda del sistema público de pensiones, se llevan a cabo una serie de reformas que suponen un importantísimo trasvase de recursos hacia el sector privado, lo que, a la postre, condenará al sistema actual a su desaparición.
Así pues, todas y cada una de las reformas introducidas desde 1985 -y a las que, en algunos casos, se respondió con huelgas generales- obedecen a idénticos fines: establecer las bases para consolidar un sistema privado de gestión. Para ello, se acompañan dichas reformas de una política de ajuste y contención del gasto a medio plazo en las pensiones públicas mediante el endurecimiento, como indicábamos más arriba, de las condiciones de acceso o la reducción de las cuantías percibidas. A su vez, estas reformas en la Seguridad Social van unidas a las oportunas modificaciones en el terreno fiscal que, como no podía ser menos, han disminuido escandalosamente la presión que soportan las empresas y las rentas más elevadas, con la consiguiente reducción de ingresos para el Estado (hecho que, a su vez, justificará un menor esfuerzo redistributivo a través del sistema público de pensiones). Paradójicamente, este mismo Estado, al que se le exige un nulo intervencionismo económico en nombre de una adecuada dinámica del mercado, financia generosamente, con dinero público, los fondos privados de pensiones y subvenciona despidos y prejubilaciones en empresas al asumir costes que, en rigor, corresponderían exclusivamente a la patronal.

Separando el grano de la paja
Ha llegado el momento, pues, de retirar el velo a todas las falacias que sustentan los argumentos en favor de la gestión privada de las pensiones. En este sentido, resultará conveniente comenzar por el que ya ha pasado a convertirse en un lugar común de los manuales privatizadores: el del envejecimiento de la población. En efecto, todo apunta a que se producirá, en breve, un aumento considerable de las personas en edad de percibir su correspondiente pensión de jubilación, al tiempo que se habrá reducido el número de personas en edad de trabajar y cuyas cotizaciones servirían para costear las pensiones de los primeros. La solución comúnmente aceptada para solventar el incremento de esta tasa de dependencia consiste en incentivar la jubilación más allá de los 65 años.
En realidad, los análisis que pronostican el colapso del sistema en función de factores exclusivamente demográficos pecan de simplistas, en tanto en cuanto existen otras variables que inciden en la tasa de dependencia y que, curiosamente, jamás se mencionan en estos estudios apocalípticos. Así, para llegar a la ruptura del equilibrio financiero, sería necesario que, junto al previsible envejecimiento de la población, se produjese una caída catastrófica en las tasas de actividad y empleo, simultáneamente a una disminución acusada de la productividad en el trabajo. Además, no deja de ser llamativo que dichos estudios jamás hagan alusión a otros factores tales como el fraude patronal (pago en negro, horas extras que no se declaran, economía sumergida, contratación irregular...) o unos salarios ridículos que, con su baja cotización, apenas sirven para compensar el gasto en pensiones (desproporción entre la cuantía de la pensión media y la aportación por trabajador).
Así pues, parece, más bien, que la balanza caerá del lado de la quiebra del sistema no por factores sobre los que es imposible incidir (envejecimiento de la población), sino sobre variables que, generalmente, no se mencionan en este tipo de estudios y sobre las que sí cabría actuar: elevadas tasas de desempleo (especialmente juvenil y de larga duración), que impiden destinar recursos a la financiación de pensiones actuales, al tiempo que reducen el período y las rentas por las que pueden cotizar; considerable disminución de los salarios reales, de modo que los ingresos por cotizaciones que, recordemos, se establecen en función del salario percibido, quedan sustancialmente menguados; política fiscal que privilegia los beneficios y que, al disminuir su presión sobre las rentas más elevadas, implica menores ingresos para las arcas públicas o establecimiento de unas tasas de productividad basadas en el abaratamiento de los costes laborales y no en una efectiva política de inversión en tecnología, por ejemplo.
En cualquier caso, para frenar los posibles desequilibrios que, eventualmente, pudiera presentar el sistema, sería posible adoptar una serie de medidas encaminadas a incrementar los ingresos de la Seguridad Social por tres caminos:
- Mejorando la aportación estatal vía Presupuestos Generales del Estado (en Dinamarca, de hecho, es la principal vía de financiación).
- Incrementando la presión fiscal
- Aumentando las cotizaciones
Sin embargo, ninguna de estas vías merece la atención de tan aventajados augures. En la práctica, resulta evidente que las sucesivas reformas laborales y fiscales no han tenido como objetivo contribuir al sostenimiento del sistema público de pensiones, sencillamente porque no se ha querido que así sea. En efecto, la decisión de incrementar los gastos de defensa, aumentar el porcentaje destinado a financiar a la Iglesia Católica o los fondos destinados al mantenimiento de la Casa Real, podrían igualmente destinarse a mejorar los ingresos de la Seguridad Social. No son, pues, factores ineludibles los que provocarán la quiebra del sistema actual de reparto, sino una consciente línea política de actuación sometida a las presiones e intereses del gran capital.
LLegados a este punto, con el sistema complementario de gestión privada fortalecido al disminuir la tasa de cobertura y la capacidad protectora del sistema público, cabe preguntarse acerca de la verdad sobre una mayor eficiencia del primero. De hecho, nos hallamos ante otro de los argumentos frecuentemente esgrimidos por los apóstoles de la capitalización. La sustitución del sistema tradicional de reparto por el de la capitalización implicaría que la pensión percibida por cada persona dependerá de la aportación realizada a lo largo de la vida activa del trabajador. Dicha aportación iría a parar a un fondo que, convenientemente invertido en los mercados financieros, obtendrá una cierta rentabilidad que, en última instancia, será la que determine la cuantía de la pensión percibida.
En este sentido, hemos de recordar que las cotizaciones a la Seguridad Social -aportadas tanto por el trabajador como por el empresario- forman parte del salario diferido del trabajador. Lejos de esta consideración, es frecuente oír que las cotizaciones a la Seguridad Social suponen un coste excesivo para las empresas (es decir, dejan de considerarse parte del salario del trabajador, para convertirse en una especie de impuesto que ha de soportar la patronal), lo que perjudica la creación de empleo. Sin embargo, parece probado que no es éste un elemento determinante a la hora de dinamizar el mercado laboral, tal y como demuestran las recientes reformas acometidas. Tanto es así, que son precisamente los países donde las cotizaciones son más elevadas los que registran una tasa menor de desempleo; así mismo, el nivel de competitividad de una empresa viene marcado más por su capacidad de innovación tecnológica que por la reducción salarial, que, además, tiende a generar una menor demanda. Ni siquiera puede considerarse que, a medio y largo plazo, implique un abaratamiento de los costes, puesto que al hacerse cada vez más necesaria la aportación a un fondo privado de pensiones, es previsible una demanda de mayor salario para hacer frente a tal contingencia.
Igualmente insostenibles son otras de las razones aducidas para convencernos de las bondades de una gestión privada de estos recursos. Es cierto que el crecimiento de las rentas salariales es lo que determina el buen funcionamiento del sistema público de reparto y que la masa salarial depende, en buena medida, del crecimiento económico; pero no es menos verdad que el sistema de capitalización también está sujeto al rendimiento del capital, que, como bien sabemos, aparece estrechamente vinculado a los tipos de interés; además, el sistema de reparto es más seguro frente a los riesgos de inflación (en el sistema de fondos, por decirlo sencillamente, el dinero "ahorrado" perdería buena parte de su valor).
Lo cierto es que existen numerosos estudios que prueban que los sistemas públicos de pensiones son más eficientes, seguros y equitativos que los fondos privados. De hecho, son los planes de pensiones los que comportan verdaderos riesgos, en tanto en cuanto su rentabilidad depende de la evolución de los mercados financieros, de tal manera que para conseguir dicha rentabilidad, dada la inestabilidad bursátil actual, sería preciso trabajar con primas mucho más elevadas que las que exige un sistema de reparto para obtener los mismos beneficios aportados por el sistema público.
Conviene no olvidar que, al fin y al cabo, los defensores más acérrimos de la capitalización total del sistema suelen señalar a Chile como el ejemplo a seguir, pero omiten que Pinochet mantuvo en el sistema público a la policía y al ejército.

Desvelando ocultas razones
Obviamente, la gestión privada de estos fondos representa un suculento bocado para las entidades financieras; de lo contrario, jamás se hubiera planteado la capitalización del sistema. Al fin y al cabo, como ocurrió en su día con la venta de las empresas públicas, la privatización se lleva a cabo no para mejorar la eficiencia de su gestión, sino para que sean las grandes corporaciones financieras quienes posean las verdaderas fuentes de riqueza e ingresos. De hecho, nadie puede sostener que el pase a manos privadas de empresas como Endesa, Iberia, Telefónica, Altadis... haya supuesto precisamente una mejora de los servicios ofrecidos a los ciudadanos ni, en contra de lo anunciado, suponga una disminución de los precios en virtud de una, en la práctica, inexistente competencia. Es previsible que algo semejante ocurra con el sistema público de pensiones. Los primeros pasos, de hecho, ya se han dado. Y es que, como apunta el economista Juan Torres, la privatización completa "[...] es una estrategia política y económicamente muy costosa. Por eso optaron por ir debilitando progresivamente el sistema público, para que la opción del privado fuese desarrollándose como algo inevitable."
En realidad, los pingües beneficios que reportan los mercados financieros son la razón última que empuja al gran capital a presionar para que se abran las puertas a la gestión privada de la protección social. A nadie se le escapan los inmensos negocios generados en torno a la bolsa que, acompañados de una inexistente presión fiscal sobre los mismos, han convertido los flujos monetarios en un fin en sí mismo. La codicia de importantes recursos económicos para poner en circulación y obtener, de este modo, mediante operaciones financieras, una elevadísima rentabilidad, es la causa que se oculta tras la labor propagandística y de difusión sobre la necesidad de constituir fondos privados de pensiones.
Parece superfluo señalar que los beneficios generados por esas ingentes masas colocadas en los mercados financieros irán a parar a las manos de sus gestores y, en muy escasa medida, alcanzarán al trabajador que, al fin y al cabo, es quien realiza la aportación. De hecho, existen diferentes variantes a la hora de constituir un fondo privado de pensiones: prestación definida, aportación definida o mixta. Naturalmente, generarán mayores rentas aquellos fondos en los que se asuman mayores riesgos y, para ello, será necesario trabajar con primas más elevadas. Cabe esperar, por tanto, que los sectores más desfavorecidos no puedan asumir tan elevados riesgos y hayan de optar por una prestación definida que, desde luego, supondrá un desembolso mucho mayor para garantizarlo que si fuese detraída de su salario una cuota fija como aportación a la Seguridad Social.
El papel en todo este proceso de los llamados agentes sociales (esas organizaciones que, por el camino, han perdido, incluso, el derecho y el honor de recibir el nombre de sindicatos) se entiende a la luz de su transformación en gestores de una parte miserable de ese bocado, pero gestores (y cómplices) al fin y al cabo.
Mencionábamos, al comienzo de este trabajo, el cuento infantil del pastor mentiroso. Sucede que, en este otro cuento -el de la quiebra de la Seguridad Social- el peligro no reside en que, un día, se cumplan las amenazas; el final de esta historia habla, más bien, de un rebaño sacrificado para evitar el ataque de un lobo que ni siquiera existía.

Estefanía Touriño

 

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