EDITORIAL
Fronteras
Abstractas
o físicas, las fronteras culebrean estúpida y horrendamente
en su universo de mapas políticos. Aunque el planeta las ignora,
las fronteras, esas viejas cicatrices de la guerra, recorren su faz
porque insisten en defender caninamente la voluntad de amos absurdos,
y siguen así cumpliendo con su oficio: separar pese a los puentes
que cruzan los ríos y los caminos que atraviesan montañas;
separar, incluso, en casos de la ridiculez más flagrante: cuando
son mojones que, en medio de un pedregal, dicen separar naciones o,
en su extensión de 20 millas de mar patrio pegado a la costa,
se hacen papel mojado.
Pero ocurre que, a veces, los amos absurdos se sienten burlados en sus
delineaciones pueriles; entonces, afilan el lápiz gordo y remarcan
sus fronteras para que, además de ladrar, muerdan.
En Ceuta y Melilla, la memoria del colonialismo va a levantar una nueva
barrera que cierre mejor el paso a las víctimas de varios siglos
de rapiña. Esa frontera, por ejemplo, es bien real: sus vallas
están coronadas de cuchillas que cortan la carne de esas víctimas,
procedentes todas de un mismo país, Desesperación; ahora,
la frontera literalmente desgarradora de Ceuta y Melilla se va a hacer
más inexpugnable merced a un laberinto
como si no lo fuera ya- de cables. Cables, por cierto, menos espesos
que el nuevo tratado de extradición firmado con Marruecos para
expulsar directamente y sin garantía legal alguna a los exiliados
del hambre, que son abandonados por Marruecos en el desierto, donde
muchos mueren.
Tan abstracto como físico, se institucionaliza así un
territorio, que los mapas ocultan, para que los guardianes de la Ley
violen y tiroteen y pateen, ya lo estamos viendo- todos y cada
uno de los Derechos Humanos. Qué fino es el trazo de las fronteras
pero qué profundos los agujeros negros por donde, a su sombra,
desaguan las espléndidas avenidas que acogen la circulación
de mercancías y de capitales.
Crecen las fronteras y se erizan sus lomos de reptil; a las puertas
de Occidente, guardan una ficción política, que es, por
desgracia, una realidad administrativa. Sin embargo, no hay frontera
capaz de detener a los miles y miles de personas que, amparados por
su derecho a la vida, van a donde pueden (o creen que pueden) vivir;
no hay, en efecto, frontera impermeable por más que sea más
dolorosa o más mortífera. Y lo peor es que no importa:
así, ni los estados renuncian a sus fronteras ni el capitalismo
pierde una fuente inagotable de mano de obra barata y clandestina.
Cosa nuestra es romper ese limbo legal donde caen los Sin Papeles, pues
nuestra dignidad es la suya.
De las fronteras, como siempre, ya se encargará el tiempo.
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