Al
hilo de la ciudad
Mateo
Rello
¿Qué
es una ciudad? Con grave riesgo de incurrir en demagogias o sentimentalismos,
rozando tópicos y lugares comunes, nos formulamos inevitablemente
esa pregunta: ¿qué es una ciudad?, ¿cuál
es la esencia del ámbito de nuestra vida? Acaso la pregunta nos
supere, y sea necesario un mar de voces para llegar a alguna conclusión
comprensible y aceptable; intuimos unánimemente, eso sí,
que la ciudad es una criatura viva, aunque jamás podamos sorprender
en lugar alguno de su anatomía la sístole y diástole
de su descomunal corazón; intuimos también que un hilo
arterial recorre y une sus miembros, el mismo que atraviesa nuestra
vida y debería unirnos a nosotr@s y a los muertos que nos precedieron.
No responderemos aquí a la pregunta anterior. Hablaremos, en
cambio, de algunas cuestiones fundamentales que harán menos enigmática
y abstracta la materia, cuestiones que, aunque situadas en Barcelona,
se refieren a luchas y calamidades universales.
La
marca Barcelona
Corría el mes de febrero de 2007 y el arquitecto Richard Rogers
era galardonado con el prestigioso Pritzker, premio que, desde 1979,
se otorga a arquitectos vivos cuya obra suponga alguna aportación
de especial relevancia, aunque a veces a los profanos no nos quede del
todo claro cuál sea. En este caso, algunas voces, vinculadas
al FAD (Fomento de las Artes y del Diseño), saludaban la elección
de Rogers como un refrendo del modelo urbanístico de Barcelona;
y no en vano: Rogers está estrechamente vinculado a los crímenes
urbanísticos de la Barcelona y del Londres preolímpicos.
(No contento con ello, el arquitecto inglés nos ha bendecido
también con el hotel Hesperia de Hospitalet y con la transformación
de la plaza de toros de Las Arenas, una más que dudosa recuperación
de patrimonio arquitectónico de Barcelona -dudosa tanto por el
valor del edificio en sí y su uso primitivo, como por el futuro:
otro centro comercial).
La obra de Richard Rogers es, en efecto, emblemática. Pero, ¿de
qué índole de arquitectura? ¿De qué urbanismo?
Sabemos que su oficio ha estado tradicionalmente vinculado al Dinero,
por evidentes condicionamientos materiales de inversión, por
las suculentas posibilidades de instrumentalización de sus muy
visibles obras; sabemos también que, ya en época posmoderna,
la arquitectura ha llegado muy lejos en su servicio al Dinero, adornándolo
y otorgándole la legitimidad de las instituciones y el prestigio
de la cultura. Esta operación, claro, conlleva inevitablemente
otra: la usurpación del espacio público (y, por cierto,
también de la legitimidad y de la cultura) a su legítimo
propietario, la ciudadanía; ésta, bajo la égida
del nuevo despotismo ilustrado, debe callar ante lo que le dan, y aplaudirlo
en nombre de una (hipotética) gestión pragmática
y profesional del escenario de su vida, la ciudad. De ese servicio bastardo
es emblemática la obra de Richard Rogers.
Por ironías de la vida, que a veces se empeña en el rigor
analógico y ejemplarizante, casi a la vez que Rogers recogía
el Pritzker, comenzaba su tímida circulación el documental
La marca Barcelona, realizado por Sonia Trigo y editado por
el Centre d’Estudis Cinematogràfics de Catalunya y el Grup
Cinema Art. Precisamente, el visionado de La marca Barcelona
nos ilustra a la perfección sobre cuál es el modelo urbanístico
que ha sido premiado en la persona de Richard Rogers y sobre su concreta
ejecución del paisaje y del paisanaje barceloneses.
Centrado en procesos y procedimientos, el documental explica la transformación
urbana de Barcelona en función de sus beneficiarios políticos
y empresariales, y de la desfachatada justificación de sus macro-operaciones:
el Congreso Eucarístico, las Expos, la Olimpíada,
el Fórum… Así, La marca Barcelona desnuda
los complejos mecanismos que sirven de rodillo a la máquina especuladora,
su ingeniera de la usurpación urbanística, regida por
varios mandamientos, que se encierran en dos: allanarás la memoria
a la par que los solares e invisibilizarás el conflicto que esos
allanamientos provoquen.
De esas dos operaciones hablaremos un poco más.
Política
por otros medios
“(…) La demolición del Raval, lugar de nacimiento
de la clase obrera, era un acto de agresión contra la historia
local de la resistencia proletaria: marcaba la destrucción de
espacios claves históricos y simbólicos del proletariado
local, la eliminación de lugares de la memoria de resistencia
al capital, manifestaciones, disturbios, barricadas, insurrecciones
y toda una serie de comportamientos de protesta presentes desde la década
de 1830. Estos espacios de esperanza y lucha, fuente de inspiración
de tantos obreros, serían reemplazados por grandes vías
públicas, lugares sin historia en cuyo entorno no sería
posible desarrollar nuevos vínculos”. Así habla
Chris Ealham, en La lucha por Barcelona. Clase, cultura y conflicto,
1898-1937 (Alianza Editorial, Madrid, 2005) (pág. 146),
de la destrucción del viejo Raval barcelonés. Pero Ealham
no se refiere a los cambios de la última década, que conocemos
bien, sino al Pla Macià, diseñado en la primera mitad
de los años 30 del pasado siglo para higienizar física
y políticamente Barcelona, y abortado por el estallido de la
Guerra Civil. El historiador inglés tiene mucho que decirnos
sobre aquella “historia local de la resistencia proletaria”
y de los planes que, como el de l’Avi, pretendían
erradicarla.
El Govern Macià, como sus herederos al frente de la municipalidad
contemporánea, sabía muy bien que una ciudad es algo vivo
y, así, poseedor de memoria; y que, a la hora de allanar las
calles para especular y domeñar, es preciso destruir toda memoria
incómoda, domesticar la ciudad. Es significativo que
Macià encargara la planificación del nuevo urbanismo a
Le Corbusier, un arquitecto que basaba parte de su concepción
de la ciudad en el objetivo de matar la calle, como ya hiciera
en su día Haussmann mutilando el París de la Comuna. Y
siempre con el mismo doble fin: facilitar la circulación de tropas
y mercancías, y dispersar y alejar del centro a las masas proletarias
(las agrupaciones de “casas baratas” son un perfecto ejemplo
de esto último, con el añadido de su fácil control
espacial). Huelga decir que tales operaciones exigen también
borrar toda huella de un pasado de lucha urbana; y nos detendremos aquí,
porque es necesario conocer qué hacía tan peligroso aquel
acervo ciudadano.
La vida de esa Barcelona que debía ser destruida no se entendería
sin el protagonismo popular, un protagonismo que, mediante las herramientas
organizativas proporcionadas por el anarcosindicalismo sobre un viejo
sustrato de insumisión, cristalizaría en un modelo beligerante
de ciudad y de sociedad. “La Confederación, dice de nuevo
Ealham, presentaba un proyecto urbano alternativo: su política
callejera acrecentó la conciencia de comunidad y el espíritu
de autonomía local; su hostilidad organizada hacia las estrategias
de control del poder central también reafirmó la impenetrabilidad
e independencia de los barris; y su concepto de democracia
participativa consolidó las redes sociales existentes. Para los
anarquistas revolucionarios de la CNT, la democracia directa fortificaría
los barris, convirtiéndolos en zonas colectivas y liberadas,
materia prima de las comunas “kropotkinianas” autónomas
y sin Estado.” (pág. 88). A la vez, esta “cultura
de los barris” integraba perfectamente ciertas prácticas
ilegales de supervivencia muy perseguidas, como la de la venta ambulante,
que resultaba fundamental para la subsistencia de numerosas personas,
o las luchas de los parados, concretadas con frecuencia en manifestaciones,
saqueos, visitas masivas a los talleres, comidas impagadas en los restaurantes,
etc. De hecho, el enorme colectivo de los parados, acogido y legitimado
en esa sociedad alternativa, serviría de paradigma del miedo
a lo inestable, a lo incontrolable, del miedo a lo que fluye y que representa
una amenaza para el orden económico. Por eso, “La Ley de
Vagos se utilizaba especialmente como mecanismo antinómada cuyo
objetivo era imponer un orden espacial fijo y represivo sobre los obreros
inmigrantes y estacionales, internándoles en campos donde eran
sometidos a una disciplina temporal y espacial capitalista. Incluso
los obreros urbanos que recorrían talleres en busca de trabajo
fueron internados como “vagabundos”.” (Ealham, pág.
141).
Consecuencia lógica de esta marcada polarización urbana,
no es de extrañar que, a partir del 19 de julio de 1936, resultara
prioritario para los revolucionarios destruir determinados símbolos
de la otra ciudad: la cárcel de Amàlia, numerosos
archivos judiciales y de la Propiedad, clausura del Asilo Durán,
etc. La excarcelación masiva de presos fue un fenómeno
paralelo.
Al hilo de la ciudad, estamos hablando, al fin y al cabo, de hacer
política por otros medios (la expresión también
es de Ealham, que parte de otra de Eric Hobsbawm: la negociación
colectiva a través del motín). Derribar una parte
de Barcelona y arrumbar la memoria de toda esa cultura social han sido
una misma cosa. Pero no sólo porque es un patrimonio que permite
continuar la lucha con mayor garantía de éxito, sino porque,
además, ese acervo permanece latente como el recuerdo de que
es posible que las cosas sean de otra manera, y que para ello el conflicto
es inevitable.
Por eso, como ahora veremos, es tan importante para el Mercado y sus
amos erradicar el conflicto (o, como mínimo, invisibilizarlo
cuando se da).
Ojos
que no ven
La millor botiga del món versus el “sabor de barrio,
tesoro antiguo”*, que cantaba Gato Pérez; ése es
el combate nuestro de cada día, indicio de otro mayor pero no
más implacable. El que paga manda que en las calles esas guerras
no se noten; que las calles, si hablan, lo hagan en todo caso para mejor
vender: su voz, que se pretende la voz de nuestra prosperidad, corre
en autobuses y vagones de metro completamente cubiertos de mensajes
salvíficos para que no olvidemos que el Mercado está en
todo y todo lo quiere. Pero no es tan fácil silenciar el espacio
público, acallar la calle, donde desemboca naturalmente el cauce
del conflicto. No justice, no peace reza la pintada que, periódicamente,
regresa a las paredes de Barcelona.
La ciudad es, en efecto, un escenario privilegiado de las guerras sociales.
Consciente de ello, el que paga manda a su agente, el Estado, una doble
tarea: que monopolice el uso de la violencia para defender sus intereses,
y que legisle para que sus oponentes (esto es, nosotr@s) no puedan responder
a las agresiones del que paga.
El monopolio de la violencia por parte del estado es un tema complejo
y que plantea graves paradojas. Hemos hablado de cómo el Poder
y su factotum no gustan de que se guarde la memoria de aquell@s que
les combatieron, sobre todo si lo hicieron con eficacia y proponiendo
una alternativa; pero mucho menos les gusta que se recuerde su propio
origen violento. “(…) La ley y el orden, escribe Terry Eagleton
en Terror sagrado, pretenden en gran medida la amnesia, el
olvido de la violencia o del pecado original (…) Una manera de
sublimar la violencia fundacional es la soberanía. Por tanto,
son la ley y la soberanía las que tienen el monopolio de la violencia
en una versión sublimada, aceptable y socialmente productiva
de la primigenia violencia revolucionaria e ilícita que dio vida
al Estado. (…) Y olvidar los orígenes vergonzosos es particularmente
importante porque, de no hacerse, uno no hará sino recordar a
sus antagonistas políticos cuál es el modo en que se puede
cambiar el mundo”. Toda violencia contra el Estado (o contra los
intereses del que paga) será, pues, no sólo ilegítima,
sino hasta incomprensible e indeseable; y así, el “antagonista
político” (okupas, sindicalistas y toda suerte de insumis@s)
es presentado por el Poder como un terrorista, como un enemigo de la
colectividad, aunque en realidad la defienda. El Estado deberá,
por tanto, regular el conflicto hasta darle la vuelta para convertirlo
en la celebración y legitimación del mismo sistema que
lo provoca. Lo demás, queda en manos de la represión.
De ahí la necesidad de las sentencias judiciales ejemplarizantes,
como la que ha condenado a prisión a los sindicalistas Carnero
y Morala, o la que, previsiblemente, condenará (¡por sedición!)
a los 71 trabajadores de Iberia que ocuparon las pistas del Aeropuerto
de Barcelona en 2006; es de temer que la suerte de las 59 personas que
esperan juicio por la ocupación del Centro de Internamiento de
Extranjeros de la Zona Franca, también el pasado año,
resulte igual de elocuente, de aleccionadora.
Pero la represión da otra vuelta de tuerca con la invisibilización
del conflicto. Una operación sin duda muy necesaria: invisibilidad
equivale a impunidad. Desde esa lógica, insistimos, la maquinaria
legal y la mediática convierten el conflicto social en “terrorismo”
de variable intensidad o en “vandalismo”, y la expresión
de ese conflicto, su clamor en las calles (pintadas, carteles y pancartas
políticas o reivindicativas) es sofocado a golpe de multa y,
una vez más, disfrazado (como “incivismo” en este
caso). Finalmente, la calumnia puede ser usada por el que paga de una
forma más perversa y oscura aún, como muy bien se sabe
en el Raval (véase el libro De l’amor als nens
de Arcadi Espada, o el documental que inspiró, De nens de
Joaquim Jordà: ¿red de pederastas o cobertura política
(con la complicidad de cierta Asociación de Vecinos) para el
terrorismo inmobiliario?).
Pese a tanto empeño, ya decíamos que no es fácil
sofocar y silenciar el conflicto, porque la lucha es condición
de la vida. No justice, no peace. Así, por ejemplo,
hablando de la lucha de clases, decía Walter Benjamin en sus
Tesis de filosofía de la historia, que su objeto son
“las cosas ásperas y materiales (…) sin las que no
existen las finas y espirituales”. Y luego añade que esas
cosas de la espiritualidad: “Están vivas en ella [la lucha
de clases] como confianza, como coraje, como humor, como astucia, como
denuedo, y actúan retroactivamente en la lejanía de los
tiempos. Acaban por poner en cuestión toda nueva victoria que
logren los que dominan”.
*Imposible
olvidar aquí el documental De cara al mar (Genco Films,
2006) de Joan Cutrina. Abundando en lo dicho, sabor y memoria de barrio
en la Barceloneta, ahora en el punto de mira del terror inmobiliario.
NOTA:
“Al hilo de la ciudad” es una serie de tres artículos
publicados originalmente en el periódico Masala (nš
35, 36 y 37).
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