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Ascaso
y Zaragoza
Dos pérdidas: la pérdida
Francisco Carrasquer.
Alcaraván Ediciones.
Zaragoza, 2003.
14 euros.
En la historia deberían estar todos los que han sido. Sin embargo,
suele ser una disciplina solitaria y fría. Da la impresión
de que todos los personajes de la historia van a la búsqueda de
un autor, de dios, el poder y todos sus rostros... históricos.
Y poco más, que, precisamente, resulta y sabe a poco.
Se quejaba Bertolt Brecht de que no se hablara del cocinero de César.
Lenin dijo que una cocinera podría gobernar, pero luego, ya en
el poder, entre él y Trostky lo cocinaron todo. Los historiadores,
al interpretar y reconstruir, suelen cerrar lo ocurrido para así
asimilarlo al discurso global de la realidad como una etapa, una lápida
con su identidad: Aquí yace... y sic transit gloria
mundi. Porque, finalmente, seguimos siendo, como se quejaba Epicuro, esclavos
del destino. Antes lo éramos de las voluntades de los dioses,
ahora, en el ahora del filósofo del Jardín, del de
los físicos, el cual entraña una inexorable
necesidad. Marx, que le dedicó su tesis doctoral, no pareció
compartir la crítica aseveración del viejo maestro, y se
dedicó a sustituir las Sagradas Escrituras por las Científicas.
Y de nuevo a quemar etapas determinadas con inexorable necesidad. Los
destinos, sean religiosos o científicos, niegan el vivir creativo,
por donde acaba resultando que la libertad debe enfrentarse contra el
futuro determinado y ya comprendido de antemano en el conocimiento del
pasado.
De modo que es de agradecer un ensayo como el presente en el que se polemiza
y discute con y contra los hechos. En efecto, al socaire de los datos
que han conformado la realidad, y de los que la realidad hecha ya ciencia
histórica ha conformado, va el autor subvirtiendo lo que fue y
jugando con las posibilidades de lo que pudo haber sido. ¿Para
qué? Pues para desmentir al destino, liberar lo real, abriéndolo
a lo posible, al deseo, y restituir el azar: la bala que mató a
Francisco Ascaso cuando éste luchaba contra el cuartel de Atarazanas
el 20 de julio del 36. Un hecho que es por sí mismo un símbolo:
el sueño luchando a muerte contra el cuartel.
Siquiera por una vez y a despecho de la Historia la vida estuvo por aquel
entonces en las manos sin amo de sus protagonistas, y por eso cabe emitir
juicios, dar la vuelta a los hechos... y a ello se lanza Francisco Carrasquer
con bravura polémica y pertrechado de municiones literarias, psicológicas,
filosóficas, antropológicas y de toda índole, separando
y conectando interpretaciones y vislumbres, en la mejor tradición
del género ensayístico.
Lo que hizo el pueblo español en sintonía con el autor,
habría que decir los pueblos hispánicos, así, en
plural, desafiar al destino, a los césares y tribunos, y
a los propios héroes que temieron o no comprendieron la significación
de lo que estaba ocurriendo, adquirió un cariz eminentemente trágico.
La propuesta de García Oliver de ir a por el todo, tras haber derrotado
¡por fin! al ejército y recibir formalmente la disolución
del Estado a manos de Companys, no triunfó ante la oposición
de otras figuras destacadas del anarcosindicalismo del momento, tales
como Santillán o Montseny, con el silencio otorgador de Durruti.
Ahí es donde se sitúa y lamenta Carrasquer la ausencia de
Ascaso, que encarnaba la figura del héroe de temple y decisión
que hubiera podido en vida lo que con su muerte a lo Patroclo no logró:
despertar la cólera revolucionaria de Durruti, que tal vez por
ello, apunta Carrasquer, se quedó en casi héroe. Un casi
que es el nombre que reiteradamente adquiere la fatalidad histórica
de España, según se queja el autor cargado de razones.
La famosa frase Renunciamos a todo menos a la victoria de
Durruti, que tanta polémica despertó y que según
Peirats no llegó ni a pronunciar, debiera haber sido a todo
menos a la revolución, y entonces se hubiera tomado Zaragoza
y con ella buena parte del Norte y... el sueño hubiera continuado.
Pero los libertarios se traicionaron a ellos mismos y se convirtieron
en tropa en lugar de ser guerrilleros, y aceptaron ministerios... y en
lugar de ir a por todo fueron a por casi nada, con el agravante de ni
siquiera recibir el agradecimiento de aquellos o quienes volvieron a poner
en el poder. La revolución acabó siendo un destino trágico
y, además, absurdo.
Francisco Carrasquer nos debía un ensayo como este.
Testigo de aquellos hechos, ya en las barricadas de Barcelona de julio
del 36 de cuyas vivencias nos ofrece un excelente y conmovedor relato,
así como enrolado después en la Columna Durruti durante
los tres años de la guerra, aporta a sus reflexiones el testimonio
de sus experiencias e intenta situar en el contexto histórico lo
ocurrido, a la vez que nos abre y proyecta a las resonancias significativas
de aquellos tiempos. Ahora que se encamina con paso decidido a por los
noventa años, nos deslumbra con su ánimo polémico
y su magisterio, y nos enseña, entre todas las variopintas lecciones,
que apunta en el presente texto, a tener confianza en el pueblo, a condición,
claro, de que éste sepa dejar de ser masa. Precisamente la condena
con la que la historia le ha castigado, como a Sísifo, por desafiar
su destino.
Ignacio
de Llorens
(Reproducción del Prólogo.)
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