Luis
Andrés Edo: La CNT en la encrucijada.
Goethe quiso dejar, para las generaciones venideras, esta imagen de
sí mismo: "Yo un luchador he sido, y esto quiere decir que
he sido un hombre". Tengo ante mí, con una afectuosa dedicatoria,
el libro de Edo, que lleva este subtítulo: "Aventuras de
un heterodoxo". Lo he leído de una sentada, con avidez,
devorando las "aventuras" que en él se relatan, apremiado
por lo emocionante, por lo apasionante de la historia, de esta "intrahistoria"
del siglo XX.
Luego me ocuparé de la heterodoxia de Luis Andrés. Antes,
debo declarar que, si he traído a colación la frase de
Goethe, es porque esta condición de Luis Andrés me la
ha recordado: Luis es, ante todo y sobre todo, un luchador. Con una
fidelidad de acero a sus ideales y a sus ideas, se ha enfrentado desde
que era un chaval con guerras, detenciones, encarcelamientos y exilios.
Y los ha enfrentado con estas sus cualidades personales que a mí
me siguen admirando: su presencia de ánimo ante las dificultades
y los riesgos, una dureza compatible con una fina sensibilidad, una
ausencia absoluta de vanidad y su claro sentido ético para relacionarse
con la vida.
Conocí a Luis hace ya 28 años y, recientemente, con ocasión
de la presentación en Madrid del libro de Stuart Christie, "Franco
me hizo terrorista", pude parafrasear este título y decir
públicamente: "Luis Andrés Edo me hizo anarquista".
De su palabra, de sus escritos y de su quehacer he ido adquiriendo los
útiles necesarios para sentir el planeta libertario como mi propia
casa.
Pues bien, por el libro, por sus capítulos diversos, y con esa
prodigiosa memoria fotográfica de Luis, sin duda igual o superior
a la que él refiere de su hermana María, van desfilando,
como en un gran mural histórico, hechos y personajes: Su infancia
en Barcelona (es significativo y hasta sobrecogedor su comentario al
saber que los Reyes Magos eran los padres: "siete años de
vida engañándome"); su afortunado paso por el CENU;
la batalla de Barcelona; la barricada como elemento pedagógico
revolucionario; la postguerra franquista represora y los primeros balbuceos
libertarios en el Depósito de Máquinas Eléctricas
de la RENFE en Barcelona; su primer ingreso en prisión a los
20 años. Su deserción de la mili y la fuga a Francia.
El internamiento en el castillo de Figueres, al tratar de regresar clandestinamente
a Barcelona. Su segunda llegada a Francia y su descubrimiento mejor:
el asambleísmo. [Nota de este comentarista: No deja de llamarme
la atención una frase de Luis en la página 125: "A
mí, en aquella asamblea, me había sucedido lo mismo, había
aprendido a escuchar". Creo que ésa es la gran asignatura
pendiente de este país, aprender a escuchar y a no interrumpir
al otro a grito pelado]. El Congreso de Limoges y la formación
de la DI que, en diez años de actuación con atentados,
no ocasionó víctimas indiscriminadas y que se opuso a
financiar sus propias actuaciones a base de atracos. Otra aportación
fundamental es la del debate ideológico en la prisión
de Soria, absolutamente impensable en 1967 y que le costó el
puesto al Director, de actitudes abiertas y tolerantes. Y, así,
hechos y más hechos de historia viva, hasta hoy.
También los personajes, complejos como seres humanos, nunca buenos
o malos de una sola pieza maniquea: José Cano, Miguel "Ferrer",
Laureano Cerrada, Lucio Uturbia, el "Quico" Sabaté,
Pascual Palacios, Christie, Melchor Rodríguez, Jaime Pozas, Salvador,
Agustín Rueda, etcétera, etcétera. . .
No quiero alargar esta modesta reseña de un libro fundamental
en la trayectoria del anarquismo español. Un libro que no es
sólo historia, es también planteamiento de problemáticas
actuales. Viene aquí a cuento el otro apelativo que yo empleaba
al principio y con el que el autor se autodenomina: "heterodoxo".
Luis Andrés Edo es un heterodoxo, el Gran Heterodoxo del anarquismo
español. Y sólo quiero recoger ahora tres de las observaciones
que él mismo hace en su libro: en la página 15, "cabe
preguntarse si un discurso anarquista puede reflejar una vertebración
perfecta, acabada, cerrada y sin contradicciones o, en cambio, es precisamente
esa desvertebracion la que permite formular un discurso teórico
y práctico, subjetivo, heterodoxo, abierto siempre a una mutación".
En la página 156, "son disidentes porque rechazan el inmovilismo
de sus respectivas organizaciones y se conjuntan para actuar unidos
por encima de las siglas". Y en la página 394, "el
discurso del anarcosindicalismo no puede declararse el ombligo del Movimiento.
La CNT no siempre funcionó en base a la ley democrática
de mayorías, sino más bien con el concepto "demo-acrático"
del libre acuerdo".
Todo ello me recuerda aquellos versos luminosos de Kavafis que
Lluis Llach canta tan admirablemente:
"Més lluny, sempre anéu més lluny,
més lluny de l'avui que ara us encadena.
I quan seréu deslliurats,
torneu a començar noves sendes".
Joaquín
Rodríguez
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