LOS
MALOS TIEMPOS ARDERÁN
I.
Lo que vamos a decir lo decimos sin ninguna ilusión ni tampoco
esperanza, ni sobre su utilidad ni sobre la verdad última de
nuestros argumentos. Estamos demasiado lejos de los acontecimientos,
tanto física como temporalmente, demasiado lejos, demasiado tarde,
como para pretender tener ninguna influencia sobre ellos. Estamos lejos,
además, de su propia negación, pues a pesar de que efectivamente
compartimos una miseria análoga que se debe a las mismas causas,
no es sin embargo igual, ni tiene su misma intensidad. Pero nos animan
al menos dos deseos: contribuir, junto con los propios actos y a la
luz de los mismos, al esclarecimiento del mundo en el que sobrevivimos,
y salir en su defensa, allí donde su acción por muchas
razones ejemplar merece ser defendida, contra todas las calumnias y
mentiras que se han levantado y se levantarán por los enemigos
de afuera y los de adentro, y no porque los insurrectos de Francia necesiten
esa defensa, sino porque la necesitamos nosotros, los otros proletarios
de tez blanca y conciencia desteñida, para desenmarañar
el tejido de ficciones que nos encadena paralizando nuestra propia ira
y nuestra propia revuelta. No pretendemos tampoco idealizar ni glorificar
nada, porque nada debe ser ensalzado en el terreno de la guerra social.
Tan mísera es nuestra condición, que el más mínimo
triunfalismo es otro clavo más sobre el ataúd material
y virtual que nos encierra en la vida diferida. Pero por eso mismo,
deseamos seguir permaneciendo a la escucha de cualquier signo
que venga de cualquier parte manifestando que ese estado catatónico
empieza a romperse. Incluso aun cuando después, aparentemente,
el silencio vuelva a reinar en Europa: especialmente en este último
caso.
II. Los barrios periféricos de los centros urbanos y económicos
franceses han sido los protagonistas de una revuelta que ha puesto en
cuestión la razón y la legitimidad de los estamentos y
la oligarquía europea. La periferia convertida en lugar de almacenaje,
no sólo de mercancías ruinosas sino de seres humanos no
menos averiados, ha rebasado la mera condición separada de problema
urbanístico. Los revoltosos, con la quema de edificios y coches,
expresan lo que es ya un hecho indudable: su imposibilidad de gestionar
su propia vida y de controlar su destino, porque su vida se desarrolla
en la periferia de todo. La violencia de los revoltosos, de aquellos
que juegan al escondite con las fuerzas del orden y cuyo signo distintivo
es su rostro cubierto bajo las capuchas, demostró contra qué
o quienes se dirigía su rechazo. Tras los ataques contra la policía
(que presenció cómo las paredes comenzaban a hablar bajo
la frase de policía de mierda) rápidamente
se dio paso a la destrucción de todo aquello que los situaba,
inexorablemente, frente a su realidad como grupo social. Es por esta
razón por la que los sociólogos no debieran necesitar
mayor investigación que la observación de los restos de
la violencia y su resultado. El paisaje de guerra del que tanto hablan
los medios no es otra cosa que el programa de la revuelta y las exigencias
de los protagonistas, que parecen absurdos e incomprensibles sólo
al que se niega a comprender, o ha comprendido demasiado bien (hasta
el lavado de cerebro o el colaboracionismo) los razonamientos del poder.
Basta con oír a estos chicos que supuestamente no saben ni pensar
ni hablar. Así se expresan, por ejemplo, tres jóvenes
del barrio 112 de Aubervilliers: es una desgracia pero no tenemos
elección, estamos dispuestos a sacrificarlo todo porque no tenemos
nada (
) si un día nos organizamos, tendremos granadas,
explosivos, Kaláshnikovs
nos daremos cita en la Bastilla
y será la guerra. Pero esto es lo último que espera
la dominación, y por eso se empeña en emborronar un discurso
que sin embargo es muy claro: se trata de que, bajo ningún concepto,
pueda también llegar a ser contagioso.
III. Supermercados y centros comerciales no son sino los indicadores
de la opresión económica y la falta de expectativas por
acceder a las cuotas de bienestar anunciadas por republicanos y socialistas.
Ante su presencia obscena estalla la constatación diaria de la
escasez, del inalcanzable estado de cobertura de necesidades básicas
para familias de cinco o seis miembros y un solo sueldo, de tal forma
que, ante esta verdad inocultable que se vive radicalmente, la
propaganda economicista se declara en quiebra y se hunde cualquier ilusión
posibilista de lograr una vida normal que ya no existe ni
existirá para nadie, igual que no se encuentran alimentos sanos
o agua pura. Así, la destrucción de los grandes complejos
comerciales y de consumo se transforma en la ética y la estética
del rechazo, ya que niega el confort anunciado y, más aún,
niega todo un modelo de vida falsificada. Por eso el pueblo francés,
bajo un supuesto proyecto y destino común, se levantó
el día 27 de octubre con los monstruos que crearon treinta años
de políticas de exclusión social, política y económica.
En este sentido, la democracia francesa (y el resto de democracias con
ella) no está en crisis sino que ha sido negada de facto y por
la fuerza de la violencia, y no por la violencia juvenil precisamente,
sino por la que se ejerce en su nombre y bajo su coartada todos los
días, en todas las dimensiones de la vida, y prácticamente
sobre casi toda la población. Sólo cuando tal violencia
es devuelta por el espejo de la contestación social, es cuando
preocupa al poder y por tanto a la opinión pública. Cuando
Sarkozy dice que por supuesto que hay miseria, racismo, desempleo
pero
nada puede justificar la violencia gratuita, es que para el aprendiz
de Thiers, sus congéneres y todos aquellos que todavía
le creen, cualquier violencia que se levante contra el racismo, la pobreza,
etc, etc
es y será siempre gratuita. Porque el escándalo
no lo provoca el espectáculo de la pobreza, sino el estallido
de los que la sufren, que inmediatamente se intenta pasar por espectacular
para así desacreditarla hasta ante sus posibles cómplices.
De esta manera el estado de excepción y emergencia vuelve a retirar
el velo democrático de su política hacia los inmigrantes
al viejo estilo colonial, como cuando administró con mano de
hierro Argelia y sus colonias. En este sentido, hoy, igual que ayer,
estamos con los que llamaban a la insumisión frente al gobierno
francés, pero concretándolo en lo que ya es asunto de
salud pública: el ataque contra el proyecto social francés,
contra el proyecto social europeo.
IV. No puede sino considerarse bajo la misma línea la deliberada
y obstinada acción destructora contra los centros educativos.
Si los coches de segunda mano, los supermercados mal (o bien,
según se mire) provistos de comida basura y quincallería
barata, y los equipamientos miserables del Estado de bienestar residual
son los espejismos paródicos de la abundancia y la prosperidad,
los colegios y los institutos son la parodia desencarnada de la igualdad
de oportunidades y de la posibilidad de ascenso social que la economía
predica para no cumplir. Y el fuego que ha devorado a unos y a otros
es la previsible respuesta desencantada y furiosa del que despierta
de su encantamiento. Los chavales de 15 años ven que los
que tienen 25 y fueron buenos estudiantes siguen en el paro, viviendo
en casa de sus padres y sin futuro, razonaba uno de esos irracionales
del barrio de Blanc-Mesnil de Saint-Denis, y en sus palabras encontraremos
todas las razones de esa furia sin que haga falta que ningún
experto añada ni una sola banalidad de más. Así,
negado el futuro a los hijos de los franceses, de los inmigrantes ya
legalmente franceses, ante los pasmados rostros de sus mayores, esa
población potencialmente escolar que ahora ama la gasolina desprecia
el sistema educativo por la misma razón que desprecia al propio
Estado francés. Ellos, los bárbaros del proyecto de la
vieja Europa, han sido estigmatizados como la racaille,
es decir, la chusma, la gentuza canalla, y han aceptado ese estigma
con el tradicional orgullo de los proscritos: como los mendigos
del mar en la Holanda rebelde del siglo XVI, como los enragés
de 1793 o del Mayo 68, como los punks londinenses de 1977. Ellos, los
revoltosos, han recogido el testigo y han declarado que, una vez perdido
el miedo a salir a la calle, han decidido pelear hasta el final. Ha
venido todo un representante de la República y nos ha llamado
escoria, y lo que nosotros estamos haciendo ahora es exactamente eso,
actuar como escoria. Hemos comprendido que es la forma de que nos presten
atención, dice un chaval de 15 años de Saint-Denis;
nos ha lanzado un reto y nosotros lo hemos aceptado, contesta
otro de la misma ciudad. Puesto que somos escoria, vamos a dar
trabajo en la limpieza a este racista. Las palabras hacen más
daño que los golpes, se oye en el barrio 112 de Aubervilliers.
Por todas partes, la causa está entendida, todo está dicho
y todo está por hacer.
V. Con un exceso de modestia o coquetería, algunos rebeldes de
Aubervilliers concedían que no tenemos palabras para explicar
lo que sentimos. Sólo sabemos hablar prendiendo fuego.
Hay que decir cuando menos que tal lenguaje es elocuente y eficaz, y
nadie puede pretender que no lo escucha. Sirve además para poner
sobre la mesa las cuestiones molestas que nadie se atreve a hacer. Por
ejemplo, los disturbios han supuesto la propaganda por el acto
del urbanismo capitalista, cuya monstruosidad inhumana ya nadie puede
negar, hasta el punto de que por toda Francia se están derribando
esas torres de tortura de 14 pisos donde la vida sólo podía
asarse a fuego lento. Nadie negará tampoco su eficacia,
no sólo como campos de concentración diseñados
para aislar a las personas de sí mismas y de los demás,
sino sobre todo en su función de cárceles invisibles de
las que sus presidiarios no se atreven a salir, incluso cuando se han
amotinado: la aparente falta de decisión de los rebeldes de llevar
los disturbios a los centros de las ciudades, allí donde más
impúdicos se exhiben los símbolos de la felicidad capitalista,
y más determinante es su destrucción, dice mucho del éxito
psicogeográfico de las banlieus como sistemas de represión
y aislamiento autorregulados. Pero el concepto de banlieu como
basurero humano no se entiende sin la basura que contiene en sus límites
físicos, sociales y psicológicos, y su estallido ha contribuido
a derribar otro de los mitos favoritos de nuestro tiempo, repetido a
veces muy imprudentemente por los que se consideran sus enemigos, a
saber, que los inmigrantes son necesarios y hasta imprescindibles
para asegurar el crecimiento económico y enriquecer la aburrida
cultura europea, dando esa pizca de color y alegría que tanto
gusta a los fanáticos del turismo exótico y del abigarramiento
multiculturalista. Pues bien, dejando a un lado la dimensión
cínicamente oportunista de tan miserable cálculo,
ya estamos viendo para qué necesita el capitalismo a estos inmigrantes,
a sus hijos y a sus nietos, qué utilidad quiere dar la economía
a estos franceses de tercera generación: ni siquiera se toma
la molestia de explotarlos, ya que le salen más baratos sus
hermanos de raza que malviven en África o Asia, y el uso masivo
de una tecnología que arrasa tanto recursos naturales como biografías
humanas. El único enriquecimiento que el orden espera
de ellos es el crecimiento a una escala cada vez mayor del
famoso ejército de reserva de parados, y el desarrollo
de la panoplia de terrores securitarios con los que atormentar a la
población indígena que también vive en la cuerda
floja, para que se mantenga disciplinada y bajo las faldas del Estado
policial. Esto es de lo que se dan cuenta los rebeldes de los suburbios:
los treinta gloriosos y los milagros económicos
de la Europa de la segunda posguerra y sus espejismos de prosperidad,
bienestar y justicia social nunca volverán, no hay margen posible
bajo el capitalismo bulímico y ecocida para las promesas reformistas
de los políticos y de los arbitristas bienpensantes de la progresía.
Como decía el joven antes citado del barrio de Blanc-Mesnil,
la mala situación económica hace que por primera
vez haya franceses haciendo el trabajo que antes sólo hacíamos
los emigrantes. Por primera
pero no por última. Cuando
vemos cómo por todo ese nuevo mundo feliz occidental cierran
las fábricas y se adelgazan las plantillas, cuando comprobamos
cómo los escasos afortunados que logran el ansiado
empleo temporal trabajan 10 y 12 horas por todos aquellos que se quedan
aparcados en el paro, entonces no queda más remedio que aceptar,
y lo mejor para todos nosotros es hacerlo ya y sin excusas, que cuando
el poder habla de modelos de integración de los inmigrantes,
reinserción social, reactivación de los barrios bajos,
y cualquier otra patraña parecida, simplemente está volviendo
a vender humo a nuestra costa. Y ese humo es infinitamente más
irrespirable y nocivo que el que ha salido de las hogueras que se han
prendido en los suburbios. Así por ejemplo, un sociólogo
(y encima de origen argelino) cree encontrar la piedra filosofal asegurando
que hay que eliminar los guetos y hacerlo sin complejos. No se
trata de rehabilitar estos horribles edificios de hormigón, hay
que derribarlos y tener la capacidad para convencer a la gente que vive
en ellos de que su futuro será mejor fuera del gueto, dentro
de la ciudad y lejos de los suburbios. Los guetos sólo desaparecen
de una manera: fundiéndolos con la ciudad. ¡Nada
menos!, porque semejante reforma, que no sería tal sino ruptura
revolucionaria con el mundo desfigurado del capital, exigiría
la fundición del orden totalitario que diseña,
construye y necesita esos guetos, por lo que podemos preguntarnos quién
es el ingenuo, si los críos obtusos y embrutecidos de la ciudad
dormitorio, o el hábil sociólogo; sea como fuere, mientras
que las autoridades deciden si hacen caso o no de tan brillantes perogrulladas,
parece que cierta juventud ya está lo suficientemente convencida
de que su futuro no está en el suburbio, y por eso ha empezado
a destruirlo sin complejos. La lucidez, como la acción,
ha cambiado esta vez de bando: se trata ahora de constatar hasta qué
punto lo ha hecho y en qué medida se ha transmitido a quienes,
por ahora, no se han sumado al combate.
VI. Pero si el bando que debe perder es capaz de mostrar alguna
lucidez, aunque sea parcial, aunque se refiera más a lo que se
odia que a lo que se desea, entonces hay que neutralizar sus razones
y sus actos por todos los medios, anegándolos bajo el consabido
tsunami de mentiras y bajezas. Sólo nos ha sorprendido relativamente
que algunas de esas infamias provengan de los así llamados revolucionarios,
que se rebajan difamando a los revoltosos tachándolos de quemacoches
al servicio del Estado y sus estrategias policíacas de provocación
y miedo. Sin descender a tanta y tan obvia podredumbre, que parece contentarse
con que el oprimido rumie en manso silencio su humillación cotidiana
hasta que el lenin de turno (y de bolsillo) dé permiso para iniciar
el levantamiento, es necesario discutir otros lugares comunes que, por
serlos, alcanzan a un número mucho mayor de personas a las que
la dominación desea quitar cualquier tentación de comprensión
o simpatía hacia los rebeldes. Es evidente que el espantajo de
la violencia es el plato fuerte de cualquier menú que se prepare
para tales menesteres de intoxicación ideológica y miedo
social. Violencia que, sin embargo, los pocos observadores honestos
han reconocido como mucho menos salvaje e indiscriminada de lo que se
ha dicho, y ejercida además, en general, con plena conciencia
de la gravedad y consecuencias de la misma: es una desgracia,
admitían los jóvenes de Aubervilliers, y como ellos muchos
otros, sin rastro de exhibicionismo o crueldad. Nada tiene que ver por
otro lado una violencia colectiva y espontánea que se levanta
contra la opresión cotidiana que un buen día ya no se
soporta más, por muy lamentables y arbitrarios que sean sus
daños colaterales, y la violencia sistemática, hobbesiana
y gangsteril de las bandas neofeudales y misóginas toleradas
(y alentadas) por el poder. Más bien todo lo contrario, pues
lo que ha sucedido no es el despliegue habitual de anomia afectiva,
sensibilidad descompuesta, agresividad tribal, matonismo chulesco y
aburrimiento letal que coexisten junto con otras realidades muy distintas
en los suburbios (sería asombroso que en un mundo en ruinas aquellos
que sobreviven bajo los más hondos cascotes se mantuvieran absolutamente
puros, para mayor sosiego espiritual de los que todavía vegetan
en los estratos superiores), miserias que han sido metabolizadas (y
banalizadas) como una desgracia natural inevitable por los mismos que
tanto se escandalizan ahora, sino el intento de su abolición
por la vía práctica del enfrentamiento a cara de perro
con el sistema que ha engendrado esas lacras (de las que por cierto
nadie está exento) y todas las demás. Es por esta razón
que esa violencia, antes tan llevadera, tan irrelevante para
los jerarcas de la dominación que no suelen vivir allí
(y algo menos para los que la sufren como propina adicional del terror
que les administra el Estado y la economía), se revela de repente
como intolerable. Por eso el espectáculo se ha regodeado
con las imágenes, a veces dolorosas, a veces miserabilistas,
de colegios y guarderías quemadas, buscando la empatía
fácil y el reflejo condicionado contra los rebeldes, pero se
ha cuidado muy mucho de hablar, por ejemplo, de las sucursales bancarias
que también han ardido (si no lo han hecho más,
es porque hasta los bancos desertan de las banlieus). Por otra
parte, no deja de tener cierto interés que los últimos
informes judiciales ofrezcan un retrato sociológico de la revuelta
en las antípodas de los clichés que se nos quieren vender:
entre los primeros encarcelados, hay 562 adultos por 577 menores, y
la mayor parte de estos menores no tenían ningún
tipo de ficha policial, estaban escolarizados en centros de formación
profesional o incluso realizaban estancias de aprendizaje y no procedían
de familias especialmente desestructuradas, ni tampoco polígamas,
como se apuntó desde un miembro del gobierno (El País,
27-11-2005). Según estos datos, si clases peligrosas ha
habido en esta revuelta, han sido las de siempre, lo que no impide (ni
nos da ni frío ni calor), por supuesto, que aquellos que el poder
llama delincuentes juveniles aportaran su granito de arena.
Pero da la impresión de que aquellas bandas que en efecto atormentan
la vida cotidiana de los habitantes de los suburbios (especialmente
de las mujeres, bajo el fuego cruzado del integrismo islámico
y de la violencia sexual neomachista), no son las que más se
han destacado precisamente: quizás porque son antes bien los
socios de la policía que sus enemigos. Da lo mismo. No
somos vándalos, somos rebeldes, intentaban aclarar los
de Aubervilliers. Nadie les hará caso: para su desgracia o no,
ser rebelde hoy pasa necesariamente por ser también vándalo.
VII. Como era de esperar en una sociedad que adula a la juventud por
su rebeldía siempre que la consuma virtualmente y
no pretenda experimentarla en la realidad, el origen juvenil y adolescente
de los protagonistas de la revuelta también está siendo
utilizado para desacreditarla. Se insiste así en su infantilismo,
expresado no sólo en el absurdo aparente de la destrucción
indiscriminada, sino también en el carácter de juego inconsciente
y emulación compulsiva que demuestra. A continuación se
habla de los juegos de ordenador, de la realidad virtual, de la generación
game-boy, de los pobres chavales autistas que reflejan
en su violencia ciega los mecanismos de deshumanización y competitividad
que han aprendido de la misma sociedad que les aniquila, porque todo
lo explica y a plena satisfacción la playstation maldita, como
si sólo los cabecitas negras del arrabal jugaran con esos chismes,
o fueran los únicos afectados por su radiación venenosa.
Se utilizan de paso las propias palabras de los jóvenes suburbiales,
que se quieren entender única y exclusivamente en el sentido
que más conviene, cerrando el paso a cualquier otra interpretación
que matice o corrija la versión interesada. Pues si es cierto
que en estos comportamientos puede haber mucho de la herencia maldita
del vacío encarnado en la irresponsabilidad de mercado y en la
adicción enfermiza a la ultraviolencia, igual que pueden dar
pie a su recuperación bajo la forma mediática y comercializable
de nuevos y excitantes deportes de riesgo, no lo es menos que
se deben también a otras instancias, y que entroncan con otros
árboles genealógicos. En efecto, los desafíos entre
las bandas rebeldes para ver quien ofrece los fuegos artificiales más
fastuosos a sus vecinos, quemando los trofeos de la riqueza y del poder,
pueden venir tanto de la contaminación mediática como
ser la gozosa reactualización de la institución del potlach,
y, si salvajes son, que se les conceda al menos el derecho de regresión
a las viejas y buenas costumbres de los pueblos primitivos, sin ponerles
bajo la perpetua sospecha de cretinismo multimedia. Pero fue Fourier
quien mejor explicó las virtudes de la sana emulación
entre los grupos revolucionarios que se retan en el juego
de la subversión, y por una vez que no ha sido la economía
quien ha recuperado sus teorías (y poco importa si a Fourier
se le lee o no en el gueto: las buenas ideas, si los son, siempre acaban
encontrando a quien las confirma en la práctica), no vamos a
escandalizarnos
De la misma manera, los expertos aprovechan un
comentario de los revoltosos acerca de que prefieren quemar coches en
vez de contenedores porque hacen mucho más ruido,
para reírse de esos jovenzuelos que confunden la realidad prosaica
con los efectos especiales de la consola, cuando el principio básico
de toda guerrilla que se precie es hacer el mayor daño posible,
llamar la máxima atención, con el menor coste en los medios
utilizados. En todo caso, y como se ha sugerido ya, no es tan malo que
ciertas quimeras del inconsciente colectivo, que a veces se cuelan por
la pantalla aparentemente más banal en la forma del rap
o de la mitología degradada de Matrix, empiecen a materializarse
en la calle, especialmente si se trata de los fantasmas de la subversión.
¿Acaso lo imaginario no era lo que tendía a ser real?
VIII. Sin duda es mucho más perniciosa esa mala reputación
que acusa a los jóvenes de estar separados de sus padres y de
las generaciones adultas, y a todos los negros y magrebíes de
estarlo respecto a sus vecinos blancos. Respecto a lo primero, se ha
puesto en primer plano la angustia de la joven madre soltera ante la
guardería quemada, o la del trabajador ante el utilitario abrasado,
imprescindible para su supervivencia. Hay que entender tal angustia
y tal desesperación en unas gentes que los golpes han moldeado
demasiado bien, y que por una intuición muchas veces acertada
sólo esperan del acontecimiento nuevo lo malo de siempre. Pero
teniendo razones, la razón decisiva no está de
su lado sino de sus hijos, pues aunque dolor cause, pretende terminar
con el dolor y con sus causas. En este sentido, como en la Intifada
palestina de los años 80 o el levantamiento antirracista del
Soweto de 1976, la revuelta lo ha sido tanto contra los padres como
contra el Estado, el racismo y la economía, en cuanto que los
adolescentes rabiosos han hecho lo que las generaciones anteriores,
en su gran mayoría, no se atrevieron o no pudieron hacer. Así,
cuando se habla del déficit de autoridad de los cabezas de familia
porque no llevan un sueldo a casa, no se cita otro tipo
de respeto, tan importante o más que el anterior: el que nace
de la resistencia cotidiana a la opresión, que, aun desde la
derrota, se transmite a los hijos como el mejor ejemplo que se puede
dar en la vida. Hay aquí un desgarro generacional que no puede
satisfacernos, puesto que su mantenimiento y exacerbación conviene,
sobre todo, al sistema que lo ha hecho nacer; pero es un desgarro del
que en último término estos adolescentes no tienen la
culpa, más bien son su producto y, tal vez, su solución,
a poco que tal brecha se colme y la ira con ella. Por otro lado, sería
verdaderamente sorprendente que los medios de comunicación dieran
voz a los vecinos que sí puedan estar de acuerdo, en mayor o
menor grado, con la revuelta de sus hijos; al contrario, siempre enfocarán
al que se queja y no comprende tanta furia desatada. Sin embargo, como
en todas las revueltas de este tipo, esas complicidades existen,
y no hay mejor ejemplo que la ridícula concentración por
el fin de la violencia y la discriminación convocada el
día 11 de octubre por Banlieues Respects, un colectivo
de 165 asociaciones sociales de los barrios de las periferias de las
grandes ciudades francesas. Como un periódico tuvo que
admitir con desgana, tal demostración de fuerza de la mayoría
silenciosa, adulta y reformista de las banlieu atrajo a
no
más de 300 personas, de los cuales una buena parte eran miembros
de los medios de comunicación, y pocos los que habían
viajado desde las zonas que han sufrido la violencia de estas dos últimas
semanas. La anunciada Marcha de la Paz que debía seguir
a esta concentración fue anulada. Sobran los comentarios.
IX. Podríamos decir algo parecido respecto a los que rebuznan
que esta revuelta sólo es la expresión de las tribus negras
y árabes, sin relación posible con los proletarios franceses
de pura cepa y sus luchas, y que por lo tanto está
aislada y no puede tener trascendencia alguna. En realidad, como en
la rebelión de Los Ángeles de 1992, o en los disturbios
de Brixton de 1981, los jóvenes blancos perdedores se han sumado
a la rebelión con tanto ímpetu como sus hermanos de otro
color, mal que les pese a Le Pen, a los islamistas y al Estado, que
medran por igual de las separaciones étnicas artificiales y sólo
temen que puedan disolverse primero para disolver después el
chantaje económico. Y así a veces, las buenas noticias
son tan buenas que ni el espectáculo puede ocultarlas por completo.
El perfil sociológico de los detenidos corresponde a la
población de los suburbios: abundan los jóvenes hijos
de emigrantes, pero también los apellidos estrictamente franceses,
los cabellos rubios y los ojos claros, reconocía con no
menos desgana el mismo periódico. No es otra cosa la que se escucha
en los arrabales. Los alborotadores son magrebíes y subsaharianos,
pero también franceses de toda la vida que, hartos de tanta injusticia,
salen a la calle; en este barrio todos sufrimos la injusticia,
se dice en la banlieu de Toulouse, como se podría decir
en cualquier otra parte donde reine la miseria pero todavía no
la resignación. Lo mismo valdría para la tan cacareada
inspiración islamista de los disturbios: ninguna prueba lo confirma,
y los insurrectos se han cansado de desmentirlo con sus palabras (nadie
nos controla, ni los caids de la droga ni los imanes islamistas)
y con sus actos (no haciendo ningún caso de los llamamientos
a la calma de las mezquitas y sus fatuas adormecedoras al mejor estilo
de los estalinistas de antaño). Pero lo que importa es negar
la evidencia y, mejor aún, suprimir las palabras del suburbio
y su sentido: éstos que son invisibles, que no importan, tampoco
tienen por qué hablar y mucho menos ser oídos. Ni entendidos.
X. Al mismo tiempo que los modernos proletarios de Europa jugaban con
fuego y se quemaban, en Asturias varios mineros se encerraban
en protesta por sus condiciones laborales y de vida. Estos hechos visualizan
la evolución del concepto de clase y de la conciencia de la explotación
por parte de los derrotados. Vieja y nueva clase toman su relevo y adelantan
lo que será una realidad en unos cuantos años en todo
el continente. Pero en este baile, los bailarines se mezclan formándose
parejas inesperadas y prometedoras: si ponemos en relación la
negatividad de los motines que nos es vendida como suicida, nihilista
y enloquecida, con otros conflictos sociales que sólo merecen
ese nombre porque comparten la misma desesperación, empezaremos
a ver más claro. En efecto, más allá de que provengan
de una misma opresión, no tiene mucho sentido relacionar las
actuales revueltas con las huelgas generales de aquí o de allá,
las marchas de parados o las performances reivindicativas de
los tunos de Bellas Artes: mejor hacerlo con conflictos como el de la
fábrica de Cellatex en julio de 2000, donde los trabajadores
amenazados de despido amenazaron a su vez con volar la fábrica
y los productos químicos que albergaba si no se les daba una
salida mínimamente digna, arrojando al río un poco de
sosa cáustica y de ácido sulfúrico para demostrar
que la pantomima no era su fuerte, excelente ejemplo que fue seguido
por los obreros de la Moulinex de Cormelles (que incendiaron parte de
las instalaciones) o los de la fábrica de cerveza alsaciana de
Adelshoffen (que se aprovisionaron de bombonas de gas por si
acaso), por no citar sino los conflictos más famosos de una
reacción en cadena de terrorismo social (como lo
llama el siniestro European Foundation for the Improvement of Living
and Working Conditions, ellos saben por qué) animada por
el síndrome Cellatex en el verano de 2000, y que
se prolongará al año siguiente en las factorías
textiles de la firma Mossley con la quema de máquinas, mercancías
y oficinas. También los periódicos (y los ecologistas
orgánicos y los revolucionarios del Régimen) hablaron
en estos casos de suicidio, nihilismo, locura, como lo hacen siempre
que se encuentran con lo incontrolable que hoy, por desgracia,
tiene que presentarse con tan oscuros títulos para serlo de verdad.
Las mismas acusaciones se lanzan, por ahora en Francia o Inglaterra
y muy pronto por todas partes, contra esos nuevos obreros salidos de
los suburbios, malos estudiantes ayer y peores trabajadores ahora, que
no contentos con escaquearse todo lo que pueden escuchando y bailando
música, bebiendo vino o hablando por el móvil, saltan
sin previo aviso e irracionalmente a la mínima provocación
de sus capataces, sin dudar en recurrir a la violencia y sin pararse
a pensar en las obvias consecuencias de despido y, si las cosas han
ido demasiado lejos, cárcel (1). No discutiremos que tal negatividad
sea a su vez reflejo de la negación de la vida que practica el
capitalismo, y que en sí es insuficiente. Pero nos interesa señalar
que existe, y que existe fuera de todo cálculo y de toda razón,
especialmente de la Razón de Estado (2), y que es en esa existencia
y no en otra parte donde podrán encontrarse, si lo hacen, las
diferentes revueltas, los verdaderos deseos, las nuevas utopías.
Por nuestra parte, y para empezar, sólo podemos volver a decir
que no será el miedo a caer en la ingenuidad el que nos haga
bajar tales banderas.
XI. La cantinela mediática gusta también de mostrar un
hipócrita asombro ante la destrucción gratuita
(¿ahora también hay que pagar para participar en un levantamiento?)
de los mismos barrios y propiedades de los alborotadores, calamidad
incomprensible propia de estos tiempos desnortados. Se dice además
que esta destrucción ciega es inédita en la historia,
que nada parecido había pasado antes en ninguna revuelta, y menos
en una revolución; y que este dato vuelve a demostrar el carácter
alienado y alienante de estos desenfrenos de furia baldía, buena
para nadie, si no lo es para la dominación que en última
instancia, quién si no, ha teledirigido los acontecimientos.
Dejando a un lado las consideraciones que ya hemos apuntado sobre el
valor de uso real de esos barrios y esas propiedades, así como
del problema de la violencia que el poder llama irracional porque no
es suya, habría que preguntarse ahora dónde está
esa supuesta novedad histórica en el comportamiento de estos
nuevos bárbaros, novedad que les descalificaría irremisiblemente
ante el recuerdo de otros bárbaros que, si lo eran, eran bárbaros
ilustrados, homologados, diríamos que de pata negra para esos
buenos conoisseurs universitarios aficionados a la Historia Social
que se deleitan con las luchas pasadas para aborrecer las actuales y,
sobre todo, las futuras. Porque, ¿cómo se comportaban
acaso los rebeldes de Los Ángeles de 1992? ¿Y los de Brixton,
Toxteth, Lyon o Marsella en 1981? ¿Y los vecinos rabiosos del
barrio de Watts de L. A. en 1965? ¿Y los de los guetos del Johannesburgo
de los tiempos del apartheid? ¿Y las mil y una batallas de la
guerra civil perpetua que se libra en las villas miserias, favelas
y bidonvilles de todo el tercer mundo, del caracazo de 1989 al estallido
de la Argentina de diciembre de 2001? ¿Y las mismas sufragistas
de principios del siglo XX, burguesas que destruían escaparates
y mercancías burguesas en nombre de unos derechos que fueran
limitados es otra cuestión- que la burguesía patriarcal
no quería reconocer? Y esto por no hablar de otros movimientos
que tenían las ideas más claras, la sangre más
caliente y los puños más prontos. No hay nada nuevo en
estos furores: los marginados suelen empezar por destruir el decorado
deprimente e insoportable de su marginación, iniciando de paso
la reapropiación urgente de los bienes de primera necesidad por
la vía del saqueo y del pillaje, lo que siempre es muy bueno,
aunque no acierten después a destruir todo lo demás, lo
que sería mucho mejor.
XII. Lo que dice esta gente tampoco resulta desconocido. No queremos
dialogar con el gobierno; nuestros padres, nuestras familias ya han
recibido demasiados abusos tras sus discursos. El diálogo se
ha roto definitivamente, no penséis en adormecernos. No podréis
manipularnos, a pesar de la utilización de imanes y portavoces
que empujáis a que hagan llamamientos a la calma (...) La sociedad
nos ha creado, lo que prueba que esta civilización corre a su
pérdida. No tenemos nada que perder, preferimos morir rodeados
de sangre que de mierda, aclaraba un panfleto firmado por unos
Combatientes de la revuelta del 93, y esas palabras se han
pronunciado en otras bocas y en otros tiempos y lugares (3): por ejemplo
y para no ser reiterativos, este mismo año en Nueva Orleáns,
donde otra canalla, por razones distintas pero no tanto,
también saqueó. No vamos a caer en la adulación
y en la tentación de afirmar que estas palabras y estos actos
constituyan el único programa revolucionario posible. Todo lo
contrario: quizás sea el que más se equivoca, precisamente
por ser el más radical. Pero es que la guerra social hoy es así:
fea, vulgar, equívoca, tan convulsiva como episódica,
lastrada por mil adulteraciones del abyecto espíritu de la época,
y seguramente condenada al fracaso, una y otra vez. Sin embargo, más
allá de cualquier aprobación o condena teórica,
práctica, moral, estética o pret-a-porter, es la guerra
social que nos ha tocado vivir en el peor de los mundos posibles,
porque es el que menos opciones da y dará para su hipotética
superación. Negar una revuelta que pasará a la historia
como la primera gran toma de conciencia en Europa por parte de sus nuevos
explotados, que ha obligado al Estado a tomar medidas de excepción
que no se adoptaron ni en el mayo 68 (decisión que, no lo dudemos,
nunca agrada al poder en cuanto que permite atisbar que no está
tan seguro de sí mismo y que le castañean los dientes
al primer atisbo de enfrentamiento serio), que se ha contagiado a otros
países, que no va a desaparecer tan fácilmente de la memoria
de los insurrectos por mucho que se empeñe el espectáculo,
y que ni siquiera ha terminado sino que se ha transformado en una revuelta
de baja intensidad, negar su cualidad radical porque hay
platos rotos, o porque falta programa, programa, programa, o porque
no se aprecian sus frutos inmediatos, o porque tenga efectos contraproducentes
cuando lo verdaderamente contraproducente es que se extinga la idea
misma y la práctica real de la revuelta, es falsificar el problema
en vez de ayudar a su resolución.
La revuelta ha llegado, y lo ha hecho para quedarse. Los inmigrantes,
y con ellos todos los proletarios que a base de sangre, sudor y lágrimas
reaprenden que lo son, han pasado de dar las gracias a exigir
su derecho a vivir. Por todos los medios necesarios. El dilema es bien
sencillo y ya se planteó en 1977: ¿Te haces con la
situación o acatas órdenes? ¿Vas hacia atrás
o vas hacia delante?
Noviembre
2005
Grupo Surrealista de Madrid
Colectivo de Trabajadores Culturales La Felguera (Madrid-Tenerife)
Oxígeno (Logroño)
Las malas compañías de Durruti (Logroño-Zaragoza)
Fahrenheit 451 (Madrid)
NOTAS
1. Hasta tal punto ha llegado la falta de respeto y la ingobernabilidad
de estos trabajadores sauvageons (salvajes, insociables) salidos
de las banlieus, que se ha propagado una ola de depresiones y
bajas laborales entre los jefes de personal y de recursos (in)humanos.
El síndrome de la enfermedad vergonzosa, la llaman, porque
ningún directivo quiere reconocer que ahora, por una vez y para
que sirva de precedente, es él el maltratado en vez del maltratador.
Un detallado análisis de tan delicioso fenómeno puede
ser leído en Echanges nš 99, invierno 2001-2002: Cuando las
empresas buscaban asalariados honestos y manejables,
H. S.
2. Debería ser innecesario contestar a los reprimidos y a los
tristes que sólo ven en las revueltas única y exclusivamente
las maniobras del poder, que se serviría de ellas para dirimir
rencillas dentro del gobierno francés, facilitar el control parapolicial
de mafias y mullahs, o incluso hasta para lanzar un Plan Renove más
grosero de lo habitual. Maniobras hay, y para todos los gustos. Pero
también acción autónoma de los resentidos con causa,
porque de ninguna manera toda reacción popular está ya
prevista y descontada por el poder. Tal apriorismo significaría,
como decía el Grupo Surrealista de Chicago ante parecidas acusaciones
en los días del levantamiento de Los Ángeles, reducir
a las masas al estado de meros objetos de la historia, víctimas
inevitables de una autoridad omnipotente (Tres días
que estremecieron el nuevo orden mundial, 1992). Puede que así
lo sean a veces, pero no siempre, ni totalmente. Por eso se rebelan:
ese es el único sentido de la historia que todavía les
queda, y es que, en materia de rebelión, ninguno de ellos necesita
antepasados. No es poco: si a los insurrectos les falta tal vez teoría
revolucionaria (y a quién no), les sobra en cambio, como a sus
camaradas de Los Ángeles, una nueva conciencia radical
que no admite recuperación posible.
3. Para el poder y los que piensan como él, los saqueadores
del 1 de diciembre no se oponían a nada, puesto que nada reivindicaban
(
) Y en efecto, si no han rechazado nada en particular
es porque rechazan todo lo que emana del pútrido orden
mercantil, amo y señor de todo lo que existe. Los amotinados
habían abandonado toda consigna particular y plasmaron en la
fachada del edificio saqueado el programa que habían esbozado
sobre el terreno: Muerte al Kapital (Defensa incondicional
de los vándalos del 1 de diciembre, diciembre de 1988, Unos
Caníbales). Algunos imbéciles afirman que la
juventud de hoy no tiene que rebelarse, sino integrarse. ¿Integrarse
a qué? ¿A un barco que ha naufragado? ¿Al comercio
polucionante que llamamos economía? ¿A esta película
inconsistente donde el aburrimiento lujoso de una minoría
prospera sobre la opresión real de la mayoría de
la humanidad que llamamos sociedad moderna? En esto consiste el equilibrio:
en la domesticación de los seres humanos (Volcán
de otoño, diciembre de 1986, Marie-Jeanne). Provocadores,
anarquistas, comunistas, punks, rojos, heavys, mods, rockers, macarras
y sinvergüenzas, toda esa fauna nos concentramos allí, no
sólo por reivindicaciones estudiantiles, sino porque también
estamos hartos del paro, de la mili, de la democracia burguesa, de la
represión policial, de las cárceles (
) Y es que
está muy claro: no hay futuro para nosotros. La violencia estatal
genera violencia en la calle. Si se desata nuestra violencia es porque
tenemos que sufrir la violencia social día a día. No se
extrañen, pues, del vandalismo de los jóvenes. Cabría
preguntarse quien es el más vándalo aquí, si nosotros
o el sistema en el que, por desgracia, nos ha tocado vivir. Que no digan
que la violencia nunca está justificada, porque en nuestro ambiente
la violencia es obligada (declaraciones de un joven provocador
a El País, citado por Miguel Amorós en Informe
sobre el movimiento estudiantil, 1987). No tenemos ningún
porvenir que pueda calmarnos. Nos quieren carne de fábrica o
carne de prisión: y no queremos ser ni la una ni la otra. Escandalizamos,
porque no tenemos ningún fin positivo cuya satisfacción
pudieran administrar nuestros enemigos. Somos totalmente negativos,
y ahí reside nuestra fuerza (Expedición sin retorno,
otoño de 1981, Les fossoyeurs du viex monde). Releyendo
estas declaraciones, tan similares a las de hoy, que se escribieron
y dijeron en otras épocas y respecto a otros conflictos (un motín
en Zaragoza que desbordó la campaña de preparación
de la huelga general del 14-D de 1988, las manifestaciones estudiantiles
francesas de 1986 y españolas del año siguiente, las revueltas
inglesas y francesas de 1981), hay que reconocer que los insurrectos
de 2005 no viven completamente sumergidos en el vacío de la memoria
histórica del que se ha hablado (y que en efecto existe), ni
han olvidado las viejas verdades antipolíticas de la guerra social:
al menos, saben recordarlas por intuición, o las redescubren
en la calle por necesidad. Los dos procesos suelen actuar unidos.
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