EDITORIAL

Mártires del andamio

La precariedad, como expresión social de una progresiva pérdida de derechos laborales, se ha venido convirtiendo en el tema básico de buena parte de los trabajos y preocupaciones de CNT y de los movimientos sociales no-folclóricos. Especialmente, claro, en su manifestación más dolorosa: los accidentes laborales y, entre estos, los que acarrean la muerte de un trabajador.
Justo cuando la Ley de prevención de riesgos laborales ha cumplido diez años desde su entrada en vigor, el balance de la siniestralidad laboral en el Estado español arroja unas cifras alarmantes (la media es de cinco muertos al día), y más si tenemos en cuenta que parecen haber sido asumidas por los mal llamados “agentes sociales” como el coste inevitable de la precarización que sufren l@s asalariad@s. Eso sí, dado que la magnitud del problema es tal que resulta imposible invisibilizarlo o relativizarlo, los propios “agentes sociales”, en especial los sindicatos institucionales (CCOO y UGT), denuncian públicamente la situación, pero sin dejar de firmar/legitimar nuevas reformas laborales y sin señalar a la Dictadura de Mercado como principal culpable de los accidentes. No es diferente el caso del Gobierno, que asume también esa misma denuncia pública, para darse por enterado, y, de la misma manera, sin cuestionar el origen del problema; ahí está, si no, la Memoria de 2005 emitida por el Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, que se permite este impecable diagnóstico del fenómeno —en contra, como luego se verá, de la actuación general de los jueces españoles—: “Resulta perfectamente posible al empresario —por cruel que pueda parecer este análisis— rentabilizar en su cuenta de resultados la vulneración de las normas más elementales de seguridad, asumiendo el consiguiente riesgo de accidentes como un coste más de la producción, ya sea mediante la suscripción de las oportunas pólizas de seguro o calculando directamente en su margen de beneficio el importe de eventuales multas e indemnizaciones.” (Citado por Bonifacio de la Cuadra en “Muertes siniestras y baratas” [El País, 20/12/05].)
Por cierto, que en ese mismo artículo, de la Cuadra estudia brevemente el binomio Justicia-siniestralidad, aportando análisis internos sobre la negligencia o servidumbre de los jueces para con el Mercado —pues no sólo Gobierno y sindicatos amarillos le son fieles—. Pese a su extensión, merece la pena reproducir varios fragmentos del trabajo de de la Cuadra, por lo terriblemente reveladores que resultan: “(…) algunos juristas [han] indagado sobre las razones de la ineficacia del sistema penal en esta materia. Uno de ellos, Sáez Vacárcel, recuerda que algunas de las numerosas resoluciones que responsabilizan al trabajador del accidente del que es víctima, evocan aquellas decisiones judiciales sobre violencia sexual contra las mujeres en las que el tribunal analizaba en primer lugar si la víctima había provocado el ataque o si se había resistido con suficiente firmeza contra el agresor. (…) Otro fiscal, Juan Carlos López Coig, resalta la importancia de que la policía judicial precinte, inmediatamente después de producirse el accidente, el lugar donde ha acaecido, para evitar que cuando lleguen quienes tienen que inspeccionarlo hayan sido colocadas las barandillas, redes u otras medidas de seguridad cuya ausencia originó el siniestro.”
Como se ve, si bien la Dictadura de Mercado es la responsable de la siniestralidad que conlleva la precarización (y su brazo armado: la temporalidad), los cómplices son, necesariamente, múltiples. Sólo desde esta responsabilidad tan extensa y profunda, tan estructural, puede explicarse que el Estado español esté a la cabeza del índice de siniestralidad laboral de la Unión Europea (significativamente, lo está también en el de la temporalidad, con una cuota del 33% sobre el total de contratos). Además, ya lo hemos visto, la siniestralidad sale barata y la favorece un alto grado de impunidad.
Otro de los factores que delata el origen del problema de la mortalidad en el trabajo es, directamente, el de sus causas. Aunque parezca una obviedad, es necesario detenerse un momento ante esas causas, que, al fin y al cabo, no por evidentes resultan menos mortales, y cuyo conocimiento preciso es necesario si hemos de imponer su prevención. Según fuentes del propio Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, las causas más frecuentes de los accidentes laborales con resultado de muerte son el método de trabajo inexistente o inadecuado (25,3 % sobre el total de accidentes); formación / información inadecuadas o inexistentes sobre riesgos y medidas preventivas (19%); ausencia o deficiencia de protecciones colectivas frente a caídas de personas (13,8%); no identificación de los riesgos que han provocado el accidente (9,3%); ausencia / deficiencia en la evaluación de riesgos (9,3%); y, por último, no utilización de equipos de protección individual que la empresa debe poner a disposición del trabajador (6,9%). Por sectores, es la construcción, con 308 muertos durante 2005 (la cifra más alta de los últimos 14 años), el que más accidentes padece, seguida por la industria química, siderúrgica y de construcción naval. Sumemos a todo esto otros factores para completar el panorama de nuestra (mala) salud laboral: el incremento de enfermedades profesionales, tanto tradicionales como emergentes; la dificultad de establecer estadísticas fiables que recojan las cifras de los trastornos producidos por el acoso en el trabajo ("mobbing"), con la consiguiente dificultad para atajar el fenómeno en sí; y la invisibilidad legal del colectivo de trabajador@s más vulnerable: los Sin Papeles.
A pesar de tanta cifra, las cuentas salen claras: está haciendo falta mucha, mucha acción directa en el tajo. De lo contrario, nosotr@s seguiremos poniendo los muertos, como en la guerra.
Porque está visto: nos quieren mártires no sólo de su patria, también de sus andamios.

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