Orilla
Sur. Fábula de Barcelona
Mateo Rello
Ediciones del Grupo León Felipe, 2002, Barcelona
(Distribución: Virus Editorial)
Podríamos
empezar por el final, concretamente por aquellos versos de «Un
momento»:
De pronto, abres lo ojos; ves/ las copas de los árboles/ ardiendo.//
Mi amor, sólo/ un momento.
y retroceder un poco hasta estos otros versos de «Cuando Pericles
habla a Atenas»:
Es/ cuando Pericles habla a Atenas/ y sus palabras cosen/ con hilo oculto
y rojo/ los corazones atenienses./ La ciudad huele entonces/ al roce
de los árboles, murmullo/ de corazones atenienses,/ mientras
tambores y trompetas/ de luz/ resuenan en los ojos,/ mientras, sin pausa,
una/ a una, se abren/ tus calles, Barcelona,/ rosa de fuego de un 19
de julio/ lleno de corazones atenienses/ que al final de Las Ramblas/
ven el primer azul./ (
)
Y es que, entre estos dos polos, se desarrolla un cierto concepto de
intensidad que define el poemario Orilla Sur de Mateo Rello (Badalona,
1968), intensidad, decimos, que se incendia rápido en un ser
o un ámbito para reaparecer en otros, siempre bajo la égida
de esa bestia formidable y dolorosa que llamamos Vida.
Guerra social y batallas de amor, en fin, se unen por este cauce en
Orilla sur. Otro tanto sucede con la ciudad, presencia que recorre
todo el poemario, y que, desde la evocación de una Barcelona
improbable, postula y milita por la Ciudad-confabulada-con-la-Vida:
Tú, hija del artificio,/ igual que tus hermanas/ trepas contra
natura,/ te haces inexplicable,/ nos resultas inhóspita/ y ya
no recordamos/ de qué barro profundo,/ de qué légamo
antiguo/ te arrancamos.// Pero está la costumbre,/ los usos y
la ropa, el espacio/ forjado si no a nuestra medida/ sí a medida
que nos acostumbramos./ De la misma manera, está la gracia,/
la gracia repetida/ que cada año nos devuelve mayo./ Con más
razón/ entonces nos pareces/ incuestionable y natural/ como la
rosa pura,/ la primera./
(«Urbs»)
Será por eso que las ciudades presentes en este libro son ésas
que han gozado alguna vez de la coincidencia del reloj vital con el
histórico: Atenas, 450 ac; Cuba, 1959; Lisboa, 1974; Barcelona,
1936 o 1975; será también por eso que la bandera estética
de esta Barcelona fabulosa de hoy, más allá del mero pintoresquismo,
es el barrio del Raval, estupendo escenario para deconstruir el proyecto
europeo en aras de un impredecible y maravilloso mejunje.
Del Raval, por cierto, sabe bastante el amigo Mateo, que ha pateado
mucho esas calles, las mismas en las que ahora ejerce de cartero. Y,
sin ir más lejos, en el Raval está la Redacción
de este periódico, del que el poeta es redactor desde 1997 y
que ha sido para él toda una escuela de vida.
Y habrían de ser estas páginas las que acogieran la publicación
de los tres heterónimos de Mateo: Adán Olisipo, Liberto
Acina y Fernando Silva Gente. En efecto, estos heterónimos personajes
para los que el autor crea biografía y obra vieron la luz
lectora en el suplemento cultural de Soli (nš 292), el «Artarquía».
Sobre este proyecto, Mateo ha declarado recientemente: «Empezando
por lo menos interesante, estos heterónimos surgieron por una
nostalgia personal hacia una época no vivida, y que me fascina.
Quise ser un poeta de los años veinte.
«En otro nivel, quería poner en versos de distintas voces
las conversaciones con viejos amigos, lecturas, canciones y la parte
que me toca, como militante libertario, en la derrota de 1939. Todo
el trabajo, la pasión y la debacle que fueron arrasados en 1937
también son carne de mi carne; del intento de restituir algo
a ese acervo colectivo nacen estos tres poetas que ya no son míos
(de hecho, Olisipo y Acina, por una de esas confusiones maravillosas
de la vida, han aparecido en Esbozo de una enciclopedia histórica
del anarquismo español (Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid,
2001) de Miguel Iñiguez bajo entrada de personaje «histórico»).
«Volviendo al principio y a lo más personal, sospecho que
estos juegos de máscaras guardan mucho de aquel deseo que Gil
de Biedma cifró en la expresión «ser poema».»
(entrevista concedida a Molotov, nš 37).
Añadiremos, pues lo sabemos de buena fuente, que en los poemas
de Silva, Mateo recuperó un viejo proyecto que nunca se llevó
a cabo como tal: escribir una pieza en verso para un hipotético
cabaret.
Por lo demás, los versos de Acina son el perfecto exponente de
la pasión del autor por la Grecia clásica, fuente, según
Mateo, de unas señas de identidad siempre cercanas, y que tanto
han contribuido a la pura celebración de nuestros cuerpos. De
hecho, este influjo griego está presente en toda la obra del
poeta, y especialmente en Orilla sur.
Tampoco se entenderían los versos de este poemario sin el influjo
de Machado y Salvat-Papasseit, sin la evocación de Serrat, Paco
Ibáñez o Sabina; sin las rancheras del gran José
Alfredo Jiménez, los tangos que Gardel cantó, junto a
toda la mitología lunfarda, o los fados portugueses de Amalia,
voz de la vieja tragedia clásica. Así, la «Canción
de los gatos de la calle Aurora» está pidiendo una música
tanguera; por lo mismo, hay un fado en Orilla Sur, «María
Moura huye de Lisboa».
Diremos, finalmente, que las limitaciones de la vida son el punto de
partida de la mejor poesía. En efecto, primero es una desazón
sorda, casi sin nombre aún: «Por la tarde, cantaba
Franco Battiatto, vuelvo a casa con un malestar especial./ No
sirven tranquilizantes o terapias. Se quiere otra vida./ (
) Por
la tarde retorno con desgana y aburrimiento./ No sirven excitantes ni
ideologías. Se quiere otra vida.»; luego interviene el
deseo, se vislumbran posibilidades y ya «el sueño de otra
vida, más intensa y más libre» («Himno a la
juventud», Gil de Biedma) nos instala para siempre en un íntimo
desasosiego.
Queda entonces como una condena la máxima de Rimbaud: «Cambiar
la vida» y ciertos paroxismos se nos aparecen como la única
vía para rozar, siquiera sea momentáneamente, la intensidad
de la que hablábamos al abrir este artículo.
Esta es, en definitiva, la última posibilidad en el ámbito
del sur de todas las orillas:
(
)/ Coge la rosa pues la suerte manda,/ cógela y déjate:
goza del caos denso,/ llega al final con encendida borrachera./ Al sur
caudal, acaba la ciudad y el mar te espera:/ se reanuda el mundo, que
al parecer existe,/ o lo que quieras.
(«Poema de las Ramblas»)
Juan
Camblor
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