Ante
la muerte de Karol Wojtila
FAI
- Italia
Comisión de Correspondencia de
la Federación Anarquista Italiana
Ha
muerto un hombre. Como anarquistas amamos la vida y no podemos sino
compadecernos. Especialmente por la inenarrable crueldad de una agonía
exhibida indecentemente al mundo por cuenta de la jerarquía eclesiástica.
En este día del deceso donde se ha visto a todos los políticos
italianos de la derecha a la «izquierda» inclinados
frente al trono de Pedro, queremos recordar quien era el hombre a la
cabeza de una monarquía absoluta señalada a través
de los siglos por su barbarie. La iglesia que ha perpetrado y bendecido
la masacre de millones y millones de hombres y mujeres, torturados,
quemados, asesinados en nombre de la cruz no es sólo recuerdo
de un pasado nunca renegado, sino que encontró en Wojtila un
digno epígono.
Karol Wojtila durante 27 años de papado se distinguió
por sus iniciativas reaccionarias.
Karol Wojtila ha sido responsable de la difusión del SIDA en
áfrica, donde la publicidad y el incentivo al uso de preservativos
pudieron haber salvado de la enfermedad a millones de personas, entre
ellos a muchísimos niños.
Karol Wojtila dio respaldo al dictador, torturador y asesino chileno
Augusto Pinochet, a quien estrechó la mano durante el viaje al
martirizado país sudamericano, en cuyas cárceles se atormentaba
a miles de opositores políticos. Ni una palabra para las víctimas
pero si hubo la bendición para el carnicero y su familia.
Karol Wojtila vistió el traje de oveja o el de lobo según
los intereses de la organización de cuyo Estado fue Soberano.
La izquierda lo alaba por su pacifismo en Irak, pero olvida que sostuvo
y justificó la guerra que ha ensangrentado la ex-Yugoslavia.
Con la Croacia católica, contra musulmanes y ortodoxos, el papa
del «ecumenismo» religioso hizo santo a Stepinac, el cardenal
que junto a los fascistas de ese país se asoció con Hitler
«enviado de Dios» y bendijo las innumerables
atrocidades perpetradas por los «ustachas» croatas con la
complicidad de las tropas de ocupación italianas.
Karol Wojtila protegió y favoreció al cardenal Pio Laghi,
nuncio apostólico en Argentina durante la época de la
dictadura que masacró a 30.000 personas. Laghi bendijo y encubrió
a los torturadores y asesinos.
Karol Wojtila estuvo al mando de una transnacional con intereses ramificados
en todo el mundo y dividendos elevadísimos en un planeta donde
la mayoría de la población sobrevive con menos de dos
dólares al día.
Karol Wojtila, un «paladín de la vida» que mantuvo
una actitud ambigua en relación con la pena capital, fue el custodio
de una cultura de opresión. Una cultura deseosa de mortificar
la existencia de las mujeres, condenadas a parir a toda costa niños
malformados o destinados a morir de hambre. Una cultura que prefiere
una vida de dolor a una de alegría y salud, una cultura que criminaliza
al gay, que transforma el deseo y el amor en culpa, que defiende a quienes
no han nacido y persigue a los vivos.
Karol Wojtila santificó a curas españoles que se levantaron
en armas junto a las tropas del católico-fascista Francisco Franco.
Estos «santos mártires» deseaban resucitar las pompas
de la iglesia de Torquemada y de los quemaderos, los «hornos colectivos»
donde los herejes eran cocinados a fuego lento.
Como los anarquistas y libertarios de 1936 que se batieron por la vida
y la libertad contra el fascismo y la opresión clerical, nosotros,
anarquistas y libertarios de hoy, aún con el respeto debido ante
la muerte de un hombre, no nos arrodillamos, no nos unimos al coro de
tantos que a la derecha y a la izquierda se inclinan frente
al féretro del jefe de una de las organizaciones más feroces,
sanguinarias y liberticidas que la historia recuerda. Nuestra lucha
contra las religiones y las iglesias se nutre de comprender que solo
la emancipación de la locura religiosa y del clero que la patrocina
podrá abrir a hombres y mujeres una vida plena, alegre, vivida
en la libertad del respeto a la diversidad, en la solidaridad entre
iguales.
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