Vida
de Pons Prades
Eduard Pons Prades encarna como pocos la doble vertiente que ha caracterizado
siempre al anarquismo: hombre de acción, tanto encuadrado en
el ejército repúblicano como, después, en el maquis,
fue un convencido combatiente antifascista; así mismo, debemos
a su pluma un buen número de libros y artículos, y diversos
proyectos editoriales (sin ir más lejos, en 2004 Oberón
editó Los niños republicanos en la guerra de España).
Manel Aisa ha entrevistado a Eduard Pons Prades para las páginas
de la Soli. Éste es el relato de su conversación.
El pasado mes de junio, en el paraninfo de la Universidad Central de
Barcelona y organizado e impulsado por el catedrático Bernat
Muniesa, se celebró un acto de reconocimiento a la persona de
Eduard Pons Prades por su dilatada historia, en buena parte testigo
y actor de los acontecimientos del siglo XX que agitaron tanto nuestro
país como Europa. Aunque Eduard pronto se apresuró a dejar
constancia de que aquel homenaje era un homenaje a todos sus compañeros
de lucha por la libertad individual y colectiva.
Al cabo de unos días, por fin, quedamos en un pequeño
bar de la calle Valencia con Eduard Pons Prades como tantas otras veces
lo hemos hecho. Pero esta vez queremos tomar nota y allí nos
lo encontramos y nos recibe con júbilo y alegría e inmediatamente
la conversación se hace cada vez con más fluidez y una
gran dinámica que apenas nos permite tomar buena cuenta de ello
en pequeñas cuartillas.
Eduardo nació el 19 de diciembre de 1920 en la calle de Wifred
del barrio del Raval, entre la calle de Ponent (Hoy Joaquín Costa)
y el Tigre. Hijo de emigrantes valencianos, su destino poco más
o menos estaba marcado. Por aquellos días, Salvador Seguí
y unos cuantos anarcosindicalistas más habían sido deportados
a Mahon. Mientras, desde Zaragoza empezaban a oírse los ecos
del grupo Los Justicieros, más tarde Los Solidarios.
Aquella era una Barcelona obrera donde el paro era asfixiante y donde
ni siquiera los jornaleros con más suerte podían saciar
el hambre de sus hijos.
Su padre se había trasladado desde el pueblo de Alboraya (Valencia)
a Barcelona en 1916; tenía la profesión de Ebanista siendo
uno de los fundadores del Sindicato Único de Elaborar Madera,
que en aquel entonces tenía su sede en la Calle San Pablo en
el mismo edificio del Cine Diana y muy cerca del Monumental (en los
años del franquismo Jardines de Granada, y ahora con la democracia
un pabellón deportivo).
Algunos años más tarde, en 1925, se pudo montar su propio
taller de Ebanistería en la calle Viladomat 103. Este taller
lo pudo mantener con su esfuerzo hasta el advenimiento de la República,
ya que fue durante esos días cuando muchos de sus clientes, en
su mayoría burgueses, se enteraron de su condición de
anarcosindicalista por lo que le empezaron a rescindir los trabajos.
A pesar de todos estos inconvenientes, el padre de Eduard nunca había
perdido contacto con sus orígenes ya que su actividad y curiosidad
por los libros le había llevado a encargarse de la biblioteca
de la Casa de Valencia en Barcelona donde conoció
a Vicente Claver, un acérrimo Republicano Federalista que con
la llegada de la República iniciaría un proyecto editorialista
con la Editorial Cervantes, siendo el impulsor del día del Libro
en la Festividad de Sant Jordi. Así, con una enorme energía
y levantando el báculo, nos da cuenta Eduard: hasta ese
día en la festividad de Sant Jordi solo se regalaban flores.
Después Eduard remota el hilo de la conversación y nos
habla del nuevo trabajo de su padre en los talleres de Casa Bardina,
en la calle Aribau 196. Allí estuvo durante un par de años
y fue precisamente en este lugar donde su padre se empeñó
de que Eduard aprendiera un oficio, por lo que él cada verano
a partir de entonces acompañaba al padre con su caja de herramientas
y barnices.
Sin embargo la vocación de Eduard siempre fue la enseñanza,
la pedagogía y hacia ello encamino todos sus esfuerzos estudiando
en LEscola del Treball, en lo que hoy es la Escola
Industrial de la calle Urgell.
Su madre, Gloria Prades Núñez, también Valenciana
(Almasera) con la llegada de la República pudo entrar a trabajar
de telefonista en el Palau de la Generalitat gracias a la buena amistad
que había adquirido en la Modelo (1925) el padre de Eduard con
Martí Barrera, por aquel entonces conceller.
Eduard vuelve a levantar el puño con energía -el consejo
de mi padre siempre era: El millor amic un llibre y mi tío
apostillaba Sí, però al costat duna bona
pistola, sino no et faran mai cas -. Sin duda su padre era un
anarcosindicalista y su tío, algo más radical, estaba
en las posturas Faístas. Luego acabará de contarnos que
su tío llevó a hombros el féretro de Durruti por
toda la Vía Durruti (Vía Laietana) en aquel fatídico
noviembre del 36.
Y ya algo más afligido, nos comenta Eduard cómo su padre
decidió quitarse la vida en marzo del 36. Sin duda se vio venir
todo aquello que aconteció y decidió evitárselo.
Un poco antes del período republicano, Eduard solía ir
a la conferencia que se organizaban en el viejo Asiàtic de la
Calle Rosal, así como también años más tarde
acudiría con cierta frecuencia a L Escolà Racionalista
del carrer La Cera nº 2, Labor Germinal cuyo director era
el francés Oliver Bertrand. Allí tuvo la oportunidad de
asistir a varias conferencias de Alberto Carsi, geólogo, con
las impartía a los jóvenes buenos conocimientos sobre
la historia natural, tanto de geología como de espeleología
.
En este punto, al recordar a Alberto Carsi no podemos más que
echar mano de la memoria y describiros el primer encuentro de éste
(Carsi) con el gran Astrónomo Comas i Sola que muy bien nos cuenta
Sara Berenguer en su libro Entre el sol y la Tormenta: Cuando
en 1904 en una conferencia que Comas dio en el Ateneu Barcelonés
se encontró con un único asistente en el público,
y Comas sin desmoralizarse hizo una alocución como si la sala
estuviera repleta para renglón seguido invitar al público
(en este caso a Carsi) a continuar el debate en un céntrico Café
de la Rambla.
Mas adelante Eduard tuvo la oportunidad de volver a cruzarse en la vida
de los Carsi.
Pocos días antes del 19 de julio, Eduard consiguió el
título de Bachiller.
Después del 19 de julio, ilusionado como tantos otros jóvenes
de la época, estuvo colaborando activamente en las labores de
colectivización del Sindicato de Elaborar Madera, que en aquellos
días estaba en la calle Diputación 195. Allí estaba
Joaquina Dorado de Secretaria del Sindicato. También se ocuparon
otros locales como la Iglesia de St. Madrona de Pueblo Seco que servía
de almacén y se le encargó al sindicato de Construcción
que junto a esta Iglesia se edificara un pequeño edificio para
cubrir las necesidades del sindicato. Se destruyó el Campanario
de la Iglesia porque éste servía de punto de mira o referencia
a la aviación fascista que perseguía puntos clave, como
podía ser la central eléctrica del Paralelo.
Sin embargo Eduard quería ir al frente pero por su edad le era
imposible, así que decidió
falsificar su identidad y pudo presentar una documentación en
la Escuela de Guerra.
Existían tres campos de entrenamiento de la Escuela Popular
de Guerra en Pins del Valles (San Cugat del Vallés), Xativa
y Escorial de la Sierra. Hacia está última población
le mandaron el 20 de agosto del 37 y después de tres meses de
formación recogió el título de Sargento de manos
del poeta Miguel Hernández que en aquel entonces era Comisario
político de la 46 División que tenía su Estado
Mayor en el Escorial.
Listo para entrar en combate, fue enviado a la 105 Brigada mixta
que dependía de la 3ª División en el sector de Guadarrama
Occidental, entre los pueblo de Valdemorillo y Zarzalejos, Allí
tuvo su bautizó de fuego en diciembre del 37, y después
trasladado a Brunete /Quijala cuando el frente poco menos estaba establecido
y sólo había pequeñas escaramuzas.
En marzo del 38 tuvo su primer permiso por lo que se trasladó
a Barcelona, vía Valencia y Tarragona. Una vez en Barcelona se
fue a visitar a sus compañeros del Partido Sindicalista, que
en ese momento tenían la sede en la Rambla junto a los Almacenes
Sepu, cuando hubo un bombardeo que afectó varias casas de la
calle del Carmen por lo que se requisaron los coches que en ese momento
habían en un corto perímetro. Eduard aunque nunca había
conducido se hizo con un coche aparcado en la puerta del Partido y se
puso al servicio de evacuación heridos para transportar
los heridos, en este caso los más leves hasta el consultorio
de la calle Sepúlveda.
El 17 de marzo del 38, cuando el Bombardeo fascista en Barcelona alcanzó
un camión que trasportaba trilita a la altura de la Gran Vía
/ Balmes destruyendo 7 u 8 edificios y sembrando de cadáveres
toda la zona, él se encontraba en ese preciso momento en la gasolinera
de la Ronda Universidad/ Pelayo y la fuerza expansiva de aquel impacto
volcó el automóvil y a Eduard lo arrastró más
de 50 metros, quedando sin sentido; recobró el conocimiento al
cabo de dos días en el Hospital Militar que en aquella época
se encontraba todavía en la calle Tallers. El diagnóstico,
además de las fuertes contusiones, fue de desplazamiento de órganos
por lo que estuvo casi un mes en el hospital, concretamente el 15 de
abril del 38 recibía el alta médica. Pero entonces no
pudo volver a la 105 Brigada Mixta porque la Zona Centro ya había
quedado aislada de Cataluña, por lo que se presentó en
Guisona donde se instruía a los miembros de la Quinta del Biberón.
Allí conoció a Joan Llarch, que también daba instrucción
a los jóvenes recién llegados; entre sus soldados de quinta,
Llarch tenía a Antoni Samaranch hasta que éste en un descuido
logró pasar al bando de la España Fascista.
La Quinta del Biberón que instruyeron entró en bautizo
de fuego con la 60 División en el frente del Segre en Balaguer,
batalla que duró del 25 de abril al 3 de mayo, concretamente
con la disputa de un montículo que controlaba la zona El
Cerro del Merengue en el municipio de Sant Romà dAbella;
luego por un tiempo el frente quedó estabilizado, aunque los
fascistas llegaron a ocupar un barrio del extrarradio de Balaguer conocido
como La Barceloneta.
El 24 y 25 de julio del 38 se inicia la ofensiva del Ebro. Eduard atraviesa
el río en barca el primer día en la tercera remesa de
hombres que lo cruzan. La Batalla duró hasta el 16 de noviembre
y nos asegura que hubo 5 ofensivas republicanas; lo que se conquistó
en una semana, a los fascistas les costó 104 días recuperarlo.
Después, lo de siempre: el desaguisado de las armas, los barcos
rusos y checos que llegaban hasta el puerto de Burdeos y después
en tren hasta la frontera Puigcerdà. Pero este último
tramo era un calvario y Francia hacia todo lo posible para que no llegaran,
y nunca llegaron. Si no otro gallo hubiera cantado en la Batalla del
Ebro.
Después, la desbandada. Aprovechando el carnet de cuando conducía
la ambulancia, se presentó a Joseph Robusté Parés,
que era el Inspector General de Evacuación, y fue encargado junto
a otros compañeros para la evacuación de heridos por todos
los Hospitales desde Barcelona hasta la Frontera francesas. Así
es como desde el 15 de diciembre del 38 al 10 de febrero del 39 consiguieron
sacar del país a 10300 heridos. Los últimos que recuerda
fueron 15 heridos Internacionales que se encontraban la noche del 9
al 10 de febrero en un hospital improvisado en Garriguella.
Él salió de Cataluña por Port Bou en marzo del
39, unas horas antes de que los fascistas llegaran al paso fronterizo.
Una vez en Francia, aprovechando la documentación de herido de
guerra, tuvo la suerte de que lo mandaran al hospital de Carcassone,
donde estuvo 12 días.
Allí una familia Valenciana, que hacía tiempo ya vivía
en Francia y que ya hacía unos meses se había hecho cargo
de sus hermanos, lo reclamó, así que se fue a vivir con
ellos a Bloumac (cerca de Carcassone) donde trabajó de oficial
porquero cuidando cerdos en la campiña.
Este mismo año toma los primeros contactos con el ejército
francés y con el maquis y al año siguiente colabora en
el grupo Solidaridad Española.
En 1942 ingresa en los grupos de acción de la resistencia española
del Aude. Es responsable coordinador de los diferentes grupos guerrilleros
españoles junto a Manolo Morató y Tomás Martín
hasta los últimos combates por la liberación de Francia
en Agosto de 1944.
Colaborando incluso con los grupos de evasión tanto de Ponzan
como de Manolo Huet (éste último había sido uno
de los Nanos de Eroles de la Barcelona revolucionaria y
ahora en Francia se dedicaba a salvar vidas de Judíos y de Aliados
por vía Marítima). En esta Francia ocupada por el Nazismo
tuvo la oportunidad de salvar de las garras de la Gestapo a su maestro
Alberto Carsi que estaba perseguido por anarquista, masón y judío.
El 14 de octubre del 44 entró por primera vez en clandestinidad
a España, visitando Euskadi, Oviedo, Madrid, Valencia y Barcelona,
hasta el 11 de Noviembre para ver cómo se encontraban los compañeros
del Partido Sindicalista.
Luego volvió de nuevo a España pero esta vez la suerte
no le acompañará y el 5 de enero de 1946 será detenido
cuando se disponía a volver a Francia con un guía del
grupo de Quico Sabater; el guía pudo escapar Cerca de Puigcerdà
pero él fue conducido a Pont de Molins donde estaba el Servicio
de Información del Ejercito.
Eduard llevaba unas notas en la pierna, entre las hojas de un periódico
de la época, El Español; en un momento del viaje
pidió ir al monte para hacer de vientre y aprovechó para
desprenderse de los papeles manuscritos que portaba, pero otra pareja
de guardia civiles que los iba siguiendo los recuperó y al llegar
a Pont de Molins se encontró con los papeles encima de la mesa
del comisario.
De allí lo enviaron a SALT donde de maestro de la cárcel
estaba Josep Pallach y ambos estudiaron una estrategia para que él
llegara a Barcelona con unos días de fiesta de por medio. Así
es como llegó a Barcelona un día antes del 26 de enero,
fecha en que el franquismo celebraba la liberación de Barcelona.
Pudo escapar gracias a un primer soborno que debía servir como
fianza mientras llegaban todos los informes, pagado por el hermano de
Alberto Carsi, Ricardo, al inspector de policía de Vía
Layetana, que no conocía todavía los informes sobre su
peligrosidad.
Inmediatamente Eduard marcha hacia Valencia, donde tenía familiares
que lo recogieron. Y allí pudo refugiarse por un tiempo, antes
de volver a partir hacia Francia hasta el año 1962, en que de
nuevo vuelve a España, concretamente a Extremadura de donde era
su compañera. Y allí, sobrevivir como tantos otros ibéricos.
A pesar de todo, no esperó a la muerte del Dictador para empezar
a increpar, por aquí y por allá; empezó a escribir
y a editar algún que otro libro, que luego con la democracia
se multiplicarían en un intento desde siempre de ser fiel a la
memoria más reciente de un pueblo.
Y desde entonces sigue ahí, con su testimonio fehaciente de que
la Libertad fue posible, pero que de alguna manera esa osadía
de tomar la Libertad la hubieron de pagar con creces.
Manel
Aisa
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