De
referéndums, viviendas y bastillas
Los
regímenes demagógicos que padecemos experimentan de tanto
en tanto tímidas convulsiones que ponen en cuestión el
carácter antidemocrático y antisocial de muchas de sus
cotidianas prácticas políticas. Tal ha sido el reciente
caso del rechazo mayoritario por ciudadanos franceses y holandeses del
tratado neoliberal de la constitución europea; tratado cuya ratificación
fue planteada, por cierto, como hipotética consulta sólo
en aquellos lugares dónde se esperaba su democrática
confirmación en las urnas. En caso contrario habría bastado
con la imposición de la decisión favorable de los respectivos
representantes parlamentarios. En estos sentidos altamente participativos
el gran experto en variaciones promilitares,
Felipe Gonzalez, en una actuación como telonero radiofónico
en el cierre de campaña a favor del sí francés,
manifestó cierto displacer con esas convocatorias llamadas referéndums.
Esa extraña mezcla, dijo, entre la democracia representativa
y la democracia directa (¿?) no parecía agradarle en absoluto.
Como ideólogo de retaguardia y posible asesor de futuros contenidos
consultivos no tiene desperdicio su comentario hiriente relativo a que
la pregunta del referéndum a la adhesión a la OTAN debería
haberse formulado en otros términos. Algo así como, según
cuenta le sugirió un amigo, ¿Quiere seguir estando
en la OTAN con su voto en contra?.... Esto es, un no que es sí,
o un sí que es no. Con semejantes correctivos la confusión
está garantizada, la manipulación servida. En definitiva,
el desprecio de la opinión de la ciudadanía sin el menor
recato.
En la campaña del sí ibérico se usaron técnicas
disuasorias semejantes. La matraca del no como no a Europa se convirtió
en una cantinela.
Por suerte, ciertos noes europeos han reactivado justamente la conciencia
de buena parte de sus gentes capaces de constatar su alejamiento con
unos gobernantes a los que cada vez ven más claramente estar
abocados a la defensa y garantía de multinacionales e intereses
empresariales con carácter casi exclusivo. La creciente desregulación
de derechos históricamente adquiridos mediante luchas sociales
y que, a pesar de ello, difícilmente alcanzaron para la mayoría
unos niveles de bienestar mínimamente aceptables, se ven ahora
desmenuzados en esta renovada maquinaria absurda, pretendidamente equilibrada,
conocida por sus apologistas como libertad de mercado. Que frente a
esas percepciones de unas condiciones de vida más duras para
ciudadanos y asalariados la repulsa haya procedido de lugares como los
de Holanda no es del todo casual. Precisamente ahí dónde,
por poner un ejemplo, ante el problema de la vivienda se llegaron a
tomar medidas tan civilizadas como la de declarar ilegales aquellas
viviendas que permanecían vacías durante un año
consecutivo y la de favorecer institucionalmente su consecuente ocupación.
Algo impensable por estos lares dónde personas como los okupas
no sólo son odiados y perseguidos por las mafias inmobiliarias
sino que éstas cuentan a su favor con la criminalización
y amenaza de aquéllos por los gobiernos de distintos colores.
Gobiernos comúnmente inhabilitados para proteger como necesidades
básicas el uso de ciertos bienes, como el de la vivienda e igualmente
incapacitados para perseguir fiscal y penalmente como delito social
todo acopio acumulativo de viviendas que se destine a la inversión
especulativa. Naturalmente en lugar de todo eso prefieren ocuparse cívicamente
en reducir la construcción de viviendas sociales a porcentajes
irrisorios, en recalificar terrenos públicos de equipamientos
para entregarlos a la libre especulación del mercado, en fabricar
leyes de arrendamiento que dejen cada vez más a los inquilinos
en manos exclusivas de la voluntad de los propietarios. Estos deberán
estar eternamente agradecidos al Boyer, el de los 30 superficiados cuartos
de baño, por haber conseguido a partir de 1985 acabar con los
contratos de alquiler indefinidos e implantar así mismo normativas
facilitadoras de desalojos y desahucios. Boyer, actualmente fichado
por el aznariano patronato de la FAES,
no sólo consiguió con su real decreto-ley que se disparara
al alza el precio de los alquileres (sin aumentar por tanto el número
de pisos ofertados) sino que se abriera el camino a las prácticas
del mobbing. Violencia inherente al sistema que las leyes de arrendamiento
sucesivas no han hecho más que fomentar.
Con las propuestas actuales como son, entre otras, las de subvencionar
el pago de alquileres libremente determinados para jóvenes
o las de subvencionar las reformas de pisos de propiedad privada que
no estén ahora alquilados, no sólo se está financiando
con dinero público el mantenimiento de alquileres altos sino
también, como en el segundo caso, la revalorización del
inmueble cuando pasado el plazo de alquiler ridículamente estipulado
el propietario estime conveniente deshacerse del piso a un mayor precio
en el mercado. Y, de esta manera, cuando uno de los grandes gobernadores
de bancos hace advertencias acerca de los riesgos de la caída
de los precios de las viviendas, una de dos: o bien se esta burlando
de los jóvenes y viejos precarios para los que el acceso a la
vivienda es un serio problema cotidiano o bien está dirigiendo
seriamente su discurso al conocido sector del ladrocinio bancario. Sector
que, junto con promotores, constructores, inmobiliarias y administraciones,
ha combinado la especulación con las bajadas de interés,
encontrando en las hipotecas además de un negocio redondo un
mecanismo de domesticación de una parte importante de los asalariados.
Contra semejantes desposesiones ni siquiera alguno de estos gobiernos
municipales se ha atrevido a combatir el número de pisos vacíos
existentes en nuestras ciudades aplicando tasas tan revolucionarias
como las una vez propuestas y luego desechadas del microscópico
incremento en esos casos del 50% del IBI.
Tristes izquierdas estas, sobre todo para los menos económicamente
dotados.
Y en cuanto a las otras derechas poco que añadir también.
Si en los distintos desórdenes estatales sus tácticas
involutivas son en lo social-material apenas distinguibles de las de
los otros, hemos de admitir que por lo que hace a lo manifiestamente
simbólico parecen por fin haber encontrado su verdadero sino
como coordinadores de curas y fletadores de autobuses con frecuencia
alta de fachas.
Cuando por otro lado Mariano Rajoy en el debate pasado del estado de
la nación no quiso entrar abiertamente en el tema de la vivienda
para evitar, según él, el manifestar crueldades, deberíamos
también recordarle que en cuanto a cinismo y posibles corruptelas
de Tamayos y Saez su urbana crueldad, en estos y otros problemas, merece
objetivamente algo más que oportunas descalificaciones.
Volviendo finalmente a los referéndums y a consultas posibles
vemos cómo hoy por hoy ciertas incógnitas parecen resistirse
a resolverse adecuadamente. Y así, mientras haya derechos constitucionales
cuyo respeto es pisoteado insistentemente por los distintos tacones
gubernamentales nos parece un sarcasmo que se nos pretenda consultar
en un próximo futuro sobre el sexo sucesor de los vástagos
reales.
Como no nos gusta como ciudadanos ser tratados como vulgares sexadores
de pollos al servicio del porvenir de monarcas y de subvencionadas
duquesas de Alba, seguiremos prefiriendo consultar la toma de la Bastilla
como referencia histórica curiosamente aún no superada.
Petra Llamp
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