Otra reforma laboral está en marcha

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Se ha cumplido un año desde el retorno de los "socialistas" al poder. Al igual que la de sus predecesores, durante este tiempo su gestión ha consistido, por un lado, en beneficiar a las comunidades autonómicas en las que también gobiernan, por el otro en tomar decisiones más populistas que les distancien del furor neoliberal demostrado por los "populares". Sin embargo, ha llegado el momento de afrontar otras medidas peor aceptadas, por lo que precisan de un sólido pacto con los "agentes sociales". La primera ya está en gestación: una drástica reforma laboral que verá la luz próximamente.

La "paz social" como coartada
Son numerosas las instituciones financieras y políticas que, desde hace tiempo, reclaman una modificación de nuestro mercado laboral. En este sentido, se han publicado puntualmente las últimas recomendaciones de la Organización para el Comercio y Desarrollo Económico, el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea (CE) y el Consejo Económico y Social, entre otras. En ellas, tildan de insostenible la situación actual, sugiriendo que se incremente su flexibilidad para garantizar "más y mejores puestos de trabajo"1.
La nueva reforma laboral era uno de los temas que aguardaba a quien ganara las pasadas elecciones generales. No obstante, hasta principios de julio no empezó a abordarse. Utilizando una declaración conjunta firmada en la Moncloa con la patronal, CCOO y UGT, el gobierno presentó ese mes un acuerdo que le garantiza la "paz social" y le servirá en adelante de escudo. Acto seguido, las tres partes nombraron una Comisión de Expertos compuesta por ocho catedráticos, a quienes encargaron un análisis detallado de las reformas laborales aprobadas durante los últimos diez años, lo cual les ha llevado varios meses. Amparándose en dicho estudio su aprobación se pospuso hasta este año, levantando duras críticas desde la CE al relacionarse su tardanza con el diálogo social.
Salvo discrepancias posteriores motivadas por la revisión automática del salario mínimo interprofesional —finalmente aparcada para no entorpecer el diálogo2—, el entendimiento entre la patronal y los sindicatos institucionalizados ha predominado durante estos meses. El interés en mantenerlo les ha llevado incluso a establecer un "Protocolo de bases de funcionamiento para la concertación y el diálogo social" en el que se enmarcan las bases de negociación de próximas negociaciones. Asimismo, sus apariciones conjuntas en actos donde se aborda la flexibilidad laboral son otro patético ejemplo del buen clima existente en sus relaciones. Allí los sindicalistas de despacho ejercen de bufones mientras coquetean y exponen sus previsiones económicas.

Persiguiendo más flexibilidad
Finalmente el pasado 31 de enero era presentado el informe del Comité de Expertos3. Aunque sus conclusiones no sean vinculantes ni en ellas se critique directamente a las anteriores reformas, sí que demuestran que han sido las responsables de la alta tasa de temporalidad que hoy padecemos, señalando además que incluían medidas contradictorias. No obstante, concluye recomendando que la próxima reforma global combine un empleo más estable con una mayor flexibilidad laboral, solicitando que ésta última no se interprete como "la simple ausencia de garantías para los trabajadores".
A pesar de ello, es evidente que nos enfrentamos a otra propuesta de abaratamiento del despido. En la de 1984, con la introducción de lo que llamaron "contrato en fomento del empleo", los "socialistas" abrieron la veda a la contratación temporal, no contemplándose en ella ningún tipo de indemnización. En 1993 aprobaron el "despido objetivo" por causas económicas, técnicas, organizativas o de producción, rebajándose las indemnizaciones en estos supuestos a tan sólo 20 días por año trabajado y prescindiendo de cualquier autorización administrativa. En 1997, con los "populares" en la retaguardia y bajo el pretexto de favorecer a los "sectores más desfavorecidos" —mujeres, jóvenes, discapacitados, parados de larga duración y mayores de 45 años—, la patronal y los sindicatos institucionalizados sentaban las bases de un peligroso precedente, aprobando para esos sectores una rebaja de la indemnización por despido improcedente de tan sólo 33 días. Ahora el Ejecutivo pretende generalizarlo a la totalidad de contratos indefinidos que se realicen complaciendo de nuevo los intereses empresariales.

Eludiendo responsabilidades
Lo más denigrante es que incluso a sabiendas del daño que las sucesivas reformas laborales han comportado, nadie asuma responsabilidades con respecto al auge de la contratación temporal, que ya afecta al 90% de los contratos que se realizan. Ni los partidos que las aprobaron, ni los sindicatos pactistas, ni la patronal —obviamente la parte más beneficiada—, se han responsabilizado de sus "logros", reaccionando únicamente tras las exigencias de las instituciones antes citadas para evitar una mayor inestabilidad económica.
Durante todo este tiempo la Administración ha optado por no vigilar que las ayudas y facilidades concedidas a las empresas reviertan en su competitividad, así como por no sancionar con medidas económicas las que poseen un elevado número de despidos.
Asimismo, el propio Joaquín Almunia —ex ministro de Trabajo que estableció la contratación temporal y hoy flamante Comisario de Asuntos Económicos y Monetarios de la Unión Europea (UE)— se posicionaba recientemente a favor de una reforma laboral que acabe con la alta tasa de temporalidad4.
Por otra parte, hay que destacar que la Comisión de Expertos ha reconocido que las empresas han compensado su falta de productividad moderando los salarios. Con la complicidad de los sindicatos institucionalizados, y especialmente desde la aprobación del Acuerdo Interconfederal de Negociación Colectiva —prorrogado hace escasas semanas5—, están perpetuando nuestra pérdida de poder adquisitivo. Además, los empresarios, sabedores del superávit creado en la Seguridad Social durante los últimos años, ahora reclaman una rebaja de sus cotizaciones y nuevas ayudas para modernizar las empresas.
Ahora, y a pesar de los últimos informes presentados, todos ellos eluden su responsabilidad, omiten su implicación y se llenan la boca hablando de buscar una falsa estabilidad en el empleo.

Otra reforma con piel de cordero
El discurso que acompañará la nueva reforma laboral se maquillará con términos como "competitividad", "flexibilidad" y "empleo estable".
Con respecto a la primera hay que denunciar que la situación por la que están pasando numerosas empresas es en parte fruto de su carroñera gestión, puesto que se han preocupado únicamente en producir beneficios a corto plazo sin reinvertirlos en innovación tecnológica. Conviene recordar que durante las últimas reformas laborales se les otorgó posibilidades de contratación temporal subvencionada y facilidades para indemnizar con menos días el despido de sus empleados. Es más, aun demostrándose que muchas empresas no son deficitarias, éstas se aprovechan de esas facilidades para contratar, despedir e incluso trasladar su producción a otros países sin que administrativamente se les ponga trabas. Un negocio redondo del que ahora esperan obtener mayor beneficio flexibilizando aún más las relaciones laborales.
En cuanto al "empleo estable" conviene matizar que bajo este eufemismo se esconde la pretensión de fomentar un falso empleo indefinido, proponiendo rebajar el despido improcedente en las nuevas contrataciones a tan sólo 33 días por año en lugar de a los 45 actuales. Sin embargo, este recorte de derechos laborales está contribuyendo a fomentar más inestabilidad. Las estadísticas del Instituto Nacional de Empleo (INEM) son reveladoras: si bien los contratos indefinidos realizados que incluyen una indemnización de 45 días por año casi duplican a los de tan sólo 33 días6, una comparativa entre ambos revela que el 75% del total de despidos corresponde a esta última modalidad de contratación7. Queda claro pues que con tal medida sólo se está beneficiando a la patronal.

Tergiversando sus intenciones
Antes de aprobar la reforma nos querrán persuadir de que unificar los criterios —en cuanto a días de indemnización en caso de despido improcedente se refiere—, supone igualar nuestros derechos. Lo que no nos dirán es que pretenden hacerlo a la inversa, es decir, rebajando los que ya existen hasta equipararlos con los recortes establecidos en la reforma laboral de 1997. Aunque nos lo presenten como una mejora laboral, unificar los contratos indefinidos para sintetizarlos en una indemnización de 33 días obviamente no supone defender el "empleo estable", sino dar nuevas facilidades de contratación y de despido a la patronal. Acogiéndose a una rebaja de cotización anunciada hace meses y vuelta a insinuar recientemente8, las empresas podrán contratar y despedir por menos dinero, siendo ellas las únicas beneficiadas. En cambio, a los asalariados se nos perjudicará tanto individual como colectivamente, puesto que cobraremos menos en caso de despido e ingresarán menos por nosotros en la Seguridad Social.
También se nos intentará convencer de que se quiere frenar la temporalidad laboral, pero en ningún caso se contempla la desaparición de esta modalidad de contratación. Ninguno de los negociadores ha planteado su abolición ni tan siquiera a largo plazo, con lo que sus declaraciones son sólo una cortina de humo tras las que se esconde el conocido recorte de derechos a las nuevas generaciones. En este sentido, no sería de extrañar que se realizara alguna campaña destinada a mitigar el rechazo que pueda suscitar. En ella podría inculcarse que sólo afectará a los contratos que se firmen a partir de su entrada en vigor, fomentando la insolidaridad y el inmovilismo entre los trabajadores de más antigüedad.

Cómo y cuándo se aprobará
El documento base sobre el que se abordarán las negociaciones ya ha sido presentado por el gobierno, y no es ninguna casualidad que haya sido calificado como positivo por Convergència i Unió y el Partido Popular. Llegados a este punto, para que el resultado de la negociación satisfaga a todas las partes, sólo falta por concretar cómo presentárnosla salvaguardando los intereses y la imagen de UGT y CCOO, y cuándo aprobarla.
Para lo primero, dada la dependencia económica que los sindicatos institucionalizados tienen del Estado, bastaría por incluir en el acuerdo que se favorecerá la formación continua de los trabajadores durante su vida laboral, algo a lo que ya se ha hecho alusión. La recompensa económica que les supone la adjudicación de numerosos cursos, acompañada de otros puntos donde se mencionen de pasada temas como la siniestralidad laboral y el favorecer el empleo a los sectores más desfavorecidos puede ser suficiente para justificar su firma. Así pues, tras haber sentado en su día el precedente para la rebaja del despido, pronto veremos si su actual oposición a generalizarla se mantiene o acaba maquillándose.
En cuanto al segundo aspecto hay que decir que el gobierno ha declarado su interés en alcanzar un acuerdo lo antes posible, a poder ser antes de verano. Amparándose en el sagrado "pacto social" aprobarán una de las principales reformas que nos tiene preparadas. La siguiente seguramente será la de las pensiones, que también será merecedora de otro artículo.

1. Ver edición 12-7-2004 en www.elmundo.es

2. "Aparcada la revisión automática del Salario Mínimo Interprofesional". Solidaridad Obrera, n.º 323, pág. 4.

3. Ver edición 1-2-2005 en www.elmundo.es

4. "Almunia pide una gran reforma laboral para ganar competitividad". Cinco días, edición del 8-2-2005.

5. Ver edición 7-3-2005 en www.elmundo.es

6. Ver edición 21-3-2005 en www.estrelladigital.es

7. Ver edición 18-3-2005 en www.estrelladigital.es

8. Ver edición 10-3-2003 en www.estrelladigital.es

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