EDITORIAL
¡'Se sienten, coño!

Pertinaz, como un vicio viejo o una enfermedad venérea, el fantasma del golpismo español se resiste a abandonar la escena, pese a la lluvia de tomates, huevos y escupitajos: el aliño que merece.
De nuevo, militarotes cerriles e ignorantes, sanguinarios y codiciosos vuelven a aturdir con su ruido de sables, con la matraca de su particular rebotica, esas salas de banderas seculares donde todo lo que se cuece huele a rancio, más aun, a podrido, a muy podrido. Ni que decir tiene que este revival mostrenco no viene como fenómeno aislado; las amenazas militares se han de entender como un elemento más del retorno a primera línea política de la ultraderecha española, retorno auspiciado por el Partido Popular, que la acogió en sus filas, desde 1996. En efecto, el PP ha convertido en una de sus señas de identidad la legitimación y visibilización política de los ultras, y, de forma natural, ha hecho esencialmente suyas las soflamas ultraderechistas: la reivindicación fascio-españolista como genuina expresión de lo español; la explícita nostalgia franquista; la vuelta a la palestra de curas trabucaires; las movilizaciones contra el colectivo homosexual, contra el laicismo y a favor de los intereses de las mafias inmobiliario-especuladoras (véase el tratamiento del tema del agua en el litoral mediterráneo)…
Este es, pues, el contexto en el que cobran pleno sentido las amenazas del teniente general José Mena, de la cincuentena larga de militares en la reserva o retirados que se han solidarizado con sus rebuznos, del capitán Roberto González Calderón y ¿etcétera? ¿Un largo etcétera, por ventura?
Por ahora, hablamos de un golpismo verbal. Creemos que, difícilmente la cosa va a ir a mayores, con Estatut o sin él: ni las oligarquías ven amenazados sus intereses, motivo principal de toda movilización militar; ni los militares (de alta graduación, claro) ven reducidas sus opciones para hacer carrera: ahí están las misiones internacionales como suculenta golosina, ahora que la lucha contra ETA no ofrece tantas posibilidades de ascenso.
Lástima, por cierto, que entre el coro de voces que se ha alzado para denunciar el intento de chantaje caqui, ninguna aproveche para recordar el despropósito que suponen esas Misiones de paz. ¡Misiones de paz llevadas a cabo por militares!, que son, y perdón por la obviedad, profesionales del asesinato y de la destrucción; misiones que sirven, mejor o peor camufladas, para defender a tiros los intereses del Imperio y su Cruzada de Mercado. Ya lo decía Rajoy: el Ejército no es ninguna ONG (aunque, en este terreno, su labor de mamporrero del capitalismo complemente a la de esas organizaciones caritativas).
Sea como sea, lo que no resulta contradictorio es que los profesionales de la muerte y del crimen legal (heroísmo se le llama en tiempos de guerra) intenten ejercer su profesión; que, adiestrados en la violencia, no pretendan ejercerla, pues la violencia es su único oficio. Además, la historia de la Península es, por desgracia, rica en esta clase de episodios, y en sus fantasmas, tan recientes, tan recientes, reconocemos aún el bulto del mostacho y del tricornio bajo la sábana, mientras su rebuzno corta el aire.

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