El fuego de la discordia        
Rosendo

A lo largo de estos últimos días hemos asistido, con estupor, a un patético acontecimiento mediático que podría ser definido como puro esperpento surrealista. Un rocambolesco espectáculo que nos motivaría a la chanza y a la risotara histriónica de no mediar un serio trasfondo político que afecta a la libertad de numerosas personas en el continente asiático. Tanto en Europa como en América, aquellos países que forman parte del trayecto organizado por el Comité Olímpico Internacional para conmemorar el prolegómeno de las próximas Olimpiadas, que se celebrarán el próximo mes de agosto en Pekín, han tenido que organizar importantes dispositivos de seguridad para proteger el discurrir de la antorcha olímpica ante el peligro de que se produjeran sabotajes de protesta organizados por grupos defensores de los derechos humanos en el Tíbet. De esta manera, los respectivos Gobiernos de París, Londres, San Francisco y Buenos Aires se han visto obligados a modificar, y en algunos casos suspender, los actos ceremoniales previstos para la ocasión, por motivos técnicos y de seguridad, ante las airadas protestas de los manifestantes.
No es de extrañar que un evento deportivo internacional tan importante, como es la celebración de unos Juegos Olímpicos, sea utilizado, por algunas organizaciones, para cargar contra la política administrativa, jurídica, socio-económica y territorial del país anfitrión y solicitar un boicot internacional. El presidente del COI, Jacques Rogge, ha solicitado el abandono de la violencia contra los intereses de China afirmando, en un superlativo alarde de cinismo, que no debería mezclarse política y deporte –como si los acontecimientos deportivos estuvieran exentos de desmedidos actos de patrioterismo xenófobo y no escondieran especulativos intereses mercantilistas– para no incomodar al Ejecutivo de Pekín. Aún así, los manifestantes han persistido en sus actos reivindicativos, a pesar de las impresionantes medidas policiales emprendidas para controlar a organizaciones cívicas tan dispares como Reporteros Sin Fronteras, la secta Falung Gong o asociaciones de tibetanos exiliados –como es el caso de los jóvenes activistas de la campaña Free Tibet 2008 o del denominado Congreso de la Juventud Tibetana–. La presidenta de Amnistía Internacional, Irene Khan, ha denunciado el aumento de las detenciones indiscriminadas, de los juicios sin garantía legales y de la tortura en el Tíbet con el objetivo de reprimir a todo disidente que denuncie la inmoralidad de un sistema político totalitario, embarcado en un proceso de reformas económicas basadas en las prácticas capitalistas más salvajes y depredadoras.
Recientemente, el Dalai Lama ha efectuado unas polémicas declaraciones que, lejos de apaciguar la delicada situación social de su país, ha contribuido a exacerbar los ya de por sí caldeados ánimos de sus conciudadanos. En una intervención ante los medios de comunicación ha denunciado la implantación por China de un severo régimen de terror que ha conducido hacia el genocidio cultural del Tíbet. Este discurso, agresivo y beligerante, sustituye a un acostumbrado talante pacifista y moderado, haciéndose eco del intenso malestar existente en la comunidad tibetana exiliada, que ha visto la oportunidad de utilizar los Juegos Olímpicos como una plataforma propagandística para que los medios de comunicación se hagan eco de sus reivindicaciones históricas. La dura represión
ejercida por las Fuerzas de Seguridad de China contra monjes y estudiantes que reivindicaban la autodeterminación del Tíbet motivó, a mediados del pasado mes de marzo, la creación de una violenta revuelta social en Lhasa, la capital tibetana. Los tranquilos actos reivindicativos, que duraron cuatro días, degeneraron en una aberrante persecución contra miembros de la comunidad china tibetana y en censurables actos de barbarie como la quema de vehículos, viviendas, comercios y centros religiosos, así como en agresiones contra la comunidad Han, etnia de religión islámica. Como es de esperar, la policía y el ejército respondieron de forma contundente contra la multitud, originándose numerosos heridos y un número indeterminado de muertos, convenientemente ocultado a la prensa por la férrea censura china.

Reivindicaciones históricas
Estos acontecimientos se enmarcan en el contexto de la celebración del 49º aniversario de la revuelta nacionalista de Lhasa contra la invasión del Tíbet, acontecida en el año 1950, por el ejército chino. Pero la posterior división geográfica y administrativa del país y el consiguiente reparto de gran parte del territorio tibetano entre las provincias limítrofes, relegando el país al estatus de región autónoma bajo supervisión de Pekín no es un fenómeno nuevo a lo largo de la accidentada historia tibetana, tal y como veremos a continuación. El actual Tíbet es fruto de la política china de reparto de territorio entre las diferentes familias aristocráticas, a las que se concedió privilegios, en forma de exención en el pago de impuestos, para evitar la disgregación del imperio ante la constante amenaza de tropas extranjeras. Los monasterios budistas también quedaron liberados del pago de tributos, convirtiéndose con el tiempo en auténticos enclaves autónomos, dotados de un notable poderío económico y militar. De esta forma, los tibetanos consiguieron preservar una precaria independencia frente a los embates de los turcos, que invaden Asia Central entre los siglos VI y XII, y ante el imparable poderío de las tropas mongolas de Gengis Khan y de su nieto, Kublai Khan, a lo largo del siglos XIII, quienes aceptan la sumisión del Tíbet sin llegar a invadirlo ni sojuzgarlo. Durante un largo período de tiempo se crea un estado feudal teocrático en el que los lamas, organizados según una compleja estrutura jerárquica, ostentaron el poder político y religioso, con gobierno y control absoluto sobre la clase trabajadora campesina. A partir del siglo XIV, el dominio de Asia Oriental pasará a manos de la dinastía Ming hasta mediado el siglo XVII. A partir de 1644, será la dinastía Manchú quien se haga con el control de la nación tras tomar Beijing y recuperar los protectorados de Mongolia y del Himalaya. Es en esta época que el Tíbet se desmilitariza, para sanear su precaria economía, con apoyo y protección de la dinastía Manchú. Tras numerosos enfrentamientos, a lo largo del siglo XVIII, del Gobierno chino contra Occidente para frenar el «libre» intercambio comercial impuesto por Europa y tras sufrir un prolongado conflicto armado con Japón, a lo largo de los siglos XIX y XX, en china surge un incipiente movimiento socialista Taiping que forzará la generación de una terrible guerra civil en el país. En 1911 se produce en el Tíbet una revolución nacionalista frustrada que provocará que esta región sea declarada oficialmente como parte integrante e indivisible del territorio chino, hecho ratificado tras el establecimiento, en el año 1913, de un gobierno democrático constitucionalista, muy influenciado por los intereses de las potencias occidentales.
A partir de 1921 se creará el Partido Comunista Chino, el cual, con apoyo del denominado «Ejército Rojo», se hará con el control del oeste del país, iniciándose la llamada «Larga marcha». En 1949 será proclamada la República Popular China, asumiendo Mao Tsé Tung la presidencia del país y concediéndose pleno poder político al PPCh, llegándose a instaurar un sistema político de partido único muy similar al existente en la Unión Soviética. Los cambios en materia económica serán radicales: colectivización agraria, nacionalización de las propiedades extranjeras, socialización de la industria y reglamentación de la actividad comercial. Todo ello culminará en el denominado «Gran paso adelante» (1958-61), durante el cual se aplica una férrea doctrina del terror para reestructurar la economía e incentivar la producción. Semejantes medidas afectarán de lleno al Tíbet, lo que ocasionará, en 1959, movilizaciones de la población tibetana que son contestadas, con dureza, por las autoridades chinas, provocándose la huída del Dalai Lama a India. El proceso de depuración ideológica emprendido por el Partido Comunista Chino será llevado a sus últimas consecuencias por el Ejército y por los jóvenes estudiantes de la «Guardia Roja», que impulsarán la llamada «Gran revolución cultural del proletariado» entre los años 1966 y 1969. De esta manera, se impone una doctrina política que persigue sin piedad a aquellos que pretenden ampliar los derechos civiles en el país. El Tíbet, anexionado a China en 1950 y transformado posteriormente en región autónoma en 1965, sufre una dura represión militar con el fin de acabar con las movilizaciones contra la persecución cultural y religiosa. Estos hechos se repetirán a lo largo de las siguientes décadas. En el 2001, el Gobierno aprueba leyes que amplian su poder decisorio respecto a las regiones autónomas del país, al tiempo que acuerda combatir con más intensidad a la militancia étnico-religiosa, ejerciéndose una mayor censura sobre los medios de información y de comunicación. Un año después, se perpetúan las violaciones contra los derechos humanos en el Tíbet, hecho que motiva, nuevamente, el exilio de disidentes políticos y religiosos hacia Nepal.

Un presente desmoralizador
A pesar de las numerosas influencias ejercidas por los diferentes pueblos invasores, no puede negarse la existencia de una identidad cultural común tibetana, caracterizada por la existencia de una lengua escrita común, y por la existencia de una religión budista unitaria, compartida por todos sus habitantes, aún a pesar de la dura política de ateísmo oficial impuesta, durante décadas, por el Gobierno central. Aún así, China defiende sus vigentes límites territoriales afirmando que el Ejército ha contribuído a la liberación de un pueblo sometido al yugo teocrático de los lamas, quienes sometían a la población a un férreo y anacrónico sistema social de clásicas estructuras políticas y económicas medievales. Asimismo, se alega el gran crecimiento de la economía en este territorio, gracias a las notables inversiones chinas en materia de infraestructuras, comunicaciones, educación y medidas sanitarias. Todo ello en un intento de convencer a la opinión pública mundial de la conveniencia de que esta comunidad se sume incondicionalmente al futuro proyecto de constitución de una nueva nación china unificada, poderosa, dinámica y moderna. Para allanar el camino, en los últimos años, y de forma sutil, a la par que han crecido las aspiraciones independentistas entre la población exiliada, en el Tíbet se ha dado un fenómeno de colonización, en base a una fuerte inmigración de población china, especialmente dirigida hacia Lhasa, la capital.
El propio Dalai Lama ha desmentido las acusaciones del primer ministro chino, Wen Jiabao, y del portavoz de Exteriores, Qi Gang, quienes le acusan de planificar la caótica situación social del Tíbet. En un intento de desmarcarse de las desmedidas acciones reivindicativas de sus partidarios, el famoso líder espiritual ha vuelto en los últimos días a adoptar la postura de moderación y de concordia que le ha caracterizado en las últimas décadas, contraria al empleo de medidas de protesta por medio de la violencia, actitud que le valió la concesión del Premio Nóbel de la Paz, en el año 1989. Aunque insiste en la idea de que su objetivo final es que se respeten los derechos humanos en su país y se reinstaure la libertad religiosa perdida, en materia política afirma no exigir la independencia del Tíbet, sino el establecimiento de una autonomía real para esta región del Himalaya. En todo caso, es evidente que la utilización de los Juegos Olímpicos para organizar una campaña de desprestigio contra China no servirá de gran cosa. El gobierno de Pekín se opondrá, de manera firme y contundente, a cualquier intento de secesión en su territorio. Tal es así, que una hipotética independencia de la comunidad tibetana sería tan factible como la devolución de las regiones sureñas de los Estados Unidos a México o la independencia escocesa respecto a la Gran Bretaña.
De igual manera, tampoco es previsible que el régimen comunista chino haga concesiones, en breve plazo, a cierto grado aperturista que conduzca hacia un régimen de libertades civiles. Creer que unos Juegos Olímpicos contribuirán a que disminuya la opresión y el control de la población es de una ingenuidad supina, ya que China ha aprendido de la lección histórica acontecida durante el desmembramiento de la Unión Soviética en un régimen de repúblicas federadas, territorios literalmente conducidos hacia un forzado proceso de autodeterminación en base a motivos étnicos, culturales, lingüísticos y religiosos. Además, China ya se considera la nueva superpotencia económica mundial, amparada en su poderío militar y en el privilegiado posicionamiento que ostenta en el seno de la ONU, gracias a su derecho de veto. Ante esta realidad, no hace falta preguntarse qué hará la Comunidad Internacional, pues es sabido que simplemente se tomarán «tibias» medidas de presión, para guardar las apariencias, sin llegar a perturbar seriamente al coloso asiático. Entre ellas, la decisión de algunos países occidentales de no acudir a la próxima ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos. El resto de naciones callan y otorgan, dando legitimidad al Gobierno chino en sus pretensiones de mantener la integridad territorial del país, aún a costa de oprimir a las minorías sociales y de impedir el desarrollo de las libertades civicas, tanto en el Tíbet como el el resto de China. Por el momento, el asunto de los derechos humanos queda en el limbo del olvido, por mucho que les pese a intelectuales y artistas de Hollywood.

 

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