El
Trabajo como una maldición
Durante
la mayor parte de la historia de la civilización el trabajo fue
considerado como una actividad despreciable, considerándose impropia
de seres libres, y llevada a cabo por esclavos o extranjeros. Tanto
es así que incluso el origen de la palabra trabajo se encuentra
ligado al concepto de tortura: tripalium era una especie de
cepo formado por tres palos cruzados donde los reos eran atados, quedando
así inmovilizados mientras se les azotaba.
El origen de las palabras nos proporciona, así, una visión
esclarecedora de que la situación no ha cambiado tanto: ahora
a los reos se les llama asalariados, el tripalium es el actual
puesto de trabajo y los azotes son las reglas impuestas que
se han de seguir para conservarlo. La esclavitud ha sido sustituida
por hipotecas, inflaciones económicas y miedo a perder el medio
de subsistencia.
Abocados a la necesidad impuesta del consumo, en la búsqueda
de un poder adquisitivo para sobrevivir en la sociedad del bienestar,
miles de personas se ven sometidas a dividir su vida en tiempo de trabajo
y tiempo de ocio, en tiempo esclavo y tiempo libre. Se dirigen cada
día a un lugar bien sea una silla, un andamio, un vehículo...,
a ganarse el pan con el sudor de su frente, como postulan los mandamientos
más cristianos, que sitúan el origen del trabajo en la
maldición bíblica por la que la humanidad fue expulsada
del paraíso, donde se vivía sin trabajar.
La subsistencia más elemental de mucha gente depende de unas
minorías privilegiadas que amasan fortunas incalculables. Periódicamente
se exhiben listas de multimillonarios, como si fuera algo a emular,
pero no se dice que estos individuos son los principales responsables
de la miseria de miles de millones de personas, de la total destrucción
del planeta, de las continuas guerras existentes. Esta minoría
dejó de trabajar (o no lo ha hecho nunca) obligando a los demás
a trabajar para ella. Las poblaciones son masificadas salvajemente en
algunos territorios, dejando otros despoblados. Todo ello ocasiona los
llamados «problemas del agua, electricidad, etc.». Destruyen
el territorio mientras se lucran especulando. Se proyectan obras innecesarias,
se controlan las fronteras y si hace falta se hacen nuevas prisiones
para encarcelar y reprimir a los descontentos. Van de la mano de los
políticos para imponer sus reglas y se sirven de los medios de
comunicación, suyos o a su disposición, para implantar
un pensamiento único: el que les permite mantenerse como clase
dominante y explotar al resto para su propio beneficio.
Ya lo dice el saber popular: trabajando nadie se hace rico. No podemos
permanecer impasibles ante nuestra propia explotación y asimilar
el sufrimiento como algo normal en nuestra vida. No tenemos nada que
agradecer a los que nos dan trabajo, son ellos los que dependen de nosotros
para mantenerse en el poder. ¿Hasta cuando vamos a permitir que
otros dominen nuestras vidas? ¿Hasta cuando vamos a soportar
esta maldición?
Ante la resignación de la inmensa mayoría, algunos colectivos
no aceptan acatar las normas mansamente y toman medidas para rechazarlas,
mostrando al resto que se puede combatir el sometimiento. Estas muestras
de rebeldía son la lucha para defender la propia dignidad, tenemos
claro que sólo son medidas paliativas ante el abuso y que la
exigencia de mejoras en el puesto de trabajo no va a acabar con la explotación.
Hay que mostrar la disconformidad frente al conjunto del sistema actual.
La historia nos enseña que se puede vivir de otra manera. El
sentido común nos dice que se debe. No queremos ser mercancía
que se venda. Somos y seremos lo que queramos ser y no lo que quieran
que seamos. En nuestras manos y en nuestras mentes hay otra realidad
posible.
Nuestras vidas tienen mucho valor. Nuestros cuerpos y pensamientos no
tienen precio.
1º
de Mayo 2008 - CNT Catalunya
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