EDITORIAL
Casi
una década de violencia fascista en el Vallès
Se dice pronto, pero ya va casi para diez años que comenzó
a hacerse visible el problema de la violencia fascista en la zona de
Sabadell, especialmente en Castellar del Vallès. Una década
de agresiones no ha bastado para resolver un fenómeno de tal
magnitud que, de seguir así las cosas, acabará con la
muerte de alguna de las futuras víctimas. Y es que tantos años
de cacería han servido, lógicamente, para asentar una
peligrosa sensación de impunidad en los neonazis que campan a
sus anchas en la zona, haciendo suyas las calles de tod@s.
Durante todo este tiempo, no ha faltado respuesta vecinal. Por ejemplo,
la de la Plataforma Ciutadana Castellar contra el Feixisme, que no tira
la toalla. Otra cosa es la respuesta de algunas instituciones. Véase,
si no, lo sucedido con motivo de la última agresión.
La madrugada del pasado 3 de septiembre, Bakari D., un gambiano de 32
años, recibió tal paliza que hubo de pasar cuatro días
hospitalizado en la UCI del hospital Taulí de Sabadell. A la
salida de un concierto durante la Festa Major de Sabadell, 15 individuos
asaltaron, sin mediar disputa ni provocación, a Bakari y a su
novia que no fue agredida físicamente, pero sí insultada
por ser una puta que va con un negro, con el resultado
ya dicho. Pues bien, pese a los insultos que acompañaron a los
golpes, la Policía, que tardó dos días en aparecer
por el lugar de los hechos para investigar, niega aún el móvil
racista de la agresión.
La actitud policial cobra un sentido siniestro si tenemos en cuenta
el historial de violencia neonazi en la zona. Hubo un primer aviso en
1999, posterior seguramente a ataques de los que no tenemos constancia,
cuando un joven de 15 años fue agredido, también por ser
negro. A partir de aquí, las agresiones se sucedieron sistemáticamente;
un objetivo frecuente sería el Ateneu dels Insurrectes. 2001
discurrió con especial dureza en algunas zonas, como el barrio
de Torreguitart de Sabadell. Pese a las dimensiones que iba adquiriendo
el problema de la violencia fascista en la zona, ésta no fue
(ni ha sido) atajada y la secuencia de agresiones no aminoró.
En mayo de 2002, le tocó a tres ecuatorianas, en Castellar del
Vallès. Y, luego, nueva apoteosis: tras otra serie de ataques,
un grupo de casi un centenar de fascistas hace aparición durante
un concierto de la Festa Major de Castellar de 2003, apedreando el escenario
y arrojando botes de humo. Recordaremos que, en esta ocasión,
un vecino fue herido en un ojo por el impacto de una pelota de goma
durante una carga de la Guardia Civil; su demanda de indemnización,
por cierto, fue desestimada por la Delegación del Gobierno (recientemente,
un Tribunal del contencioso administrativo le ha dado la razón
al agredido). Pero la cosa no acaba aquí. 2004: un estudiante
es acosado hasta que se ve obligado a dejar el centro escolar; la familia
decide cambiar de residencia. Un caso similar en 2005: esta vez, el
joven, un colombiano de 15 años, decide aguantar pero en 2006
no puede más y regresa a Colombia. Mientras tanto, comienzan
las amenazas de muerte contra un miembro de una de las asociaciones
de vecinos de la zona que participa activamente en las campañas
de denuncia de la violencia fascista. Por lo que respecta a este año,
ya sabemos que las cosas no están yendo mejor. Cuando Bakari
D. fue agredido, aún estaba fresco en la memoria el caso de un
inmigrante guineano que fue brutalmente apaleado, tanto que llegó
al hospital con un hueso de la cara fracturado.
Es sabido, en fin, que racismo y xenofobia crecen proporcionalmente
a la presencia de trabajador@s inmigrad@s; no es menos sabido que este
fenómeno está sirviendo de palanca política a la
ultraderecha europea. El caso español queda al margen: la ultraderecha
aborigen está perfectamente representada y jaleada por el PP,
en cuyas filas se integra en buena medida. Pero, si bien esta fagocitación,
natural dado el carácter del PP, resta fuerza a los partidos
fascistas, no sucede lo mismo con los grupúsculos y bandas del
mismo espectro (nunca mejor dicho), menos organizadas e integradas,
en general, por elementos muy jóvenes que aún no han cambiado
el bate de béisbol por la corbata y la brillantina. No falta
cantera, parece ser, ni está desamparada.
Sea como sea, la conexión de la ultraderecha con el sustrato
cavernícola español es la que conforma un tejido muy arraigado,
impermeable a cualquier forma de inteligencia y de dignidad humana,
tejido que, a su vez, es el que finalmente legitima (y da todo tipo
de cobertura) a los miserables que, a pie de calle, ejecutan la sentencia
de sus mayores.
Así es en Sabadell, en Castellar. Y es tarea de tod@s que esa
ralea carca y fascista se sienta, ella sí, plenamente rechazada.
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