LA CAIDA DEL REINO DE OFIR

Rosendo

En las últimas semanas, la prensa occidental se ha hecho eco de la grave situación social y económica que atraviesa Zimbabwe, país del sudeste africano que antaño fuera considerado como el granero del África negra, en especial a raíz de los polémicos comicios electorales que han dado una nueva victoria pírrica al presidente Robert Mugabe. El líder del partido ZANU-PF, de 84 años de edad, intenta legitimizar ante la opinión pública mundial lo que a todas luces es uno de los mayores fraudes políticos acontecidos en las últimas décadas. Si bien las primeras jornadas electorales ya auguraban malos vientos para la democracia -al falsearse los resultados para que la oposición no obtuviera el 50% de los votos necesarios para gobernar-, la segunda vuelta ha estado precedida por una terrible oleada de violencia y de persecución contra los miembros del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC) y sus simpatizantes. La represión ha sido efectiva y el líder de la oposición, , Morgan Tsavangirai, ha retirado finalmente su candidatura al temer por su vida y por la de sus propios electores, muchos de los cuales han sido detenidos, torturados y desprovistos de sus bienes materiales. Su renuncia ha posibilitado que Mugabe haya siga gobernando el país, respaldado por la obtención de más del 80% de los votos en estas segundas elecciones.
El gran Zimbabwe, mítico reino de Monomotapa que logró establecer importantes tratados comerciales en el interior del continente africano y abrir lucrativas rutas comerciales con el sur de Europa, Persia, India e incluso Indonesia -tal y como relatan los exploradores portugueses del siglo XVI-, no es en la actualidad ni la sombra de su pasado. Este antiguo imperio ha sido sometido, a lo largo de los siglos, a constantes invasiones, crueles regímenes esclavistas y a un colonialismo salvaje, siendo víctima de exploradores sin escrúpulos, corruptos misioneros evangelizadores y compañías multinacionales depredadoras. Resulta desesperanzador ver cómo, ya entrado el siglo XXI, sigue habiendo naciones que, aún contando con potenciales recursos económicos e infraestructura para alimentar a la población y conservar excedentes destinables al comercio exterior, acaban en la más absoluta ruina por la ambición desmedida de sátrapas sin escrúpulos. El fantasma de la crisis económica se ha agudizado hasta el punto de haber, al día de hoy, una tasa de paro cercana al 80% de la población activa y una inflación desorbitada por el elevado precio de las cosas y la existencia de una moneda muy devaluada. Todo un ejemplo de cómo un mal Gobierno, al margen de ser un peligro potencial para el régimen de libertades públicas, puede acabar hipotecando el futuro económico de las familias. El hambre, la miseria y pandemias como el SIDA han hecho decrecer de forma alarmante la esperanza de vida, iniciándose un importante flujo migratorio hacia los países vecinos que ha creado graves conflictos étnicos en esta región meridional del continente africano.
La actual crisis tiene su origen en una desastrosa política económica basada en una fallida reforma agraria. Desde hace años se ha impulsado la expropiación forzosa de centenares de granjas, propiedad de una minoría de familias de origen europeo, para ser entregadas a campesinos afines al Gobierno y a veteranos de guerra en pago por sus servicios. El Parlamento ha autorizado la desposesión de prósperos latifundios, en manos occidentales, y su posterior redistribución entre los ciudadanos autóctonos, sin que en muchos casos medie indemnizacion alguna para sus ‘legítimos’ dueños. La mayoría de las haciendas fueron ocupadas, en medio de graves disturbios, sin los conocimientos necesarios para su administración ni la posesión de medios económicos ni materiales para reanudar la producción agraria. Esto originó un paro generalizado en el sector primario de la economía del país e hizo que las compañías extranjeras congelaran nuevas inversiones, generándose mayor desempleo y crisis económica, lo que provocó frecuentes huelgas masivas de trabajadores y numerosas protestas ciudadanas. Mientras tanto, Occidente ha guardado un vergonzante silencio, en especial Reino Unido, ya que, como viene siendo habitual, la Administración inglesa ha utilizado a sangrientos dictadores para proteger sus intereses financieros y Zimbabwe es un claro ejemplo de cómo las multinacionales extranjeras, codiciosas de monopolizar la explotación de las materias primas del país, se han visto beneficiadas por la generalizada corrupción institucional.
La oposición ha propuesto la negociación de un gobierno transitorio de unidad nacional que suponga el fin de la violencia y permita la entrada en el país de urgente ayuda humanitaria. Pero es difícil que Mugabe, que todavía conserva el apoyo incondicional de militares y excombatientes, renuncie a su cargo una vez que el sillón del poder se le ha quedado pegado a su trasero. Entre otras lindezas, es responsable de la creación de temibles campos de ‘educación’ donde se ha recluido a prominentes líderes políticos para recordarles, mediante prisión y torturas, la inconveniencia de exigir reformas democráticas en el país. El régimen ha sido acusado de acallar las voces discrepantes de sindicalistas, jueces, abogados y periodistas críticos con el Gobierno y de asesinar a prominentes líderes políticos de la oposición. Se calcula que Mugabe no sólo ha sido instigador de la muerte de miles de compatriotas, hecho que le haría acreedor de perder sus privilegios económicos tras ser juzgado por el Tribunal Penal Internacional por genocidio y múltiples crímenes contra la humanidad, sino que ha contribuido a la desestabilización del continente al apoyar, mediante el envío de armamento y combatientes, a regímenes criminales como el instaurado por Laurent Kabila en la R. D. del Congo. Pero su perpetuación en el poder le asegura inmunidad diplomática hasta su muerte. Por ahora, aunque entre los países africanos que constituyen la Unión Africana (UA) hay división de opiniones sobre las medidas a ejercer, la Unión Europea y los Estados Unidos han apoyado la imposición de nuevas sanciones económicas al régimen de Harare, que no harán otra cosa que agravar la crisis económica de Zimbabwe, muy acosado por los planes de ajuste estructural impuestos por el FMI.

 

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