Bajar del monte: el maquis libertario

Películas como Silencio roto de Montxo Armendáriz o el documental La guerrilla de la memoria de Javier Corcuera y libros como Ramón Vila, Caracremada de Josep Clarà están acercando a la sociedad las vivencias y la historia del maquis. A la par que aumenta el interés por esta guerrilla, se multiplican los intentos de despojarla de su carácter mayoritariamente libertario para presentarla vagamente como «lucha republicana» o «democrática», al igual que sucede con figuras significadas del anarquismo ibérico (Salvador Seguí, Puig Antich, Joan Peiró…).
Para aclarar algunos aspectos del apasionante legado del maquis, hemos entrevistado a la historiadora Dolors Marín, autora de Clandestinos. El maquis contra el franquismo, 1934-1975 (Plaza y Janés, 2002), cuya primera edición ya está prácticamente agotada.

Mateo Rello

Pregunta. Varias películas y libros recientes están popularizando el tema de los maquis. Tras tantas décadas de silencio ¿qué está cambiando para que ahora aflore esa memoria, precisamente mientras se reabren las fosas de la Guerra y parece que empieza a cuestionarse el mito de la Transición?
Respuesta. El pacto de silencio que supuso la Transición implicó una grave injusticia contra todos los vencidos de la Guerra Civil; no se repararon exilios, no hubo pensiones para excombatientes o viudas ni se revisaron sentencias infamantes. Hoy, sin embargo, hay una generación —la que se corresponde más o menos con la de los nietos de los vencidos, y que está marcada por el fenómeno de Seattle— que está descubriendo en el pasado de la Península una experiencia fascinante (sindicatos, colectivizaciones, escuela racionalista…), una generación que quiere saber y que no tiene el trauma de la derrota y la humillación que marcó a los vencidos y a sus hijos. De hecho, muchos nietos de gente a la que entrevisté en mis investigaciones vienen hoy a pedirme las grabaciones en que intervienen sus abuelos.
Paralelamente, hay un fuerte movimiento universitario y municipal que intenta frenar la derechización institucional, promoviendo la memoria de todo aquel mundo que fue arrasado en 1939.
P. ¿Realmente estos guerrilleros fueron tan populares como hoy su leyenda nos hace creer que lo eran?
R. El maquis siempre tuvo la astucia de buscar acciones espectaculares y populares que dejaran patente que había oposición —y oposición armada— al Régimen. Al margen de los aspectos novelescos de sus atracos, estos guerrilleros castigaban precisamente a los más arrogantes de los vencedores: somatents, falangistas, estraperlistas; también a patronos señalados por la CNT: cuando alguno se propasaba, recibía por correo un sobre con una bala y se daba por advertido.
Por eso, la Barcelona del maquis tenía una frontera clara, que era la Diagonal: al norte estaba el territorio enemigo.
Todo esto tiene un reflejo perfecto en la prensa de la época. Mientras la «seria» hablaba escuetamente de «bandoleros», las cabeceras sensacionalistas como El Caso o Por qué se recreaban en la crónica negra que, por cierto, alimentó buena parte del cine de la época y de las novelas de género. De esta forma, se escribió camufladamente la historia de las acciones del maquis.
Por lo demás, el socorrido boca a boca se constituyó en el mejor difusor del constante trasiego que fue la vida del maquis desde 1946 hasta bien entrados los años 50.
P. Catalunya fue uno de los territorios con mayor implantación del maquis ¿Esto fue debido a la vecindad de la frontera francesa?
R. Sin duda, la proximidad de Francia facilitaba una buena base de operaciones. Pero también la fuerte implantación del anarcosindicalismo en Catalunya facilitó tantas acciones.
Los grupos contaban con guías locales –Marcelino Massana, Ramón Vila, Denís Català…– que no solían pasar de Berga o Manresa. La parte de acción urbana quedaba para gente como Facerías, los hermanos Sabaté o el grupo Los Maños, gente que sabía moverse por la ciudad, bien vestidos y con la metralleta en el maletín.
Se podría decir que el maquis urbano es casi un fenómeno autóctono, frente a otros casos como el vasco o el aragonés, eminentemente rurales. Hasta el punto de que gente como Quico Sabaté, paradigma del militante formado en CNT y luego luchador en el frente, estaba convencida de que Barcelona, con su viejo sustrato de militancia anarcosindicalista, volvería a ser la Rosa de foc desde la que relanzar todo el Movimiento Libertario.
P. ¿En qué época se sitúa el fin del maquis? ¿Es Defensa Interior su continuadora natural?
R. Los asesinatos de Quico Sabaté en el 60 y de Ramón Vila, Caracremada, en el 63, marcan el fin de esta guerrilla. Defensa Interior, en efecto, es una experiencia distinta que continuó con la lucha del maquis. DI supuso la irrupción de una nueva generación que no vivió la Guerra ni se formó en el rico tejido social que la precedió.
P. Y aquí se reanudó un viejo conflicto con parte del anarquismo exiliado en Francia que, como en el caso de la FAI, dio la espalda a la lucha del maquis e, incluso, intentó frenarla.
R. Como es lógico, por imperativos vitales, el Movimiento Libertario del Interior, aglutinado en torno a Manuel Molina y Lola Iturbe, y el del Exterior, representado por Federica Montseny y Germinal Esgleas, tenían ópticas muy distintas a la hora de entender la vivencia de la lucha. Ahora bien, nunca se perdió una afinidad casi familiar, un contacto humano que unificó las bases de todos los sectores.
En todo caso, hay que tener en cuenta que, tras el 39, la familia ácrata se dispersa por el Globo y esto facilitó que hubiera intentos de capitalizar la voz del Movimiento.
P. ¿Cuál es la aportación de tu libro, Clandestinos?
R. He pretendido huir de los grandes nombres para poner el acento en el hecho de que estamos hablando de un movimiento coral, integrado por mucha gente anónima que se lo jugó todo en la lucha. En Clandestinos se refleja su difícil día a día, con la quema de masías, la Ley de Fugas aplicada a los guerrilleros tanto como a sus familiares, etc.
También he intentado ampliar el rastreo de fuentes. De hecho, tras muchos esfuerzos, conseguí acceder a los archivos policiales y ahí pude contrastar los fantasmas de los perseguidores con los de los perseguidos. Por cierto, las fichas de la policía niegan la versión oficial del simple bandolerismo, pues la filiación libertaria de los guerrilleros está siempre presente.
Otra fuente importante a la que he tenido acceso es el Archivo Histórico de Hospitalet, donde se guardan las denuncias y antecedentes de los llamados «rojos». Gracias a este material, he podido reconstruir las biografías de gente de aquellos grupos, desde Quico Sabaté hasta miembros de mi propia familia.
Por último, con Clandestinos he pretendido hacer una obra de divulgación y no una monografía técnica. Porque lo interesante es que el maquis no pertenezca sólo a la memoria de un grupo o al saber de una minoría profesional, sino que entre por fin en la memoria colectiva. Eso sí, sin olvidar las particularidades de este movimiento: que estuvo integrado mayoritariamente por anarquistas organizados en grupos de afinidad –tendencia que ya arranca de la Alianza bakuninista– y sin jerarquización ni dirigismo; que su carácter fue generalmente ofensivo, frente al caso de otros maquis, siempre replegados y defendiéndose del acoso policial y militar, echados al monte; que este carácter ofensivo lo relaciona con los distintos intentos del Movimiento Libertario encaminados a matar a Franco, lo cual también es coherente con la trayectoria magnicida del anarquismo; y que no se puede acusar a los maquis de ingenuidad política, ya que su lucha siempre estuvo encaminada a posibilitar la recuperación de condiciones objetivas desde las que reconstruir todo el tejido asociativo, educativo y sindical, que el anarquismo había construido en la Península.

LA BARANA DEL VENT

Postal poètica de Barcelona

Ferran Aisa

El poeta Mateo Rello (Badalona, 1968) acaba de publicar el seu primer llibre de versos, Orilla Sur, fábula de Barcelona, però, això no significa que arribi de zero a la plaça poètica. L’autor d’Orilla sur ja fa temps que participa en recitals i gires poètiques pels ateneus, bars i altres centres alternatius, tan de Barcelona com de Santa Coloma (ciutat on ha passat la major part de la seva vida). La seva obra que, fins ara només es podia trobar en publicacions marginals, ha estat editada pel Grup Poètic León Felipe i prologada per l’ànima del grup Adolf Castaños. El Grup León Felipe, en els darrers anys, ha desenvolupat una gran tasca de difusió de la poesia i de la música, a través del seu Cabaret Poètic. El resultat ha fet que la veu de nous poetes i cantautors hagin conviscut amb els autors clàssics en escenaris ben diferents, com són, entre altres, l’Ateneu del Xino, el Centre Cívic de Sant Martí de Provençals, el CCCB, l’Espai Obert, etc.
Mateo Rello, a més de poeta, és prou conegut com a redactor de Solidaridad Obrera. Des de les pàgines de la Soli, el Pati, ha divulgat i apropat la figura d’autors i artistes actuals als seus lectors: Jesús Lizano, Jaume Sisa, David Castillo, Enric Cassasses, etc. A més ha estat un dels impulsors del suplement ArtArquía que recull, periòdicament, treballs de tipus artístic. El mateix Mateo Rello hi va publicar, l’hivern de l’any 2000, diversos poemes i la biografia de tres poetes llibertaris Adán Olisipo, Liberto Acina, i Fernando Silva Gante, que resultaren ésser tres heteronònims del nostre autor. És curiós ressaltar que aquests tres poetes citats van aparèixer en l’enciclopèdia anarquista com personatges reals. Així mateix, un dels poemes d’Olisipo, va ser musicat pel cantautor Moi Rojo.
L’Orilla sur és un poemari realment viu on les paraules brollen d’una manera natural, producte de l’esperit inquiet i reflexiu del poeta. Els versos recorren els carrers i les places de Barcelona que van a morir, com un riu, al mar on sempre ens espera un incert vaixell per fugir... El poeta revisita el que queda del record de la Rosa de foc i fa un viatge, als creatius anys setanta, quan La Rambla era una mena d’utòpica República d’A, tal i com la va cantar el galàctic Jaume Sisa. El trajecte l’acaba a l’actual Raval on conflueixen ètnies i llengües diverses: «...la Babel insesante salta y salta,/y tú resbalas y estás participando/del gran misterio bufo de la razas.»
En el poema «Barcelona» tornem a trobar el petit univers de Rello representat pels gats i els peixos grecolatins: «Tú, que a nuestra imagen/y a semejanza nuestra,/eres tantas en una/tú, la ciudad amada,/míranos a los ojos/porque queremos entenderte.»
En alguns versos de Mateo Rello he trobat un paral.lelisme amb el gran poeta Josep Maria Fonollosa que també va cantar la ciutat de l’home des de Barcelona, quan escrigué: «La ciudad está llena de caminos./Todos son buenos para escapar de ella.»
Rello trepitja poèticament els carrers i els retorna revestits d’emoció i reflexió crítica com en els versos: «Calle d’en Robador», «Calle Carbassa, reino del rojo» i el bell poema «Canción de los gatos de la calle Aurora».
En el vers que dóna nom al llibre «Orilla sur», Rello, parla de l’ofici del poeta: «Mirar es nuestro oficio./Los ojos buscan siempre/la orilla más al sur/pues siempre más al sur están de nuevo/nuestros días azules bajo el sol de la infancia.» El vers és una evocació a un dels seus poetes preferits, Don Antonio Machado, del que cita el seu darrer poema, escrit, en la platja de Cotlliure, pocs dies abans de morir. En els versos d’Orilla sur hi ha quelcom de familiar i nostre, i, també, el retrat èpic d’un somni perdut: «Es/cuando Pericles habla Atenas/y sus palabras cosen/con hilo oculto y rojo/los corazones atenienses. La ciudad huele entonces/al roce de los árboles, murmullo/de corazones atenienses,/mientras tambores y trompetas/de luz/resuenan en los ojos,/mientras, sin pausa, una/a una se abren/tus calles, Barcelona,/rosa de fuego de un 19 de julio/lleno de corazones atenienses.»

 


El pasado 20 de enero se presentaba en el local de la Fundació d’Estudis Llibertaris el libro La corriente de Luis Andrés Edo. Pocas veces habíamos asistido aquí a un acto tan concurrido, dándose además la circunstancia de la heterogeniedad del público que abarrotó la sala. En el anterior nš de Soli publicamos el texto «El último heterodoxo» con el que Pep Castells presentó la obra del Edo; hoy cerramos la serie dedicada a La corriente con «La cárcel como lugar de creación» de Doris Ensinger, texto con que se inició el mencionado acto del 20 de enero.

Quizás no sea la persona más idónea para hablar de la cárcel porque las pocas veces que crucé el umbral de la puerta de una prisión, siempre me quedé a este lado de los hierros, es decir que fui de visita. Pero por mis ideas y mis inclinaciones, la cárcel, la expresión más brutal e inhumana de nuestra sociedad, forma parte de mi vida desde hace mucho tiempo. Entró en mi conciencia a través de libros y películas, pero era por mis amigos y compañeros, primero en Alemania, después aquí en España, que pude vivir directamente lo que significa estar condenado a la privación de la libertad. Y es por eso que me atrevo a hablar de ello.

Doris Ensinger Enero de 2003

La cárcel como lugar de creación
La importancia de la creación en la cárcel


Para presentar el libro de Luis Andrés Edo

El preso siempre piensa en irse; nunca piensa en quedarse. Pero hay muros, barrotes, cerrojos, fosos, alambre de espino, capas de cemento y hormigón, cámaras y carceleros... que le impiden que se vaya antes de que el sistema se lo permita. La cárcel basada en la idea atávica de que un mal inflingido debe ser pagado por otro mal –la privación de la libertad, sino la pena de muerte–, tiene, sin embargo, no sólo la idea de la penitencia; sobre todo en el caso del preso político hay un objetivo muy distinto: Con el encierro entre muros se comete un acto de venganza, él que se atrevió rebelarse contra el sistema, debe sentir quien ostenta el poder, y al disidente e insumiso se intenta vencer, si no aniquilar psíquica o incluso físicamente. El poder estatal necesita controlar la totalidad de sus manifestaciones vitales –sus movimientos, sus percepciones sensoriales, sus comunicaciones, la satisfacción de necesidades físicas como el sueño–, como afirma Peter Brückner en su libro sobre Ulrike Meinhof1. La reclusión del preso revolucionario o antirrégimen pretende, por lo tanto, siempre la sumisión, la despersonalización, la destrucción de la energía, el quebranto de la voluntad, en fin el destrozo de la presa. Es difícil luchar y resistir contra el represor que tiene toda una maquinaria en sus manos, pero para el preso es fundamental defenderse contra los ataques para poder conservar su integridad, la personalidad y la dignidad. Se necesita un «esfuerzo titánic», como escribió Eva Forest2, para sobreponerse del impacto y seguir. El preso se encuentra muchas veces en la situación que la rusa Vera Figner vivió en los terroríficos calabozos de la cárcel de Schlüsselburg: «De todas las personas solamente nos quedaron los gendarmes, que frente a nosotros eran tan mudos como las estátuas, con rostros inexpresivos. La vida pasaba sin impresiones; los días, las semanas, los meses no se dintinguían entre sí. A veces me parecía como si ya no existiera nada en el mundo aparte de mí y el tiempo que se arrastraba en su interminabilidad.»3 Para poder sobrevivir las durísimas condiciones carcelarias con su rutina y monotonía, la censura, las prohibiciones –de libros, cartas, visitas– y frecuentemente castigos físicos y psíquicos y torturas, habrá que idear una estrategia de supervivencia, encontrar algo que sirva para más que sólo matar el tiempo y pasar los días. Es vital tener una ocupación que proporcione un mínimo sentido de la vida, que mantenga viva la autoestima y alivie la existencia detrás de los barrotes para así poder soportar todo lo que significa el encarcelamiento: la separación de las personas queridas, la pérdida de decisión y movimiento, las privaciónes de actividades, libros, utensilios y a menudo la ausencia total de personas.
Muchos son los relatos que nos cuentan de estas condiciones extremas, pero también de las formas en que algunos presos las superaron. En su «Novela de ajedrez», Stefan Zweig nos cuenta uno de estos casos: un preso retenido por la Gestapo en el aislamiento más absoluto, sin contacto alguno y nada para distraerse para que así confiese lo que sus interrogadores quieran oír. Pero la casualidad le proporciona un libro con el cual engañará a sus carceleros: es un libro de partidas de ajedrez que aprende de memoria. En este caso ficticio, la ocupación encontrada lleva al preso casi a la locura, aunque posteriormente también a la libertad.
De presos reales recluídos en celdas de aislamiento sabemos de la importancia de una distracción y ocupación. Muchos encontraron su método para sobrevivir, algo que les ayudara soportar la reclusión y evitar así la locura o el suicidio: Por ejemplo un pajarito herido encontrado durante el paseo en el patio se convierte en compañero de celda y objeto de análisis. Para Robert Stroud, el famoso hombre de Alcatraz, se abre así la oportunidad de dar algo de sentido a su vida. Sus estudios le convierten incluso en un ornitólogo reconocido, aunque, como sabemos, nada le ayudaron en recuperar la libertad. Ya años antes había otro preso que gracias a unos pájaros pudo «escapar» temporalmente de su reclusión. Una pareja de golondrinas había decidido construir su nido en la celda del alemán Ernst Toller, encarcelado por su participación en la revolución de 1919 en Munich. La convivencia con estos dos pajaritos le hizo mucho más leve su estancia en aquella celda. De sus observaciones nació su famoso «Libro de las golondrinas», todo un canto a la libertad.
Otros presos buscaron un trabajo manual para estar ocupados y distraídos. Vera Figner, que acabo de mencionar, escribe que finalmente, después de muchas peticiones, huelgas de hambre y luchas arrancaron al inspector de la cárcel el permiso de trabajar en los talleres donde un preso carpintero les enseñó la elaboración de muebles. Más tarde permitieron incluso que cultivaran un trozo del patio. Vivieron sensaciones sobrecogedoras cuando después de tantos años vieron otra vez un tallo de hierba y pudieron ver crecer una flor.
Para muchos, sin embargo, escribir es una necesidad fundamental. Grandes escritores han pasado por la prisión, y fue precisamente la celda el lugar donde algunas de sus obras fueron compuestas. Pero no solamente escritores o intelectuales encarcelados sienten la necesidad de escribir, también presos que quizás antes apenas habían tocado un lápiz se ven impulsados a apuntar sus pensamientos. Es una forma de creación y autorealización que aleja momentáneamente de la realidad. En estos textos creados en la cárcel –muchas veces poemas, pero también novelas, relatos o cuentos– los autores plasman tanto la dura experiencia de su encarcelamiento como sus deseos, sueños y esperanzas. Describen lo que les rodea, reflejan las condiciones a las que están sometidas, casi siempre expresan las pérdidas y carencias que la vida entre rejas conlleva, pero también recuerdan la vida más allá de los muros de la cárcel. Con esta «literatura carcelaria» se quiere, como dice Peter Paul Zahl, un «experto»‘ en la vida carcelaria4, «superar la carencia a través de la anticipación, los sueños y las utopías». Escribir permite, por lo menos durante un tiempo limitado, escapar de la cruda realidad y crear un espacio propio que no pueda ser invadido por los represores.
Uno de aquellos presos para quienes la escritura era vital para sobrevivir era Kropotkin: se salvó así de la enfermedad y aprendió a soportar mejor la reclusión. Gracias a la intervención de la Academia de las Ciencias, el Tzar (Alejandro II) le concedió un privilegio y le permitió tener «pluma y tinta» – aunque «... sólo hasta la puesta del sol»5. Durante su encarcelamiento en la fortaleza de San Petersburgo pudo así terminar sus libros basadas en sus viajes por Siberia y el Antártida. Un dato destacado por Luis en la Introducción del libro merece ser mencionado aquí: La figura histórica de la Biblioteca Carcelaria existió también en las cárceles rusas de aquella época, y Kropotkin hace hincapié en sus Memorias que «generaciones de presos políticos que habían sido encerrados en la fortaleza de Pedro y Pablo habían compuesto, con el tiempo, una biblioteca considerable» (pág. 383).
Podríamos llenar seguramente toda una biblioteca con los incontables testimonios escritos en la cárcel, que abarcan ya varios siglos y existen en muchísimas lenguas: Son de escritores que pertenecen a la literatura universal, de autores menos conocidos y hasta de anónimos. Quiero recordar o mencionar a algunos: El Marquis de Sade pasó casi treinta años de su vida en la cárcel y escribió ahí sus obras más famosas. A finales del siglo XVIII, el poeta alemán Christian Friedrich Daniel Schubart estuvo recluido diez años en una cárcel fortificada y escribió en ese tiempo sus poemas políticos. Ejemplos para España son Quevedo, Miguel Hernández. Oscar Wilde nos dejó de su reclusión la «Balada de la cárcel de Reading». El francés Jean Genet redactó varias de sus obras metido entre rejas. El irlandés Brendan Behan, miembro del IRA, y el americano Charles Bukowski transformaron sus experiencias carcelarias en dramas y poemas. Durante los cinco años de reclusión el antes mencionado Ernst Toller escribió, aparte del «Libro de las golondrinas», algunas de sus obras más importantes. Entre los menos conocidos se puede mencionar al revolucionario ruso Nicolai Chernychevski cuya novela social-utópica «¿Qué hacer?» fue escrita también en la fortaleza Pedro y Pablo de San Petersburgo. Y como fue precisamente en este lugar que, en su día, se presentó el libro, quiero mencionar también a aquel joven libertario, Josep Domènech, que dejó un cartapacio de versos escritos para su novia Natalia en los meses anteriores a su ejecución en el Campo de la Bota. Y entre los anónimos quiero hacer referencia a un delincuente común: estaba condenado por delitos gravísimos, pero sus poemas escritos en doce hojas de papel seda reflejan una sensibilidad especial. Encontró su fin en las calles de Barcelona acribillado por la policía.
Al lado de la literatura propiamente dicha también se escribieron ensayos y escritos teóricos –con lo que nos acercamos poco a poco al libro que esta noche presentamos aquí. Al lado de Kropotkin y otros revolucionarios rusos del siglo XIX podemos mencionar por ejemplo a Antonio Gramsci y Toni Negri. Y es a esta categoria de «literatura carcelaria» que pertenece el libro de Luis Andrés Edo.
Las cárceles franquistas de los años sesenta no eran las tumbas siniestras de granito como la fortaleza de Pedro y Pablo ni las cárceles de los primeros años del Franquismo ni las cárceles estériles de alta seguridad de hoy en día. Los presos –si no estaban condenados a la celda de castigo– tenían cierto movimiento dentro de la cárcel, pasaban horas en el patio, organizaban partidas de dómino y futbol, charlas, debates y reuniones. A través de las anécdotas que Luis solía contar sobre aquellos años, conocí el universo antifranquista y a muchos de los miembros de la población carcelaria –a Marcelino, al «Niño» (Gerardo Iglésias), a Sartorius y Paulino, a un altivo Bardém, al peor portero de la cárcel, un tal José Luis López de Lacalle, a miembros de ETA, la temprana, a Miguel García y David y a muchos otros, es decir a representantes de toda la gama antifranquista desde los cristianos a los anarquistas. Y cuando transcribía el manuscrito, aparecieron delante de mí todos estos antifranquistas, pero ya no como individuo, si no convertido en una tendencia ideológica: los marxistas, maoistas, estalinistas, leninistas, sindicalistas, libertarios, anarquistas. Sus charlas y discusiones y debates se habían convertido en reflexión y análisis filosófico y nació la idea (en Luis) de dejar constancia de las discusiones y del análisis en forma de artículos. Por las razones que sean el Manuscrito no se convirtió en publicación entonces. Pasaron muchos años hasta que se reencontró y por fin, «el manuscrito... con caligrafía muy clara», como escribe Luis, se convirtió en un manuscrito informático y de ahí en el libro que muchos de vosotros ya habéis podido ojear o incluso leer. Me atrevo a afirmar que la creación de este libro no hubiera sido posible –por lo menos no con la estructuración y el contenido que tiene ahora–- sin la estancia en la cárcel, en aquel preciso momento, aquella cárcel de Soria, con aquellos compañeros y aquellos debates que le sirvieron de inspiración.
Quizás destacar también que hay dos períodos de elaboración del libro: el primero que abarca la redacción del manuscrito en la celda, el pase clandestino y envío a París y la transcripción de las primeras 70 páginas en una máquina de escribir francesa sin acentos. La segunda fase, en la cual estaba implicada yo, va desde el redescubrimiento del Manuscrito en 2001 hasta la terminación hace aproximadamente un mes. Estoy segura de que este libro correrá mejor suerte que uno de los libros de Kropotkin: La primera edición de «En las prisiones rusas y francesas», publicada en Londres en 1887, se agotó enseguida –los agentes de la policía secreta rusa habían comprado prácticamente la totalidad de la edición y la destruyeron–. La palabra, a veces, es un arma muy peligrosa. Luis, más sabio y más experimentado, ha distribuído ya casi toda la edición y así conseguirá lo que pretende con este libro: iniciar una discusión necesaria y contribuir así a «La corriente».

1. Peter Brückner: Ulrike Marie Meinhof und die deutschen Verhältnisse. Verlag Klaus Wagenbach Berlin, 1979, pág. 154
2. Eva Forest: diario y cartas desde la cárcel. Éditions des femmes, Paris 1975, pág. 8
3. Vera Figner: Nacht über Russland. Malik-Verlag, Berlin 1928, pág. 256
4. El escritor alemán Peter Paul Zahl en una entrevista. Fue condenado a 15 años de cárcel por pertenencia a un grupo armado etc. y escribió ahí varios libros de poemas y su novela «Die Glücklichen» (Los felices).
5. Peter Kropotkin: Memoiren eines Revolutionärs. Bd. II. UNRAST-Verlag Münster, 2000, pág. 383


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