AJONEGRO


La nueva amenaza     Pepe Ribas

La realidad social, lo que de veras ocurre en el seno de nuestra sociedad, escapa al control de la opinión pública. La inmensa mayoría de ciudadanos no podemos saber cómo el poder global gestiona el progreso y los conflictos. Y está imposibilidad es la gran coartada del Sistema único.
Las carreras universitarias y la especialización de los estudios, tal cual están establecidos, cuartean el conocimiento y escinden ya no sólo las materias de la ciencia, la sociología o el espíritu. También segregan a cada una de ellas en pequeños pedazos descompuestos.
El poder que gestiona la globalización necesita infinidad de técnicos especializados que muevan los pequeños chips del colosal engranaje, en manos de muy pocos, sin cuestionar un ápice el uso que el poder hace de su saber. Así es como cualquier diagnóstico de especialista solo es un ínfimo fragmento de la progresiva homogeneización económica, política y cultural que se nos impone.
La sociedad de consumo y el neocapitalismo, proclaman los creadores de los estados de opinión, es inmutable y no existe alternativa. La propaganda, el sistema educativo y las nuevas fórmulas de ocio amplifican lo que estos chupatintas definen como una sociedad abierta de libre mercado y el mejor de los mundos posibles. ¿Qué decir, por ejemplo, a cómo funciona ese libre mercado ante el hecho de que las patentes de las semillas de los cinco cereales que alimentan a la población mundial –transgénicas y las plantas que nacen de ellas no son fecundas– estén en manos de cinco multinacionales? Los científicos que las han inventado sabían que sus investigaciones se transformarían en el medio más colosal de control de población en manos de especuladores que solo buscan el beneficio económico y jamás la función social. También sabían que sólo conseguirían contraprestación económica si su saber iba a parar a las grandes corporaciones, las únicas capaces de invertir en investigación y recomponer los diferentes saberes en aras de incrementar patrimonio y capacidad de control.
Si en el siglo pasado, los capitalistas se apropiaron de la plusvalía productiva de la clase obrera, ahora engullen los réditos de cualquier profesional sin apenas resistencia. La sociedad abierta es una sociedad militar que controla la formación de los estados de opinión de forma militar.
¿Dónde queda el hombre integral, humanista y solidario con los demás hombre y con los diversos saberes?
Los medios de comunicación juegan un papel esencial en la configuración de cualquier estado de opinión. Pero como los datos se descuartizan y no existe un debate real que tenga en cuenta los diferentes contextos sociales de forma amplia, la opinión pública se transforma en impresión pública.
Vivimos en constante agitación y reaccionamos ante una guerra, las elecciones a ayuntamientos, la catástrofe del Prestige, la hambruna africana o la destrucción de Palestina de forma contundente pero sin conexión, como si estos hechos no articularan la verdadera naturaleza de esta realidad que se nos escapa.
Hoy más que nunca, debemos ser capaces de articular un sistema que unifique las diferentes luchas, esporádicas, en una lucha global que encienda la alternativa a ese sistema que nos ha convertido en «piezas» de una máquina eficiente. El problema para quienes lo consigan en este momento en que la lucha social por la justicia, tras la guerra ilegal de Irak, vuelve a motivar a muchos descontentos, es la acusación de ser agentes del terrorismo internacional. La nueva coartada. Y que nadie espere el desmentido por parte de los agentes que articulan la opinión pública, atenazados como en las más fieras dictaduras por las consignas del gran capital.




El final de los partidos políticos     A.G.

Los últimos acontecimientos ocurridos tanto en España como en otros muchos lugares vuelven a poner de manifiesto que algo que se viene intuyendo desde hace mucho tiempo: el sistema de organización social que se basa en los partidos políticos es algo que está absolutamente periclitado. Todas las movilizaciones sociales de una cierta importancia se están realizando al margen, cuando no en contra, de los partidos. Es lo que ha ocurrido con la agresión anglonorteamericana contra Irak o con el hundimiento del Prestige, que llenó de combustible las costas de Galicia.

Movimientos apolíticos
Las protestas contra la invasión de Irak se han organizado al margen de los partidos, cuyos dirigentes únicamente se han apuntado al carro para salir en la foto. Todo se ha organizado a través de coordinadoras autónomas y de grupos surgidos de forma espontánea alrededor del asunto. Estos grupos, estas coordinadoras, se han limitado a recoger una situación de protesta real para, a partir de ahí, dar forma a un movimiento que sólo incidentalmente tiene alguna connotación política. Es decir, se rechaza la invasión de Irak y, en el caso de España, se pide, pero sólo como una consecuencia lógica de lo anterior, la dimisión de José María Aznar. Lo mismo ocurre en Inglaterra con las críticas al primer ministro, Tony Blair. En el caso del Prestige, la situación es exactamente la misma: organizaciones apolíticas actúan contra el vertido de fuel en la costa, se organizan para ayudar a los pescadores gallegos y, sólo como una conclusión evidente, se exige la dimisión de los miembros del Gobierno implicados en la pésima gestión del asunto.
El caso de Irak y el del Prestige han tenido antecedentes. Los más inmediatos son las protestas de los movimientos antiglobalización contra las reuniones en las que los líderes del capitalismo se ponían de acuerdo en el reparto de los mercados mundiales (o europeos). En estas ocasiones, grupos de la más diversa procedencia ideológica, pero con el común denominador de una total independencia de los partidos, se organizaban autónomamente logrando aglutinar un sentimiento generalizado en muchas capas de la población: el rechazo a que, de forma ostensible, chulesca y provocadora, los responsables de la pobreza mundial se reúnan pública y notoriamente, para estudiar las formas de perpetuar el sistema que, a cambio de mantener a ingentes sectores en la pobreza, les produce a ellos grandes beneficios económicos.
También en estos casos, los partidos políticos, cuando aparecen, lo hacen única y exclusivamente para intentar lograr publicidad, para aparentar que ellos también son parte del movimiento. Pero es falso. Los movimientos que estamos analizando son apolíticos. Este apoliticismo no quiere decir ausencia de ideología. Muchos de los grupos promotores de las protestas la tienen: hay ecologistas, anarquistas, colectivistas y otros. Lo que es común a todos es su independencia —cuando no rechazo— de los partidos políticos.
Pero estas formas organizativas no se producen solamente para la protesta, para la actuación contra algo. También son movimientos de creación, de construcción de alternativas, eso sí, de alternativas prácticas, no teóricas. Por ejemplo, en Argentina, ante la pobreza de grandes capas de la población producida por la rapiña del capitalismo internacional y local, se están poniendo en práctica formas organizativas para responder a determinadas necesidades populares que surgen absolutamente al margen de los partidos. La organización de una especie de cooperativas de consumo en barrios enteros de grandes ciudades es uno de los ejemplos. También han surgido mecanismos de intercambio en diversas zonas, mediante la creación de auténticos mercados populares en los que el dinero no tiene valor y ha sido sustituido por los productos y servicios que se intercambian. Son métodos de organización social que, además de apartidistas, son autogestionarios, como en el caso de la ocupación y puesta en marcha de fábricas abandonadas por sus propietarios. En estos casos, los trabajadores de las empresas ocupadas se ponen en contacto con otros en su misma situación a través de las correspondientes coordinadoras. El llamado Movimiento de los Sin Tierra de Brasil es otro ejemplo de este tipo de funcionamiento autónomo y autogestionario, en este caso, en el campo.

Una tradición antigua
En realidad, las características esenciales de estas formas organizativas no son nuevas. El comunismo libertario, las organizaciones antiautoritarias, los grupos específicos anarquistas o el anarcosindicalismo son, por citar algunos casos, ejemplos de esos esquemas de funcionamiento y autoorganización social. Lo sorprendente es que estos movimientos surjan después de que esas formas de actuación se habían dado por muertas y enterradas. Sigamos poniendo ejemplos: la práctica extinción de la CNT, al menos su desaparición como organización con importante incidencia social, se ha interpretado por los expertos como la muerte del anarquismo y de los movimientos más o menos ligados a las corrientes anarquistas, libertarias o antiautoritarias. Craso error. Porque esos expertos, normalmente procedentes del capitalismo, ya sea en su versión estatista (marxismo) o liberal, nunca entendieron la esencia del anarquismo. Nunca entendieron que el anarquismo —y los movimientos de su misma órbita— no es una ideología, no es un cuerpo de doctrina, sino una actitud, una forma de ver las cosas y, sobre todo, una forma de actuar.
Por ello, lo que está ocurriendo ahora no es nuevo. Sorprende a quienes no entendieron nunca que los movimientos antiautoritarios, autogestionarios y apartidistas son algo muy distinto de las ideologías o doctrinas al uso. Y sorprende por otra razón, ésta sí bastante nueva: los partidos políticos han llegado al final de su recorrido como forma organizativa eficaz para defender a los que están debajo de la pirámide que es la sociedad. Hablamos de los partidos que se han autodenominado siempre como de izquierda, porque los otros, los llamados de derecha, son sólo formas temporales de organización de los propietarios del capital cuando no pueden imponer sus criterios mediante métodos más expeditivos. Son esos partidos de izquierda los que ya están fuera de cualquier esquema nacional de organización que puedan adoptar las víctimas de la actual situación. De hecho, estamos ante la crisis definitiva de la socialdemocracia, entre otras razones, porque ya no sólo no se diferencia en absoluto de las formas organizativas de los dueños del capital, sino que es una de éstas. Y todo lo que digamos aquí sobre los partidos políticos es totalmente extensible a los sindicatos de cualquier tipo.
Ante ello, ante el profundo desengaño que los explotados de todos los continentes sienten respecto a las posibilidades de los partidos de defenderlos, resurgen métodos de actuación que no son nuevos, sino que se apoyan en tradiciones antiguas. En realidad, esas formas organizativas han sido como un guadiana en la historia, porque periódicamente salían a la superficie en los momentos en los que los sistemas de organización social fundamentados en los partidos políticos pasaban por fuertes crisis (no por la definitiva, como parece la actual). Mayo del 68 en Francia, las protestas contra la intervención norteamericana en Vietnam, algunas formas de organización y protesta tanto campesina como urbana en Latinoamérica, la fuerza de la CNT en diversas zonas del Estado español en los años de la transición, etc., son ejemplos que pueden citarse al respecto. Por ello conviene insistir en que el fenómeno no es nuevo, aunque algunas de sus características sí lo son.
También es nueva la extensión de este tipo de movimientos. La magnitud en España de la movilización en el caso del Prestige o en prácticamente todo el mundo con motivo de la invasión de Irak sí es un dato nuevo. Como lo es la extensión en Argentina de las formas defensivas de autoorganización social ante las decisiones de los líderes del capitalismo mundial. En estos y en otras situaciones similares hay que tener también en cuenta que se trata, en bastantes casos, de movimientos que están adquiriendo una cierta solidez, es decir, una cierta permanencia en el tiempo. También es nueva la amplitud que está adquiriendo el rechazo a las formas de actuación de los partidos, es decir, la comprensión por un número cada vez mayor de personas de que los partidos de izquierda son un engaño. Este último dato se acompaña por un creciente aumento de la abstención en los procesos electorales, lo que es otro indicador de que esta vez la crisis de los partidos parece haber entrado en un proceso imparable.

La resistencia de los partidos a desaparecer
Como es lógico, los partidos son conscientes de la situación, o al menos, la intuyen. Debido a ello, resisten, buscan fórmulas para seguir manteniéndose. Un ejemplo claro de esta situación ha venido dado por Brasil. Las elecciones presidenciales han sido ganadas por un antiguo líder de la izquierda, Lula, pero se trata solamente de una estrategia de supervivencia del sistema. Este antiguo líder sindical ha podido ganar las elecciones, es decir, le han dejado ganar las elecciones, porque previamente había dado garantías a los poderes económicos de que las cosas no iban a cambiar. Una vez que ganó, incluso tuvo que viajar a Davos, donde estaban reunidos los representantes del capitalismo mundial, para rendirles pleitesía y volver a prometerles que los intereses del capital estaban a salvo. No es casualidad que el Movimiento de los Sin Tierra se haya desmarcado totalmente de Lula. Ésta y otras organizaciones de la izquierda real brasileña tienen ante sí un trabajo difícil, como es el de desenmascarar la operación que se esconde tras la llegada de Lula al poder formal, y que consiste en parar, desde arriba, cualquier intento de desbordamiento popular de una situación caracterizada por las grandes desigualdades entre una amplia mayoría sumida en la pobreza y una minoría, que detenta el poder económico en el interior del país y está ligada a las grandes multinacionales en el exterior. Y no es fácil desmotar este asunto, porque los grandes medios de comunicación apoyan a Lula defendiendo supuestamente los intereses populares. Además, hay muchos que, de buena fe, creen que algo podrá arreglarse.
Pero no va a arreglarse nada. El capital difícilmente se equivoca cuando permite a alguien llegar al poder político en un país de las características de Brasil. Y si no puede evitarlo en primera instancia o, simplemente, se equivoca, dispone de métodos para enderezar la situación, como está ocurriendo en Venezuela con Hugo Chávez, claramente defendido por los sectores más pobres y oprimidos y atacado por los empresarios, banqueros, propietarios de medios de comunicación y altos ejecutivos de la industria petrolera, desde la que se maneja a las burocracias de los sindicatos. Todos estos grupos cuentan, naturalmente, con un fuerte apoyo desde el exterior, en concreto desde Estados Unidos y algo desde España, países donde tienen su sede las más importantes empresas extranjeras que han invertido en Venezuela.
Los partidos intentan, como es lógico, apropiarse de los movimientos espontáneos y autogestionarios que están surgiendo y rentabilizar electoralmente el fenómeno. En parte lo consiguen, dado que estos movimientos todavía no son totalmente conscientes de que desde los aparatos partidistas sólo pretenden rentabilidad electoral para acabar luego con las formas organizativas autogestionarias e independientes. Es cuestión de tiempo. De tiempo y de ir realizando un trabajo continuo de denuncia de la actuación de los partidos y de los sindicatos. Las cooperativas de consumo, los sistemas organizativos que se fundamentan en el intercambio de productos y servicios, los grupos de protesta contra situaciones injustas, las asambleas que ocupan fábricas abandonadas por los empresarios, los campesinos que gestionan colectivamente las tierras de los latifundistas prescindiendo de éstos y otras formas organizativas autónomas deben evitar la intervención de los partidos. Los dirigentes de los partidos se comportan ante estos fenómenos de autoorganización como auténticos comisarios políticos. Si se les deja actuar, acabarán siendo los protagonistas, como ha ocurrido con el Foro Social de Porto Alegre.
Los movimientos alternativos, autónomos y autogestionarios no deben ceder espacio a los partidos ni dejarse enredar por los intentos de aproximación de éstos. Los impulsores y activistas de estos movimientos deben ser conscientes de que la única posibilidad que los partidos tienen de seguir manteniendo su espacio, de seguir manteniendo el sistema es, precisamente, acabar con el espacio que van ocupando esos grupos. Por tanto, la condición imprescindible para que el espacio asambleario y autónomo pueda mantenerse y ampliarse es la total separación de los partidos.

Un método de autodefensa
Sin pretender entrar aquí en una discusión doctrinal o ideológica sobre el anarquismo, está claro que estos movimientos surgen como método de autodefensa frente a la cada vez mayor agresión del sistema contra los sectores más indefensos. Es decir, aquí no se pretende construir doctrina alguna ni edificar un cuerpo teórico o ideológico. No se trata de elaborar una doctrina anarquista, en el supuesto de que esto sea posible. No se trata de intentar asimilar la actuación de estos movimientos a las teorías anarquistas. Algo de eso puede haber, porque estamos hablando de prácticas asamblearias, autogestionarias, alternativas y antiautoritarias. Pero no hay que identificar todo esto con un pretendido resurgir de la doctrina anarquista. Entre otras cosas, porque las doctrinas globalizadoras, es decir, los cuerpos ideológicos que pretenden explicarlo todo han demostrado sobradamente su invalidez, entre ellos el llamado anarquismo organizado.
Donde se producen las agresiones del sistema y existen posibilidades de surgimiento de fenómenos alternativos de este tipo, surgen y actúan. No se pueden encasillar estas actuaciones, esas dinámicas sociales en los estrechos márgenes de cualquier tipo de doctrina. Suponiendo —que es mucho suponer, aunque eso es otra discusión— que el anarquismo pueda ser una doctrina concreta, un proyecto social completo y un esquema de organización de la convivencia para el futuro, esto no tiene nada que ver con los fenómenos que estamos analizando. Uno puede considerar que este tipo de fenómenos sociales son anarquismo. También puede defenderse lo contrario. Pero de todas formas, lo que no es ni anarquista, ni libertario, ni —sobre todo— razonable es el afán de encasillar, clasificar o capitalizar estas situaciones.
Teniendo muy claro todo lo anterior, debemos enfocar este tipo de movimientos como métodos de autodefensa. Y como tal hay que apoyarlos. No son el origen de ninguna sociedad futura ni de ningún proyecto social, sino una manera de afrontar los problemas, los grandes problemas, que plantea el sistema actualmente dominante, que es por su propia esencia, por su propia naturaleza, agresor y opresivo, como por otra parte son todos los sistemas sociales. Las cooperativas autónomas de consumo e intercambio que funcionan en muchos distritos de Buenos Aires o en zonas agrícolas de Brasil no prefiguran nada, no son proyectos de sociedades futuras. Son respuestas sociales a agresiones sociales. Y estas respuestas, estas alternativas de autodefensa, serán tanto más eficaces cuanto más apartidistas sean, sencillamente porque los partidos son una parte fundamental de este sistema opresor. Por eso pierden toda su eficacia cuando se dejan controlar o comer el terreno por los partidos, como ocurre con el Foro de Porto Alegre. Lo que hacen los partidos en esas situaciones es recuperar el terreno que el sistema pierde donde se implantan formas de actuación que están fundamentadas en la autogestión, el asambleísmo, el antiautoritarismo, el apartidismo y la independencia. Lo de menos es cómo queramos llamar a esta dinámica social. Lo importante es apoyarla, fomentarla y extenderla. Porque son la única defensa de que disponemos frente a la creciente agresión del capital.



El ejército te necesita
       Rosendo

Los titulares de portada de los periódicos recogen, a finales de mayo, la muerte de 62 militares españoles que volvían a casa, tras haber efectuado diversas labores de pacificación y de asistencia humanitaria en territorio afgano. El avión en que viajaban, un YAK-42 ucraniano, se estrelló a 10 km del aeropuerto turco de Trebisonda por causa de la espesa niebla existente. Los familiares han acusado al Ministerio de Defensa de contratar aviones para el transporte en mal estado, carentes de las mínimas medidas de seguridad, pero las autoridades militares se lavan las manos y se está presionando, desde altas esferas, para que sean consideradas motivo de sanción cualquier tipo de declaraciones públicas o entrega de documentos que contradigan la versión oficial del accidente. Los soldados deberían preguntarse si es este un hecho aislado o bien es costumbre el poner en riesgo la vida de las tropas españolas.
Hace un par de años aconteció un suceso parecido, cuando el Ministerio de Defensa desmintió la existencia de relación entre el uranio empobrecido y la aparición de problemas de salud entre varios soldados españoles destinados en Kosovo. Para tranquilizar a los afectados y a la propia opinión pública, el ministro de Defensa, Federico Trillo-Figueroa, aseguró que las tropas españolas no se hallaban ubicadas en territorio bombardeado por la aviación estadounidense. Contradictoriamente, reconoció haber ordenado que se efectuase un reconocimiento médico a los soldados en hospitales militares de Sevilla, Zaragoza y Madrid. A finales de 2001, la OTAN, presionada por el Parlamento Europeo, facilitó mapas de Bosnia y Kosovo en los que se especificaba las zonas atacadas con uranio, quedando de manifiesto la falsedad de las declaraciones del titular de Defensa y del recientemente nombrado jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD), almirante general Antonio Moreno Barberà.
El motivo primordial del empeño de las autoridades políticas y militares españolas para ocultar el grave problema sanitario que supuso la utilización de sustancias radiactivas en el armamento de la OTAN no es otro que el temor a que se redujera el reclutamiento de soldados para el recién estrenado ejército profesional. Por tal motivo, el Ministerio de Defensa se apresuró a difundir las conclusiones de un estudio médico castrense que concluía que los casos de cáncer detectados se debían a causas naturales y que éstos guardaban una proporción estadística normal. La seriedad de este estudio quedó patente ante las declaraciones vertidas a la prensa por el coronel Luis Villalonga, secretario de la Inspección de Sanidad del ministerio de Defensa: “Ni siquiera bañándose en un reactor nuclear recibiría el cuerpo humano una radiación suficiente para padecer leucemia... el tabaco es mucho más tóxico que las dosis de uranio empobrecido... y, sin embargo, la tolerancia social es muy diferente”. Una concienzuda y exhaustiva investigación de ¡tres días!, consistente en la realización unos simples análisis de sangre y de orina a una muestra estadística del total de la tropa y la cumplimentación de un cuestionario médico, resultó suficiente para descartar la relación causa efecto entre el uso de UE y los casos de leucemia en los soldados españoles. Lamentablemente, no se tuvo en cuenta que la contaminación interna por radiactividad no es detectable por medio de métodos médicos convencionales y que la mayoría de cánceres tienen un período de latencia de varios años.
La OTAN sí que advirtió del peligro de toxicidad, derivado del uso de munición con UE, recomendando la toma de medidas preventivas como el abstenerse de consumir alimentos locales o la utilización de máscaras y trajes especiales al acercarse a los vehículos destruidos, habiendo sido informado el Gobierno español. Aún así, no se reconoció la existencia de soldados enfermos en nuestro país, ni se consideró necesario examinar médicamente a los más de 32 mil militares que estuvieron en los Balcanes, salvo a una pequeña muestra representativa de los mismos. Es evidente que el Ejecutivo mintió a la oposición en el Congreso en reiteradas ocasiones, pues en más de una ocasión afirmó que España no tenía conocimiento de que se hubiera lanzado armamento conteniendo uranio empobrecido. Los desmentidos continuaron, a pesar de que el 21 de marzo de 2000 el secretario general de la OTAN, George Robertson, ya admitió su uso en 31.000 proyectiles lanzados sobre Kosovo y en 10.000 sobre Bosnia.

La estrategia del ventilador
Defensa justificó las contradicciones existentes afirmando que la información sobre el UE fue comunicada directamente a los altos mandos militares españoles sin consentimiento del Gobierno. Si esto sucedió tal cual, cabe preguntarse qué pinta este ministerio en el Gobierno. ¿Tan poca autoridad tienen los políticos en nuestro país? ¿Acaso el Ejército sigue campando a sus anchas como en tiempos de la dictadura, haciendo lo que le da la gana, sin que haya un control sobre sus actividades? Según palabras textuales del entonces portavoz del Gobierno, Pío Cabanillas, “toda información fluyó a través de los canales de mando militar, en cuanto que era de interés para las operaciones, pero no se comunicó a los gobiernos de la Alianza por no considerarse relevante a otros efectos”. Ante estas declaraciones, hay que matizar que en nuestro país el término “mando militar” lo constituye la figura del presidente del Gobierno, recayendo esta responsabilidad por delegación la del propio ministro de Defensa. Tal y como recoge la Constitución española, ambos constituyen, desde el punto de vista político las Fuerzas Armadas, siendo los mandos militares meros responsables en ejecutar las órdenes gubernamentales. No a la inversa, tal y como ha pretendido dar a entender Trillo. Lo contrario ocurre en los regímenes dictatoriales, que tal vez es una ambición secreta de nuestro ministro y le ha traicionado el subconsciente. Es imposible que él y sus allegados no tuvieran conocimiento de los informes de la OTAN sobre la peligrosidad del UE.
El Ministerio de Defensa acabó confesando, a mediados de enero de 2001, que sí que hubo destacamentos del ejército español en zonas de Kosovo bombardeadas con este tipo de proyectiles. Aún así, se aseguró que para que hubiera riesgo de enfermedad, tendría que darse la coincidencia de estar presente en el momento del impacto y absorber polvo radiactivo en grandes dosis. La manipulación llegó al extremo de que ni siquiera se dieron datos oficiales del número total de soldados españoles enfermos, con lo cual se cerraba la puerta a cualquier investigación. Además, el Gobierno no admite la posible indemnización de afectados por supuestas enfermedades ligadas a la radiactividad del armamento, por cuanto no se ha probado su vinculación con los casos de soldados enfermos. Hoy en día se sabe que al menos un mínimo de 15 militares destinados en la ex Yugoslavia han fallecido y más de 70 se hallan enfermos, según la Oficina del Defensor del Soldado.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) ha denunciado la localización de proyectiles, en zonas densamente pobladas y en terrenos de cultivo o pastoreo de Bosnia-Herzegovina y Kosovo, en cuyo contenido se ha hallado presencia de U-236 y de Pu-239. ¿Cómo se justifica el uso en el armamenteo de residuos radiactivos artificiales, procedentes del procesado de material fisionable en el interior de las centrales nucleares? Sospechosamente, las autoridades sanitarias han denunciado un notable aumento de cáncer en los Balcanes durante los últimos años. Paradójicamente, ningún cuerpo de seguridad destinado en Kosovo recibió instrucciones de cómo actuar en los lugares presuntamente contaminados -muchos de ellos no señalados ni reconocidos por los militares norteamericanos-, ni recibió el material de protección adecuado. El problema continua siendo inexistente, según la Alianza Atlántica, pero hay que ser muy ingenuo para pensar que las 8 toneladas de uranio diseminadas por la OTAN en Kosovo, durante la primavera de 1999, no son dañinas para el medio ambiente ni para la salud de sus habitantes.

Donde dije digo, digo Diego
Según el propio ministro de Defensa español: “Si por parte de algún ejército aliado, con o sin conocimiento de la OTAN , se hubiera empleado algun arma que hiciera la guerra sucia, exigiríamos responsabilidades a tal ejército y a la Alianza”. Tales palabras merecen un monumento al cinismo y a la hipocresía de nuestros políticos. Especialmente cuando se tiene la sospecha que los militares norteamericanos han utilizado material ‘sucio’ en el campo de tiro de las Bardenas, en la Navarra fronteriza con Aragón, así como en el campo de maniobras de San Gregorio, en Zaragoza en sucesivos bombardeos con proyectiles de uranio empobrecido antiblindaje. Nos encontramos ante otro alarmante caso de salud pública que, tal y como ocurrió con el asunto de la Colza, con la contaminación de alimentos por causa de Tchernobyl, con el asunto de las vacas locas o con el polémico vertido tóxico del Prestige, la Administración niega.
A los ciudadanos se nos ha ocultado que el ejército español posee un arsenal propio de proyectiles con UE desde 1993, para abastecer de munición a sus carros blindados. De igual manera, en cumplimiento de las ordenanzas de la OTAN, la empresa Santa Bárbara tiene capacidad técnica para fabricar munición radiactiva, material homologado por la Alianza en 1980. Pero el ministerio de Defensa continúa guardando prudencial silencio ante estos hechos, lo que nos indica que ni al Gobierno, ni a las Fuerzas Armadas, le importa un pimiento la salud y la dignidad de sus soldados, y mucho menos la protección de los ciudadanos. Joven: ¿todavía te apetece ingresar en el Ejército? ¿Quieres ser enviado a Iraq a contaminarte en labores inhumanitarias tras la reciente masacre perpetrada por los Estados Unidos y Gran Bretaña? Que le pregunten a los militares contaminados por los denominados síndromes del Golfo y de los Balcanes...
Un artículo más extenso sobre este tema podéis encontrarlo publicado en nuestra página web (www.soliobrera.org).

 

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