La deformación de la realidad

A.G.
Es ya habitual que los hechos se deformen a través de la escritura de la historia y de los medios de comunicación, así como de la enseñanza en las universidades y de otros centros. Otro tanto pasa con las campañas a favor o en contra de algo o de alguien. Estas campañas tienen más o menos eco según quiénes mueven los hilos de los centros decisorios en periódicos, universidades, editoriales y otros lugares desde los que se desarrolla eso que se ha dado en llamar la industria cultural. Se ha asistido así, y seguimos asistiendo, a tremendas falsificaciones de la realidad.
Para analizar este fenómeno podemos escoger un período concreto, que nos afecta más próximamente: el que transcurre desde el final de la guerra civil española hasta la actualidad. Culturalmente hablando, en esta fase temporal hubo y hay tres escuelas de pensamiento: la directamente franquista o ultraderechista, la burguesa más o menos ilustrada y la marxista. La primera, es decir, la que emanaba directamente del régimen del general Franco, quedó, desde sus propios orígenes, absolutamente desprestigiada dentro y fuera del Estado español. Por su parte, los socialdemócratas quedaron inmediatamente arrasados en todos los órdenes por los que provenían del marxismo en sus diversas variaciones.
Nos encontramos así con un hecho incuestionable: la historia que se impone, la cultura que manda, los cánones que dirigen, y los parámetros que se convierten en referencia son los que proceden del marxismo. Este fenómeno tenía una cierta explicación, consistente en que todo lo que tuviera un claro tinte antifranquista subía enteros en el mercado intelectual, histórico e informativo. Las posiciones burguesas o liberales, perdieron por completo fuelle ante la polarización entre franquistas y marxistas, teniendo estos últimos, como siempre en estas circunstancias, la habilidad de representar –o mejor dijo, de autorrepresentar– a todo el antifranquismo. Esta monopolización, que no halló resistencias, y si la hubo fue arrasada, es una de las claves de la situación actual. Las tesis y enfoques procedentes del marxismo y del comunismo se impusieron o fueron impuestos. Para generaciones no implicadas en las consecuencias de la guerra civil española, la posición de los marxistas tenía un cierto atractivo: era lo progresista, dando así por sentada otra de las grandes farsas de este planteamiento: sólo lo marxista es progresista.
Ocupación de puestos
Se entra así en una gigantesca falsificación de la historia. Porque los «progresistas» son los que, mediante el antifranquismo, ocupan los puestos decisivos en universidades, editoriales, muchos medios de comunicación, etc. No es que ostentasen el mando en estos centros de la industria cultural, mando lógicamente en manos de franquistas. Pero sí tenían la influencia en el mundo no franquista. Los franquistas no iban a las clases de los profesores marxistas, ni leían a los periodistas de esta tendencia, ni se interesaban por el arte que producía el marxismo. Pero la población que se consideraba antifranquista sí. Y este sector de la población era el futuro. Además, en muchos ambientes, el marxismo era la ideología más influyente culturalmente hablando.
Por otra parte, esta situación se reflejaba incluso en un plano estético. Lo «progre», lo bueno, lo antifranquista era todo lo que venía filtrado por las tesis marxistas. La situación internacional, además, ayudaba a mantener e incrementar esta influencia, dado que el marxismo impregnaba los movimientos de rebelión que se producían en distintas partes del mundo. Así ocurría en Vietnam, en Corea, en Cuba, China, etc. Las figuras de Mao o el Ché Guevara, por poner ejemplos claros, se mitificaron y pasaron a formar parte de esa ética y de esa estética. Este imparable movimiento intelectual y artístico descalificaba además a cualquiera que no estuviese con ellos o no accediese a ser un compañero de viaje. Era la política del «conmigo o contra mí».
Ni que decir tiene que en esta labor de descalificación del que no pensaba igual se utilizaba cualquier método, la mayoría de ellos inconfesables. En España, el que no le hacía el juego a los gurús marxistas era inmediatamente tachado de reaccionario y de franquista. Se yugulaba, con formas absolutamente dictatoriales y antidemocráticas, cualquier intento autónomo de la izquierda no marxista. En muchos casos, los métodos utilizados fueron los peores. Cuando era necesario, los comunistas y sus organizaciones se aliaban hasta con franquistas confesos para eliminar iniciativas que nacían al margen de ellos. El mundo sindical de la época previa a la transición podría contar mucho al respecto. Hubo, por poner un ejemplo, un intento muy serio de alianza entre CC.OO. y el aparato verticalista del franquismo para eliminar a una CNT que nacía autónoma –y al margen de los frecuentes «entrismos» de ex cenetistas en el sindicato vertical– y una UGT que empezaba a reconstuirse. El objetivo de CC.OO., sometida a un fuerte control por los comunistas, era la implantación en España de un sindicato único, bajo su única dirección. Y podría contarse más, pero con un ejemplo basta. Cualquier intento de denunciar estas situaciones y de luchar contra ellas era inmediatamente afrontado por el marxismo con todo tipo de descalificaciones, calumnias y cosas peores. El boicot a todo lo que no salía de las manos comunistas era absoluto. En el extranjero, las cosas funcionaban de forma similar.
Así se llegó a una gigantesca farsa. Fuera de España, se difundió la idea, que aún persiste, de que la única resistencia contra los nazis de Hitler fue la de los comunistas. Se ocultaba –y se sigue ocultando– que el pacto entre Stalin y Hitler propició que muchas organizaciones comunistas apoyaran en sus respectivos países la llegada de los nazis y boicotearan a la resistencia contra éstos. Asimismo, se silenció la liquidación intelectual y en muchos casos física de cualquier disidente, sobre todo si la disidencia estaba en la izquierda. El silencio, el falseamiento y la tergiversación fueron la cobertura de muchos asesinatos y torturas.
La resistencia antifranquista
Lo peor ocurrió aquí. Y lo peor es que sigue ocurriendo. El marxismo, desde sus centros de producción de industria cultural y bajo una aparente capa de progresismo, ha impuesto la idea de que contra el franquismo sólo lucharon los comunistas. Se ocultan –salvo en casos muy minoritarios– episodios como la liquidación de anarquistas y trotsquistas en la Barcelona de mayo de 1937 y otras situaciones similares. Se olvida y se oculta el comportamiento de los comunistas eliminando ideológica y en muchos casos físicamente a elementos disidentes tanto en pleno frente de guerra como en la retaguardia. Y lo mismo cabe decir de la situación creada una vez que finalizó la guerra civil. Según la historia que los marxistas han impuesto desde editoriales y universidades, la única resistencia clandestina fue la protagonizada por los comunistas. El falseamiento de la historia y de la realidad ha sido gigantesco.
El problema más grave es que las cosas siguen igual. Por miedo, por falta de coraje, muy poca gente ha osado decir abiertamente hasta qué punto se ha falsificado todo. Y es que en la lucha del marxismo por cortar de raíz cualquier intento de clarificar las cosas ha valido todo. La descalificación, la calumnia, la traición y la puñalada por la espalda han sido métodos habituales. Por supuesto, muchos, muchísimos comunistas, han luchado y luchan de forma digna por defender sus ideas. Nada que oponer ante ellos, sino el respeto y la admiración en muchos casos. Pero las direcciones de sus organizaciones han preconizado y practicado métodos incalificables sin que todo esto se haya denunciado con claridad.
Por todo ello, hoy es muy difícil, todavía, iniciar campañas justas al margen de los herederos de aquellos marxistas. Hoy se han reconvertido. Muchos han pasado directa y claramente a las filas de la derecha más reaccionaria. Otros medran en las filas de una socialdemocracia muy difusa que apenas se diferencia de las organizaciones conservadoras o liberales. Pero siguen teniendo el monopolio de lo progresista, de lo históricamente revolucionario. Siguen impartiendo lecciones desde sus columnas periodísticas, sus cátedras, sus editoriales y sus libros.
Campañas silenciadas
Es lo que está ocurriendo, por poner un ejemplo actual, con el caso de los anarquistas Granado y Delgado. En estos momentos se está intentando realizar una campaña para la rehabilitación de ambos, asesinados por el franquismo tras una parodia de juicio, acusados de haber puesto unas bombas en Madrid. Luego se demostró que esas bombas las habían colocado otros. No se trata sólo de la rehabilitación de Granado y Delgado, sino de lograr las pensiones económicas necesarias para sus familias y de cuestiones similares. Pues bien, el silencio de la casi totalidad de los centros desde los que se puede impulsar una campaña de este tipo es absoluto. Salvo pequeñas excepciones, no hay artículos, ni programas de radio o TV, ni edición de folletos, ni por supuesto libro alguno sobre el asunto, etc. Tampoco aparecen los llamados intelectuales que se pasan la vida firmando documentos en petición de cualquier cosa. Nada. Absolutamente nada. Hay que insistir en que hay algunas –muy pocas– excepciones, que provienen de sectores vinculados al movimiento libertario.
Es una muestra de cómo funcionan las cosas. Si estuviéramos hablando del caso de dos miembros del Partido Comunista o simplemente comunistas a secas, habría una campaña por todo lo alto, lo que, lógicamente, habría que apoyar y aplaudir por todos. Pero como no es el caso, pues no hay campaña. No hay nada. Esta falta de solidaridad, esta falta de interés por la justicia tiene un nombre: sectarismo. Es lo que han hecho siempre. Y lo que siguen haciendo. Han falsificado la historia, han deformado la realidad y sólo defienden las causas justas cuando les afectan a ellos.
Pero el problema no se reduce a los que están más o menos directamente ligados a organizaciones marxistas o próximas al marxismo. El problema viene también de los que, sin tener esas vinculaciones, están simplemente influenciados por esas corrientes ideológicas. Son los «progres», los intelectuales que se apuntan a cualquier cosa que creen de izquierda, pero siempre que esa causa y esa izquierda sean las relacionadas con los movimientos marxistas. Estos intelectuales no creen necesario mover un dedo por una causa justa si no es del carácter que hemos citado antes. Entre ellos, además, se ayudan, se reparten puestos, salarios, publicaciones, subvenciones, exposiciones, etc. Llega así un momento en que los intereses ideológicos se confunden con los directamente personales. Es un mandarinato cultural, que se está imponiendo –mejor dicho, se está reafirmando– por todo Occidente.
Estos nuevos mandarines de la cultura, de la comunicación y de la moda se comportan en estos medios de la misma forma que los comisarios políticos –y sus compañeros de viaje– se comportan en los ámbitos políticos, sociales o sindicales. Es decir, el que se opone a ellos, sobre todo si se opone desde la izquierda, es inmediatamente descalificado, acusado de favorecer al capital y al pensamiento único y, si es necesario, calumniado. El objetivo es silenciarlo. Así se mueve esta «progresía» que dicta e impone reglas, modos de pensar y actitudes, mediante la utilización del sectarismo más radical. Por eso no hay campaña sobre el caso de Granado y Delgado. Es la misma mentalidad que, en otros niveles, llevó a iniciar operaciones de liquidación física de los anarquistas y trotsquistas en Barcelona durante mayo de 1937. Lo peor de toda esta situación es que en el emergente mundillo artístico e intelectual, esta gente es la que manda, la que convence, la que tiene el prestigio. En esas condiciones, enfrentarse a la realidad es extremadamente difícil. Pero no queda otra alternativa que intentarlo.



A FLOR DE CONTRATIEMPO

 

Los chivos expiatorios

Adolfo Castaños
Hasta bien entrado el siglo XX, en el Uruguay civilizado, que ya tenía separación de iglesia y estado y escuela básica garantizada para niños y niñas, se seguían realizando regularmente los duelos a primera sangre donde alguien ofendido retaba a quien le había inferido la ofensa a dicho duelo hasta la primera sangre (se había suprimido ya el duelo a muerte).
Esos duelos eran vistos como barbarie por muchos y fueron suprimidos por ley, aunque más allá de ella se siguieron celebrando, hasta que fueron definitivamente abolidos por la costumbre colectiva.
Recordaba para mí mismo todo esto escuchando al imbécil de Miguel Ángel Rodríguez (ex portavoz pero aún vocero, y con qué grosería, del gobierno de Aznar y sobre todo de los intereses económicos que lo sostienen) decir que España estaba en el genocidio de Iraq con el séptimo de caballería y no haciendo el «indio».
Pensaba yo entonces: «con qué gusto te cruzaba la cara, mamón... qué lástima de aquellos duelos.»
Digo Rodríguez como podría decir Aznar, Rajoy, Mayor Oreja, Piqué, sin olvidar a la ministra... y qué ministra, que dice: «Baja la gasolina y sube la bolsa, luego la campaña de Iraq va bien.»
Frente a ese derroche de malevolencia extrema, y en un acto de «ternura cómplice», el portavoz socialista en el ayuntamiento de Valencia responde preguntándose si a la ministra se le ha ido la cabeza. Resultado: el Partido Popular lo tacha de grave ofensa y pide la dimisión del concejal... En fin, este es el panorama.
Porque estos señores y señoras del Partido Popular tienen la piel de la opinión muy fina para lo que a ellos corresponde, y el que les tiren huevos le parece violencia intolerable, y que se les abuchee les hace proclamar que estamos en una situación hitleriana (pero lo hitleriano, no en el ataque cruel e inmisericorde al pueblo iraquí, no, ese exterminio es democrático, lo hitleriano es que les tiren huevos).
Esta gente no sólo violenta mediante su palabra la vida humana, sino que cargan contra la mínima inteligencia de los que quedan vivos. Y suben y suben el tono dramático y, coño, aquellos que avalan las bombas de racimo no tienen rubor en presentarse casi como miembros de la lista de Schlinder.
Tanto suben la voz (y no hay que olvidar que su voz es amenaza en el recuerdo colectivo) que han conseguido que bastantes, inmensa mayoría entre ellos aquellos que esperan el rédito electoral de semejante barbarie, expresen su temor... «a que la violencia se desborde». Y el chivo expiatorio encontrado para tal menester es el «niño del jamón», nombre de estirpe torera.
Ese pavor a la utilización de la fuerza bruta y brutal que pueden usar quienes tienen todos los poderes del estado a la vez que el cinismo necesario para situarse en perseguidos. Esos mismos que representan lo que representan y vienen de donde vienen (del fascismo más sórdido en su inmensa mayoría), aunque hayan maquillado su cara y arreglado su pelo para pasar simplemente como liberales sector Wall Street, con alguna ración de pop-rock e incursiones falaces de su presidente a la memoria de poetas como Cernuda (¡por los clavos de Cristo, deja de ensuciar la memoria de cernuda con tus palabras!).
Esos mismos, que cuando sonríen asemejan la hiena, ponen pavor en el recuerdo de algunos, y con ellos, desgraciadamente para éstos, el riesgo del rédito electoral a conseguir.
Y cual Salomé entregando la cabeza del Bautista, se hace chivo expiatorio al niño que robó de El Corte Inglés y a quienes con él hicieron las pintadas en ese local que, no olvidemos, es signo expreso de lo que representa el capitalismo con sus «brotes de pasado» y los intereses más inconfesables.
Pero lo que es más triste es que de esto se haga eco el arte y se proyecte desmesuradamente. Hablo de Javier Gurruchaga gritando desaforadamente en el acto artístico de la Plaza María Cristina en Montjuic, metiendo toda la rebeldía en el saco de la provocación y de la infiltración policial. Todo ello gritando excesivamente, más allá de la reflexión –en esto, parecido a los populares– y poniéndole un envoltorio de resistencia de masas. No decía entonces Gurruchaga que, semanas antes, se habían visto (mediante la toma de un videoaficionado, no lo olvidemos), imágenes más que brutales de un policía expresando en su acto no sólo la barbarie sino la desproporción del poder. En otras imágenes, cuantitativas también, se ha visto brutalidad policial más allá de la mínima mesura aun haciendo el ejercicio de ponerse en su lugar. Pero, que yo sepa, nadie, más allá de la retórica disculpa en el caso de la bofetada a la chica, ha expulsado del cuerpo de policía a quien golpeó con aquella saña a una muchacha indefensa que le pedía ayuda, ni ha reconvenido la brutalidad con que se ha empleado dicha policía con órdenes y hasta más allá de las órdenes.
No, Gurruchaga, no es esto. Está bien que uno quiera parecerse a Darío Fo (gran tipo). Pero para ello la primera cuestión, más allá de la estrategia que, coincido, tiene que ser de masas, se tiene que empezar por no hacer chivo expiatorio a los más débiles, teniendo en cuenta además que esa juventud que, en aplastante mayoría está llenando las calles, está aplastada, ninguneada y tratada en sus trabajos en la semiesclavitud. Si además su voz expresada mucho más que mayoritariamente, no sólo no es tenida en cuenta, sino que es ridiculizada y tratada por los pelos y es entre los suyos, y no entre los que los golpean (y aún más entre los que dan las órdenes) que se les supone «el riesgo de la violencia en la calle» cuando estos muchachos y muchachas con la sangre caliente de la vida ven las imágenes del genocidio de viejos y niños mediante la fuerza salvaje, conduce a una impotencia y a una ira que, en el mejor de los casos, hay que tratar con algo más de comprensión.
No, no son ellos los que matan. Son ellos los que ven la muerte. Y se rebelan. Claro está que se rebelan. Si a alguien hay que denunciar con el grito y el insulto que ahí no es sino verdad profunda, es a los que matan indiscriminadamente y lo justifican con la subida de la bolsa y la bajada de la gasolina.



La náusea


Eduardo Galeano
Las bombas inteligentes, que tan burras parecen, son las que más saben. Ellas han revelado la verdad de la invasión. Mientras Rumsfeld decía: «Estos son bombardeos humanitarios», las bombas destripaban niños y arrasaban mercados callejeros.
El país que más armas y más mentiras fabrica en el mundo desprecia el dolor de los demás. «Nosotros no contamos a los muertos», contestó el general Franks, cuando alguien le preguntó sobre los daños colaterales, como se llaman los civiles que vuelan en pedazos sin comerla ni beberla.
Babilonia, la ramera del Antiguo Testamento, merece este castigo. Por sus muchos pecados y por su mucho petróleo.
Los invasores buscan las armas de destrucción masiva que ellos habían vendido, cuando el enemigo era amigo, al dictador de Irak, y que han sido el principal pretexto de la invasión. Hasta ahora, que se sepa, no han encontrado más que armas de museo, en muy desigual combate.
Pero, ¿son armas de construcción masiva los misiles gigantes que ellos disparan? Los invasores tienen a la vista las armas tóxicas y las armas prohibidas: las están usando. El uranio empobrecido envenena la tierra y el aire y los racimos de acero de las bombas de fragmentación matan o mutilan en un área que va mucho más allá de sus blancos.
En 1983, cuando los marines se apoderaron de la isla de Granada, la asamblea de las Naciones Unidas condenó, por abrumadora mayoría, la invasión. El presidente Reagan, respetuoso, comentó: «Esto no ha perturbado para nada mi desayuno».
Seis años después, fue el turno de Panamá. Los libertadores bombardearon los barrios más pobres, fulminaron a miles de civiles, reducidos a 560 en la cifra oficial, y eligieron al nuevo presidente del país en la base militar de Fort Clayton. El Consejo de Seguridad, casi por unanimidad, se pronunció en contra. Los Estados Unidos vetaron la resolución, y se pusieron a trabajar en sus invasiones siguientes.
Las Naciones Unidas aplaudieron esas invasiones siguientes, o silbaron y miraron para otro lado. Y fueron las Naciones Unidas las que decretaron el embargo internacional contra Irak, que asesinó mucha más gente que la guerra de Bush Padre: más de medio millón de niños muertos, a confesión de parte, por falta de medicinas y de alimentos.
Pero ahora, oh sorpresa, las Naciones Unidas se han negado a acompañar la nueva carnicería de Bush Hijo. Para evitar que en las próximas guerras se repita este episodio de mala conducta, me temo, no habrá más remedio que contar los votos del Consejo de Seguridad en el estado de Florida.
No habían aparecido los primeros misiles en los cielos de Irak, cuando ya se había cocinado el gobierno de ocupación, democrático gobierno íntegramente formado por militares de Estados Unidos, y ya se estaba haciendo el reparto de los despojos del vencido. Todavía se sigue disputando el botín, que no es moco de pavo: los fabulosos yacimientos de oro negro, el gran negocio de la reconstrucción de lo que la invasión destruye...
Las empresas agraciadas celebran sus conquistas en las pizarras de la Bolsa de Nueva York. Allí está el mejor noticiero de la guerra. Los índices bailan al son de la carnicería humana.
En 1935, el general Smedley Butler había resumido así sus tres décadas de trabajo como oficial de marines: «Yo fui un pistolero del capitalismo». Y había dicho que él podía dar algunos consejos a Al Capone, porque los marines operaban en tres continentes y Capone actuaba nada más que en tres distritos de una sola ciudad.
Y a mí qué tajada me va a tocar, se preguntan algunos miembros de la coalición. Pero, ¿qué coalición? Los cómplices de esta misión libertadora, que son cuarenta, como en el cuento de Alí Babá, integran un coro donde abundan los violadores de los derechos humanos y las dictaduras lisas y llanas. ¿Y desde dónde se ha lanzado la cruzada? ¿Dónde están ubicadas las bases militares de Estados Unidos? Basta con echar una ojeada al mapa: esas monarquías petroleras, inventadas por las potencias coloniales, se parecen tanto a la democracia como Bush se parece a Gandhi.
Es una alianza de dos. Uno que crece, el imperio de hoy, y otro que encoge, el imperio de ayer. Los demás sirven el café y esperan la propina.
Esta alianza de dos por la libertad del petróleo, que Irak nacionalizó, no tiene nada de nuevo.
En 1953, cuando Irán anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado hizo correr la sangre y el sha Pahlevi, estrella de las revistas del corazón, se convirtió en el carcelero de Irán durante un cuarto de siglo.
En 1965, cuando Indonesia anunció la nacionalización del petróleo, Washington y Londres también respondieron organizando, juntos, un golpe de Estado. El mundo libre amenazado instaló la dictadura del general Suharto sobre una montaña de muertos. Medio millón, según los cálculos que más cortos se quedan. De cada árbol colgaba un ahorcado. Todos comunistas, aclaraba Suharto.
Él siguió matando. Le quedó el tic. En 1975, pocas horas después de una visita del presidente Gerald Ford, invadió Timor Oriental y asesinó a la tercera parte de la población. En 1991 mató, allí, a unos cuantos miles más. Diez resoluciones de las Naciones Unidas obligaban a Suharto a retirarse de Timor Oriental «sin demora». Él siempre sordo. A nadie se le ocurrió bombardearlo por eso, ni las Naciones Unidas le decretaron ningún embargo universal.
En 1994, John Pilger visitó Timor Oriental. Mirara donde mirara, campos, montañas, caminos, veía cruces. La isla, toda llena de cruces, era un gran cementerio. De esas matanzas, nadie se había enterado.
El año pasado, Ana Luisa Valdés estuvo en Yenín, uno de los campos de refugiados palestinos bombardeados por Israel. Ella vio un inmenso agujero, lleno de muertos bajo los escombros. El agujero de Yenín tenía el mismo tamaño que el de las Torres Gemelas de Nueva York. Pero, ¿cuántos lo veían, además de los sobrevivientes que revolvían los escombros buscando a los suyos?
Las tragedias conmueven al mundo en proporción directa a la publicidad que tienen.
Hay periodistas honestos, que cuentan la guerra de Irak tal como la ven. Algunos, lo han pagado con la vida. Pero hay periodistas disfrazados de soldados, que más bien parecen soldados disfrazados de periodistas, que ofrecen versiones adaptadas al paladar de las grandes cadenas de la desinformación globalizada.
¿Matanzas en los mercados llenos de gente? Fueron bombas iraquíes. ¿Civiles muertos? Escudos humanos que usa el dictador. ¿Ciudades sitiadas, sin agua ni comida? La invasión es una misión humanitaria. ¿Resistieron algunas ciudades mucho más de lo previsto? En la tele, se han rendido todos los días.
Los invasores son héroes. Los invadidos que les hacen frente son instrumentos de la tiranía: los acusan de defenderse.
La mayoría de los estadounidenses está convencida de que Saddam Hussein derribó las torres de Nueva York. También cree, esa mayoría, que su presidente hace lo que hace por el bien de la humanidad y por inspiración divina. Los medios masivos venden certezas, y las certezas no necesitan pruebas. Pero el mundo está harto de que una vez más lo obliguen a tragarse, cada día, los sapos de ese menú.
El país dedicado a bombardear a los demás países, que desde hace añares viene infligiendo al planeta una incontable cantidad de once de setiembres, ha proclamado la tercera guerra mundial infinita.
El presidente, que no fue a Vietnam gracias a papá y que sólo conoce las guerras de Hollywood, manda matar y manda morir.
No en nuestro nombre, claman los familiares de las víctimas de las torres.
No en nuestro nombre, clama la humanidad.
No en mi nombre, clama Dios.

 


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